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No conviene creer en nada que se muestre de una manera más o menos fija
ante los ojos, la percepción en general y el razonamiento. Sin duda, la
situación que vivimos en el ahora, económica, social, cultural, es la que por
todos los medios del entendimiento se presenta como la única real y verdadera.
Es el estado de cosas en el que nos desempeñamos todos.
Sin embargo, podría
resultar puro engaño, deformación de la verdadera realidad, la que apenas asoma
por tras la apariencia. ¿Cuál es la verdadera? Por supuesto, todo depende de a
qué llamemos verdadera. Pero, si la verdadera es la que aparece a nuestros
sentidos comunes, que procesa el razonamiento y los sentimientos, no se nos
escapa que tras ella se esconde otra, es decir, que tanto la percepción como la
razón nos juegan una mala pasada, aunque de paso nos ayudan a entendernos con
el mundo de los objetos.
Sabemos, al menos, que la
realidad no es algo fijo sino un proceso que se está gestando continuamente y
del cual la inteligencia humana extrae algunas estampas o instantáneas, porque no puede apreciar nada que se esté modificando a perpetuidad y que lo haga
imperceptiblemente. Es más que claro que si esta es una conclusión que corona
diversas series de premisas y reflexiones ha sido derivada directamente de la
filosofía de Bergson expuesta en El pensamiento y lo movible, fuente de
la que provienen todas las próximas citaciones (ver referencias).
Ahora bien, lo que él
llama "mutación" yo prefiero llamarle "cambio" (ver obra
citada, capítulo V de la Segunda Conferencia). Pues "mutación", si
bien significa "cambio", "mudar" "cambiar", más
bien sugiere la idea de pasar a revestir otra naturaleza. Prefiero
"cambio" porque se refiere a lo que cambia en apariencia, no en
esencia o sustancia. Pero ¿cómo debe concebirse el cambio al que me refiero?
Que no se conciba sólo
como fenómeno registrado por la conciencia, aunque también lo sea. Porque la
conciencia lo registrará usualmente por imágenes, unas diferentes de otras,
aunque fuere sólo por mínimos detalles. Por lo que el cambio escapa a la
percepción común que divide el objeto en estados fijos, como apunta Bergson,
que son los que puede retener por un tiempo. Debemos concebir el cambio, pues, como
lo que trasciende el acto consciente, para transformarse en imaginación pura.
No hay otro medio de concebirlo. Pero esta imaginación no es la imaginación
común y corriente, que inventa, fantasea o recrea un hecho o un acto como su
representación mental. Es imaginación pegada a la percepción, pero controlada
por la razón y el sentido común.
En lugar de cambio o
mutación intenta aparecer lo que cambia o muda de apariencia. Aparece el ser y
desaparece el objeto. Y se transforman las relaciones que las apariencias
guardan con el observador o receptor humano o sentidor si se trata del campo
afectivo. Esto es pura ontología, no física clásica ni relativista o cuántica.
Es lo que se puede decir de acuerdo con el sentido común apoyado en la que
llamamos teoría vécica.
La realidad pura,
independiente de la percepción, que es la facultad que sirve para vivir y no
para conocer, es esencial y trascendente para el intelecto, es decir, para la
metafísica. Es todo lo contrario a lo que ocasionalmente se supone. Pues la
realidad de la física es una realidad compuesta, formada de partes, mientras
que la realidad metafísica es un proceso continuo y unitario. Fue Henri Bergson
quien hizo notar esta evidencia, pero es necesario analizarla un poco más,
profundizar en el estudio de la realidad tal como es y tal como la concibe la
mente, pues son asuntos diferentes.
Quedar presos del espacio
y el tiempo es inevitable siempre y cuando los problemas se mantengan en lo que
consideramos sólo aparente por una necesidad inevitable. Para atender la
apariencia recurrimos a nuestras concepciones y a las formas de reaccionar ante
las dificultades y obstáculos que ella nos presenta. Pero el espacio y el
tiempo son categorías engañosas, dimensiones de la realidad que sólo se pueden
corroborar relacionándolas con el movimiento.
