Para modificarse ostensiblemente, dar nuevos retoños y flores, las plantas necesitan cantidad de cambios, diríase infinidad de modificaciones que, en los términos cotidianos llamamos tiempo, modificaciones que nos parece interminables. Las plantas demoran en sus desarrollos, se hacen esperar, aunque el jardinero sabio no se inquieta porque conoce una condición que es bien diferente a la nuestra.
Aunque, si lo pensamos un poco más, no nos resulta tan diferente e, incluso, puede que nos parezca semejante o quizá igual. Al punto de que, para algunas cosas, necesitamos más cambios –o tiempo– que las plantas. Por ejemplo, para prosperar, para salir de nuestros abatimientos, ineptitudes, estados estancos e improductivos característicos de muchas personas, de comunidades y sociedades. ¡A veces se necesitan décadas, si no siglos!
Nos parece que si no hay cambios el tiempo se alarga, y si los hay se acorta. Veamos un ejemplo bien concreto. Podemos leer un texto por arriba o en profundidad y, seguramente, del primer modo lo haremos en menor tiempo que en el segundo. Porque al leerlo por arriba, al deslizarnos por encima de las palabras, nuestra mente produce pocos cambios de estado, escasos pensamientos, sólo algunas sensaciones y débiles sentimientos. Sin embargo, si lo leemos en profundidad concurren vivazmente ideas y emociones, relaciones y comparaciones. A veces la lectura nos retrotrae a experiencias ya tenidas, vínculos con nuestra vida íntima, y tenemos que suspenderla un momento para recapacitar.
A medida que vamos madurando en la vida nuestras lecturas se hacen psicológicamente más largas, aunque el tiempo real sea el mismo de siempre. Nos ha costado mucho adquirir el don de profundizar un poco en lo problemas, temas, asuntos, problemas que encontramos en las lecturas, y dramas, cuadros espeluznantes e ideas sorprendentes. Más que palabras leemos remisiones al pasado, inducciones que concluyen en circunstancias ya vividas que nos han transformado por dentro. Son mojones que delimitan las fronteras de lo que consideramos verdadero o falso, bello o feo, bueno o malo. Por lo que leemos sentires y no sólo palabras, avatares, vicisitudes, reminiscencias que gravitan sobre la escritura como si fueran golondrinas que anuncian aprendizajes, veces sobresalientes en las que descansa el pensamiento y el espíritu.
Había dicho el filósofo español Emilio Lledó que a veces "resbalamos por el lenguaje", porque es todo lo que nos permite nuestra formación y nuestra cultura. También dijo que "La gran riqueza de un pueblo no es la economía, sino la cultura y la educación". Hegel escribió lo siguiente en su Filosofía de la historia: "Es sólo en las variantes en el terreno espiritual donde se producen cosas nuevas".
Otro ejemplo:
̶̵ En este momento estoy leyendo un libro en una edición de 1960. Leo en 2026, por lo tanto, el ejemplar que leo, de un libro cuyo título es imaginable, tiene una antigüedad de sesenta y seis años. Sin embargo, parece nuevo, y seguro que nadie lo ha abierto hasta ahora. Esperó tantos años para que al fin se cumpliera el destino que como libro tenía. Sus páginas están un poco amarillentas, pero es un color que corresponde a una antigüedad nueva, pues nadie lo había contemplado como yo lo hago ahora mientras me invade el agradable aroma característica de la tinta con tantos años impresa en hojas tiernas y de apariencia pajiza.
¿Qué significan para mí esos sesenta y seis años? ¿Han enterrado el presente de una creación de 1929, año de su primera edición? ¿En qué tiempo existe la obra de un autor fallecido en 1955 luego de transcurridos novena y siete años? ¿Qué vienen a representar esos años para mí y para un autor que nació en España y cuya memoria es inconfundible? Diría que no significan ni representan nada que no sea la única realidad de este libro, a la cual no importa el tiempo si por realidad entiendo lo que me ocurre ahora, la acción de leer algo que existe sin tiempo. Hay en torno a él una sola realidad indiscutible.
El discurso que ahora invade mi cabeza, completando su realidad especial y única, fue escrito hace casi un siglo, leído por infinidad de personas, aunque por ninguna en este ejemplar que poseo. Y puedo decir que el tiempo, aunque fuere tan largo, en lo que respecta a este libro, no ha existido o se ha detenido en estas páginas amarillentas que ahora se abren ante mi vista y quizá por primera vez. Que, en tanto tiempo, se ha producido un solo cambio que ha modificado la historia de un objeto muy preciado.
Más podría decir; por ejemplo, que esta vez en la que las palabras que resuenan en mi mente como si se estuvieran pronunciando en este preciso momento es casi la misma vez o una vez muy parecida a la de su concepción; que resuenan como si fuera la vez en que fueron apareciendo en la inteligencia del autor para luego quedar estampadas en la escritura. Y que se me dedica un discurso para que lo oiga en medio de otra configuración de la realidad distinta a la del autor en su acción creadora. Que han cambiado las realidades, pero no su esencia, el fondo único que permanece en los propósitos y en las intenciones.