A su vez, el movimiento es
una propiedad que se corresponde con una referencia, con algo con que se pueda
relacionar, pues sin eso no hay posibilidad de comprobarlo. Esto se resume así:
sin algo que actúe como referencia no hay movimiento, y sin movimiento no hay
espacio ni tiempo. Es preciso investigar qué es ese "algo", pues, esa
referencia o punto de relación. No algo espaciotemporal, es decir físico,
concreto, "tocable", que se demore en la percepción, porque si lo
fuera no necesitaría del movimiento y ya lo tendría. Ese algo es casi siempre
nuestro cuerpo, la referencia que coincide con el juego de la apariencia. Pero
el cuerpo también es una referencia cambiante.
¿Acaso el cuerpo no
es algo espaciotemporal? Percibimos el propio cuerpo por los mismos medios con
que percibimos todo lo demás, y sólo agregamos a ellos algunas sensaciones
internas. Es lo no espaciotemporal de nuestra existencia lo que genera o puede
generar una "visión" independiente del espaciotiempo. Es decir, lo
que puede generar una visión metafísica de la realidad en el sentido de
Bergson. Es cuando podemos levantar el velo que cubre la realidad y la
descubrimos tal cual es o, como dice Bergson, la inventamos de manera controlada
por la razón y el sentido común (p. 44). A esto llama intuición, pero
¿qué es la intuición?
Para entenderlo a
cabalidad cabe empezar entendiendo "toda mutación, todo movimiento como
absolutamente indivisibles" (117). Si consideramos el movimiento de algo
desde A a B, podemos dividir el intervalo AB tantas veces como queramos, en
muchos puntos o en muchos instantes –ejemplifica Bergson. Y es cuando surge
algo notable a partir de esta pregunta: "¿Cómo lo móvil puede coincidir
con lo inmóvil?" Lo que se mueve pasa por esos puntos o existe en cada
instante, y lo hallaríamos en tales puntos o instantes si se detuviera; pero no
lo hace.
Sin embargo, "nos
figuramos que el movimiento mismo es divisible indefinidamente. Y nos
complacemos en figurárnoslo porque lo que buscamos en un movimiento y lo que
nos interesa no es la mutación de la posición sino las posiciones mismas: la
que el móvil abandona, la que tomará, la que tomaría si se detuviera en el
camino. Necesitamos de inmovilidad, y cuando más conseguimos representarnos el
movimiento como coincidiendo con las inmovilidades de los puntos del espacio
que recorre, mejor creemos haberlo entendido. En realidad de verdad, no existe
verdadera inmovilidad, si por inmovilidad entendemos la ausencia de
movimiento." (118)
Luego de referirnos al
problema del movimiento, para entender la intuición se necesita reparar en el
siguiente punto: "Existen mutaciones, pero no existe, bajo la mutación,
cosas que mudan." (120) Quiere decir que la mutación es lo que da lugar a
la cosa y no la cosa a la mutación. Esta afirmación viene a sacudir las bases
de toda la filosofía anterior. No es necesario apuntar que en esto no hay nada
de fantasía ni de idealismo. Porque se habla de algo totalmente real, el
movimiento, tan real como la cosa que, en definitiva, vendría a ser sólo una
extensión del movimiento.
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¿Es necesaria una cosa para que tengamos conciencia? Edmund Husserl enseñó
que la conciencia es siempre "conciencia de". Por lo que no habría
conciencia sin ese "de" sin ese "algo". Roger Penrose pregunta:
"¿Revelaría siempre su presencia la conciencia en algún objeto?"
(Penrose, 505) Si le es necesaria la presencia del objeto, entonces ¿cómo es
posible que la mutación sea la que da lugar a la cosa? Porque dar lugar a la
cosa significa hacerla consciente, diríase adecuarla para la comprensión.
Una de las probabilidades
sería que el movimiento inervaría el sistema nervioso, el cual, según
determinadas condiciones físicas y psíquicas, sería el responsable de general
la cosa. Esta posibilidad estaría en la base del llamado "principio
antrópico", según el cual hay lugar para preguntar si le corresponde a la
conciencia alguna función en el universo que la hiciera imprescindible para el
conjunto. Una respuesta probable sería que la conciencia (humana) es parte
común del mundo conocido, como las estrellas y las galaxias. Dice Penrose que
el principio antrópico "afirma que la naturaleza del universo en el que
nosotros mismos nos encontramos está fuertemente condicionada por la exigencia
de que deben estar presentes seres sintientes como nosotros para
observarlo" (Penrose, 503). En otras palabras: "vemos el universo en
la forma que es porque nosotros existimos" (Hawking, 170). Todo lo que
vendría a decir indirectamente que el universo existe porque nosotros lo
confirmamos como existente.
Considerando como
consideramos ordinariamente la vida terrena y la existencia cósmica podemos
volver al tema de la intuición, ya entendido el problema del movimiento en la
relación con la cosa y el problema de la mutación. Intuir sería quebrar la
inmovilidad de la cosa para poder entrar en la mutación pura. O sea, para ir
más allá del estadio en el cual la percepción embalsama el movimiento y
disuelve el efecto de la mutación, volviéndolo incaptable.
Ahora bien, se puede
preguntar por qué las cosas o ciertas cosas permanecen en la percepción durante
mucho tiempo. La respuesta debe considerar el tercer problema entre lo más
importantes para entender la intuición: el tiempo. Pero, sólo en cuanto debe
discernirse entre el tiempo cósmico y el tiempo terrestre. ¿En qué se
diferencian? Sólo por las escalas respectivas, porque no existe un tiempo
absoluto que rija el universo y la vida. Así como las más grandes distancias
entre los humanos se miden en kilómetros y entre las estrellas en años luz, los
tiempos también son muy diferentes, lo que se debe a la masas y movimientos de
la energía concentrada en lo que llamamos objetos cósmicos. Un año solar en la
escala humana es un instante en la del espacio exterior al dominio del Sol, en
el que los objetos se mueven a velocidades inimaginables.
Había dicho ya que sin
punto de referencia no hay movimiento, cuando sabemos que en el cielo todo es movimiento.
Pero entonces ¿cómo se reconoce que hay movimiento? No hay referencia alguna en
todo lo que conocemos que pueda actuar como relación absoluta, nada que pueda
corroborar el movimiento. Sólo podemos enterarnos de que lo hay por el registro
hacia el rojo en el espectro de la luz que nos llega de un astro lejano. La luz
contiene la única magnitud cósmica que puede valernos como punto de relación
para medir las propiedades de la materia cósmica.
Aparte de la luz, sólo
nosotros somos la referencia, el planeta, nuestro Sol, los aparatos concebidos
para descomponer la luz y deducir los elementos químicos que componen los
objetos siderales. La inteligencia sería, pues, el gran referente, único hasta
ahora, de todo lo que existe. En tanto conciencia, no se ha podido encontrar nada
semejante en las innumerables observaciones telescópicas y registros de radares
que ha habido. Sería el hombre el único observador que volvería creíble la
existencia toda. Penrose sugiere que puede haber otro, y es probable que lo
haya.
Como seguramente ya se
habrá supuesto, esta no es una conclusión de la ciencia, sino de la sola
especulación; en todo caso, de la sección más especulativa de la ciencia. Aunque
la probabilidad de que haya otras conciencias más allá del alcance de nuestro
conocimiento, o de que la conciencia sea una propiedad como cualquier otra de
lo existente, se maneja más bien en el terreno de la filosofía y con mayor propiedad
en el de la metafísica. La metafísica se ocupa del espíritu, no porque esa
ocupación le obligue a constituirse en la física del espíritu sino porque la
nueva metafísica tiene como uno de sus mojones la experiencia, la misma en que
se basa la ciencia experimental y teórica. La nueva metafísica termina con la
tendencia que excluye la realidad empírica de sus especulaciones.
Ocurre también que en
nuestro tiempo no se encuentra ya una separación tajante entre lo que llamamos
espíritu y lo que llamamos materia. Ninguno de ambos dominios es ya asunto que
acapare la atención de los pensadores, aunque sí de teólogos y religiosos, sea
porque la materia hoy es sólo un vocablo, sea porque las ciencias biológicas y
neurológicas han avanzado en el criterio que tiende a unificar ambos dominios
de la realidad vital.
La condición de testigos
del universo es una invención espiritual, no material. Deriva de la
imposibilidad de dar con el porqué de la vida, de su para qué y de su origen.