Podría decir, en definitiva, que nada existe que separe la aparición de este libro y mi aparición en él, que es la misma aparición. Y que, en torno a esta cosa que sostienen mis manos, sólo es de rigor entender una sola unidad que se transforma, una sola realidad funcional para la cual no existe el tiempo ni el lugar, sino solamente un cambio, una modificación en sus formas de aparecer: transformaciones en su forma de existir, metamorfosis en sus modos de consagrar cometidos.
Con las palabras de este libro se completa un nuevo cambio, pero no el tiempo. Se renueva el original sentido por el cual se escribió, porque nada cambia si no es primariamente algo. Y permanece una esencia que se refuerza y se expande precisamente en el cambio. Si esta cosa cambia hasta volverse de color amarillento, entonces existe, cobra su verdadera realidad, diferente al del simple objeto, porque vuelve a aparecer como siempre apareció ante los ojos de alguien.
Veamos otro ejemplo, los gobiernos. Si se alternan diversos gobiernos de facciones políticas distintas, y no se producen cambios que mejoren las condiciones en que viven los gobernados, entonces empiezan a diluirse las diferencias entre esas facciones políticas. Comienza a fallar el sistema, a asemejarse demasiado las ideas que lo sustentan, incluso los políticos. Terminan pareciéndose quienes gobiernas y quienes son gobernados por una sola razón: porque nadie genera cambios que mejoren las condiciones de vida, aunque se den cambios con efectos intrascendentes.
Así nos parece que ha pasado mucho tiempo porque no hay cambios significativos. Y, como las plantas, hemos estado avanzando lentamente –o no hemos estado avanzando. En realidad, sólo hemos estado manteniendo políticos en el gobierno, por lo que los políticos son quienes más se parecen a las plantas: demoran una eternidad en dar flores, cuando las dan. Entienden mucho de política, pero poco en otras materias, las que ayudan a producir el fermento de las sociedades, el abono que las hace florecer.
Cuando no hay cambios empieza todo a parecerse a sí mismo: personas, conductas, inclinaciones, deseos, y a parecerse entre sí las cosas. Prospera una cultura que es la misma para todos, que se impone como la única cultura. Al llegar este estadio a la vida de una colectividad, ocurre un fenómeno curioso, y no por eso infrecuente o de poca monta. El fenómeno es la familiarización con el estancamiento y la quietud espiritual, el consentimiento inadvertido de la vulgaridad y de lo de siempre, de lo que es igual. Aumenta sólo el fervor de lo igual para que siga siendo igual para todos, encontrándose en lo distinto una señal improcedente o maliciosa.
La historia de la cultura, que no se ha escrito sino en parte, porque se da por descontado que se contiene en la historiografía general, puede ser otro ejemplo esclarecedor de lo que significa la escasez de cambios en las sociedades. La cultura se llama así porque se ha querido poner un nombre al cultivo del pensamiento, de la moral y de los sentimientos y emociones. ¿Por qué cultivo? Porque el hombre supo desde el principio que no contaba más que con unas semillas que traía consigo su biología, y que para sobrevivir debía cultivarlas.
Un ejemplo muy significativo es el siguiente. La realidad para los humanos es un tejido de nociones, ideas conceptos y teorías. No quedamos con sólo lo que nos brindan los sentidos para comprenderla y a cabalidad. Hacemos pasar la información sensible por el ingenio de la razón experimental, que es la encargada de extraer de ella lo que al final del proceso nos parece la realidad verdadera.
Se trata nada más que de someter el contenido de las percepciones a ciertos cambios por los cuales el contenido cobra sentido al asociarse armónicamente con el que ya poseemos. En esto consiste el conocimiento, y el conocimiento es el que nos permite entender la realidad, y con eso mantener la vida en condiciones favorables. Pero ese proceso a cargo de la razón, y esos cambios que constituyen la facultad de la inteligencia, no funcionan por arte de magia. El ingenio de la razón experimental es algo más que una máquina: es parte de la misma vida, de una vida que para mantenerse siempre debe comprender el mundo que la rodea.
Tiene que desempeñarse en medio de una diversidad plena de dificultades. Vencer obstáculos, desentrañar misterios, superar pequeños y grandes inconvenientes, enfrentar la adversidad general del mundo. En pocas palabras, la vida tiene que luchar, y para luchar apela a la comprensión de la realidad mediante ideas, conceptos, teorías. Pero no es suficiente, porque las ideas, conceptos y teorías no desentrañan lo que es la realidad sino sólo cómo funciona, dónde y cuándo, en qué condiciones. No nos dicen qué es.
"… creemos que la razón, el concepto, es un instrumento doméstico del hombre, que éste necesita y usa para aclarar su propia situación en medio de la infinita y archiproblemática realidad que es su vida. Vida es lucha con las cosas para sostenerse entre ellas. Los conceptos son el plan estratégico que nos formamos para responde a su ataque. Por eso, si se escruta bien la entraña última de cualquier concepto, se halla que no nos dice nada de la cosa misma, sino que resume lo que un hombre puede hacer con esa cosa o padecer de ella. Esta opinión taxativa, según la cual el contenido de todo concepto es siempre vital, es siempre acción posible, o padecimiento posible de un hombre, no ha sido hasta ahora, que yo sepa, sustentada por nadie; pero es, a mi juicio, el término indefectible del proceso filosófico que se inicia con Kant."