La hipótesis del testigo consiste en sostener que, hasta ahora, sólo es posible
atribuir a la humanidad la función de convalidar el Todo. Y que, hasta que no
se descubra otra, hay que admitir nuestra presencia en el universo como su
conciencia, el "de" en la "conciencia de". Esta es una
intuición y no un concepto ni definición ni explicación de la especie del
hombre, metafísica pura y nueva.
"Cierto es que los
conceptos le son indispensables, puesto que todas las demás ciencias obran,
ordinariamente, con conceptos, y la metafísica no puede prescindir de las demás
ciencias. Pero la metafísica no lo es propiamente sino cuando trasciende el
concepto, o al menos, cuando se exime de los conceptos rígidos y ya hechos,
para crear conceptos muy distintos de los que manejamos habitualmente, es
decir, conceptos flexibles, dóciles, casi fluidos, dispuestos siempre a
amoldarse a las formas fugaces de la intuición […] la filosofía no consiste en
escoger uno entre tantos conceptos, ni en tomar partido por una de tantas
escuelas, sino en ir en busca de una intuición única, desde la cual pueda
holgadamente descenderse a los diversos conceptos, porque se ha adoptado una
posición muy por encima de la división entre escuelas." (Bergson, 138 y
143)
Esta posición no surge de
lo que se ha adquirido de las demás posiciones, en filosofía, de las demás
filosofías. Surge de la conciencia y la conciencia de la memoria, del recuerdo
de los momentos pasados. "En esto consiste la duración. La duración
interna es la vida continua de una memoria que prolonga lo pasado en lo
presente, ya sea que lo presente encierre, distintamente, la imagen sin cesar
creciente de lo pasado, ya sea más bien que atestigüe por su continua mudanza
de cualidad, la carga cada vez más pesada que uno arrastra en pos de sí a
medida que va envejeciendo. Sin esta sobrevivencia de lo pasado en lo presente,
no existiría la duración, sino sólo la instantaneidad." (Bergson, 146)
Aquí es preciso hacer un alto y consignar un punto fundamental del cual Bergson
no se ocupa.
3
¿La memoria es la encargada de prolongar lo pasado en lo presente? Además,
¿qué es lo que traslada? ¿Acaso traslada todo el pasado? Es claro que no se
trata de una carga voluminosa que se traslada de un lado a otro atiborrando el
presente con la historia de vida. Es necesario investigar si la memoria es el
órgano a cargo de esta transposición de pasado en presente. La memoria sirve
para recordar ideas, imágenes, conceptos, sensaciones de toda clase
correspondientes a los sentidos. Pero no configura la intuición sino en una
pequeña cadencia, porque la intuición es una clase de fenómeno no acumulativo
sino selectivo.
La intuición se vale de
otra vía que recupera lo pasado activándolo en el presente, pero no
reproduciéndolo como hace la memoria. Trasciende la memoria. Se desempeña en el
presente gracias a lo que la experiencia se ha sabido recoger con esfuerzo en
circunstancias problemáticas en las que se ha superado un gran obstáculo o se
ha caído ante él determinando el fracaso. Obra según le ha dictado en
situaciones diversas su propia voluntad e iniciativa y de nuevo le dicta el
presente acechado por conflictos del mismo orden.
Ese aprendizaje exclusivo,
autónomo, aislado, espontáneo es el que se traslada al presente inmediato, en
forma a veces fulgurante, y se manifiesta adjunto al resto de los recursos de
la inteligencia. No es todo ni parte del pasado ni se recupera como acto
recordatorio. Quizá es el fenómeno que decide la intuición y que prefiero
llamar "saber vicisitudinario" o "vécico". Provisto con
este instrumento creado en el instante ante la adversidad acechante, y convertido
en permanente, el individuo de nuestra especie vislumbra el movimiento que
esconde la cosa, aproximándose a la realidad verdadera que, de otra manera,
hubiera quedado congelada en el objeto.