̶̵ Encuentro esta reflexión en el libro que estoy leyendo, en la reedición de 1960. Y me afirmo en que para entender de la mejor manera la realidad es preciso poder hacer algo con ella, algo significativo, no sólo aplicar ideas y conceptos, hipótesis y teorías. Sólo si dominamos el entorno o, especialmente, si lo padecemos, podemos entender la realidad que nos rodea y la que en verdad somos. Esto es sólo cambios, es solamente la obra de los cambios, no la del tiempo. Nos manejamos con los cambios de las cosas, no con ellas. Debido a esta sencilla razón resulta una lucha efectiva; si hay cambios comprendemos la realidad y avanzamos y, si no los hay, no comprendemos nada y nos estancamos. No es el tiempo lo que tiene que pasar para que haya cambios, sino cambios para que pase el tiempo.
Uno de los fenómenos más sorprendentes que ocurren en las sociedades, en todos los tiempos, y también en las personas, es el cambio súbito. ¿Qué es el cambio súbito? ¿Acaso no hemos dicho que el cambio sugiere el tiempo, y que, por tanto, no puede haber cambios súbitos sino muchos cambios o pocos cambios?
Lo súbito, repentino, inopinado o inesperado puede concebirse como cambios infinitesimales que se producen al margen de la percepción humana, la cual remite el resultado al tiempo, a la brevedad del tiempo. El cambio puede revestir complejidad o simplicidad, infinidad de transformaciones o sólo unas pocas. Para que el cambio asome a la percepción, pues, necesita la velocidad o la lentitud, es decir, alguno de los grados en que se manifiesta la energía en relación con aquello que termina siendo algo, agua o hielo, calor o frío, dureza o blandura. Lo que exime de todo compromiso con el tiempo.
Cuando decimos, por ejemplo, que el combustible nuclear del Sol se extinguirá dentro de cinco mil millones de años, en verdad queremos decir que el Sol experimentará una cantidad casi inimaginable de transformaciones, así como, en otro orden de realidades, un trozo de papel se transforma en ceniza si le prendemos fuego.
Lo súbito resulta de aquello que, por la velocidad de sus transformaciones, queda fuera de la percepción humana. Una mosca puede advertir una amenaza, palmadas que intentan atraparla en el aire o sobre la superficie en que está posada, mucho más velozmente de lo que podría un humano. Porque hay cambios imperceptibles para el hombre del todo normales en ese insecto. El tiempo de la mosca es algo muy diferente al tiempo del hombre, y parecería basarse sólo en ese detalle toda la teoría de la relatividad.
Existe un ritmo vital determinado que en el humano se cumple de manera muy diferente al de otras especies. Para la mosca consiste en la posibilidad de captar movimientos en términos cuatro veces más rápidos que los de un humano. Así, puede realizar un despegue súbito que la aleja del peligro. En términos temporales, lo que para un ser humano sólo puede advertirse en el lapso de 200 a 250 milisegundos, para la mosca se advierte en 100 o en menos. Además, la mosca puede girar en el aire a gran velocidad merced a sus órganos especializados de los que carecen otras especies.
Para el humano es básica la continuidad perceptible y aprehensible; no le es suficiente la subitaneidad que para la mosca es habitual. Para el punto de vista de una mosca lo continuo es algo menos dilatado; el tiempo algo bien diferente al nuestro. Por lo que se puede decir que el mundo de la mosca es instantáneo y perecible, su historia efímera si la comparamos con la nuestra. Habría un tiempo narrativo para el hombre y un tiempo reactivo para la mosca. Un tiempo de expansión, demorado en los cambios, y otro de reacción, implosivo, abundante en cambios infinitesimales. Un mundo en permanente dilatación, paulatino y gradual, y un mundo instantáneo, fugitivo y transitorio.
Hay estímulos y respuestas, incitaciones e instigaciones y devoluciones exitosas o frustradas, provocaciones y réplicas u oposiciones que convierten lo adverso en favorable. Se da una lucha que consiste en el sistema de la subsistencia y de la supervivencia, en diversidad de reacciones que se activan ante la dificultad de vivir. Y hay diferentes clases de reacciones de acuerdo con la naturaleza de cada especie animal, vegetal, etcétera. Para el ser humano existe un tipo de cambio fijo, como a veces se da para la moneda y los billetes. Este tipo de cambio no es acelerado y reviste la ventaja de facilitar la planificación, el anteponerse a los hechos y dar lugar a la preparación para dominarlos o convertirlos en hechos propicios para la vida.
Pero también es el responsable de que aparezca la inanición y el desinterés, la enfermedad que produce la paralización espiritual y física y que convierte la vida en una repetición inconducente, digresiva y parasitaria. Es la razón de las crisis sin solución, de la cultura que se encierra en la mismidad y lo intrascendente.
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