A esta operación se le
puede atribuir el origen del conocimiento de la realidad que, si no es la
verdadera, al menos ha traspasado la frontera de la apariencia con alguna
garantía de veracidad y precisión. Porque ha sido comprobada ya como exitosa, o
como lo que hay que evitar, en la vida práctica del individuo. Se puede llamar
"realidad vicisitudinaria" o "vécica" a esa realidad que,
según Bergson, es intuida más que analizada, y que se mezcla entre las
facultades objetivas y subjetivas del hombre. Y al proceso de llegar a ella lo
llamo "saber vécico", que me parece más adecuado que el de intuición.
Se trata de la visión del
mundo que surge al seleccionarse instantáneamente y aplicarse en el presente todo
lo que a través de la experiencia fue comprobado como verdadero, o
provisoriamente verdadero. Todo lo que en escenarios y veces multitudinarias e
innominadas pudo aplicarse por la sola iniciativa personal y resolver una
incertidumbre, alejar un peligro, salvar un obstáculo, convertir lo que parece
imposible en posible. Ese sustrato selecto es lo que Bergson, según creo,
distingue del análisis y el conocimiento espaciotemporal, y que incluye en lo
que llama duración. Por lo que es innecesario agregar que se trata de un
sustrato siempre cambiante, sea para volverse cada vez más perfeccionado, sea
para empobrecerse o anquilosarse perdiendo lo que había adquirido.
El estado fijo que induce
la apariencia es lo que Bergson llama tiempo, algo del todo inmóvil y homogéneo,
al revés de lo que suele pensarse. "Advertiré –anota– que la hipótesis de
ese tiempo homogéneo está destinada sencillamente a facilitar la comparación
entre las diversas duraciones concretas, a permitirnos contar simultaneidades y
medir un flujo de duración en su relación con otro […] En resumen, el análisis
opera sobre lo inmóvil, mientras que la intuición se sitúa en la movilidad, o
lo que viene a ser lo mismo, en la duración. Ahí se encuentra la línea de neta
demarcación entre la intuición y el análisis. Lo real, lo vivido, lo concreto
se reconoce en que es la variabilidad misma. El elemento se reconoce en que es
lo invariable. Y es invariable por definición, por ser un esquema, una
reconstrucción simplificada, a veces un simple símbolo, y en todo caso, una
vista tomada de la realidad que fluye." (Bergson, 147)
Se distingue, pues, una
realidad inmóvil, objetiva, espaciotemporal y homogénea, y otra móvil, entre
objetiva y subjetiva, histórica y heterogénea. Pero no se sugiere esta
distinción con el fin de imponer como verdadera a sólo una de ellas, sino para captar
la otra forma del saber que se antepone al análisis de la razón y a la
percepción en la que la razón se basa. No se presentan como contradictorias sino
como complementarias o, si se quiere, como modalidades diferentes que se
alternan o mezclan en el acto de la cognición. Sólo que, como apunta Bergson,
"de la intuición se puede pasar al análisis, pero no del análisis a la
intuición" (147).
La dimensión histórica es
retomada por lo presente, pero en lo que surge de la experiencia
vicisitudinaria: esta es la diferencia entre la intuición y el saber vécico. Pues
era del todo imprescindible explicar de dónde sale la sabiduría y las
habilidades, la maduración de los sentimientos comunes, axiológicos, morales y
religiosos que enmarcan el contenido de la intuición. Este acervo constituye la
persona, la personalidad, el fundamento epigenético. Habría sido de toda
oportunidad la exploración en el territorio más íntimo del pasado, algo que en
general lo filósofos han evitado.
Bergson no está muy lejos
de la realidad histórica personal que yo llamo vécica que comprende el pasado,
el presente e incluye las proyecciones de futuro. Dice "la intuición de
que hablamos no es un acto único, sino una serie indefinida de actos, todos
indudablemente del mismo género, pero cada uno de su particular especie",
y señala como "esta diversidad de actos corresponde a todos los grados del
ser", aun añadiendo que existe "por un lado una multiplicidad de
estados sucesivos de conciencia, y por otro una unidad que los enlaza.
La duración viene a ser la ʽsíntesisʼ de esta unidad y de esta multiplicidad;
operación misteriosa que no se sabe, vuelvo a repetir, cómo se compadece con
matices y grados. En esta hipótesis ni hay ni puede haber sino una única
duración, aquella en que nuestra conciencia opera habitualmente." (150) Si
atendemos la duración evitamos el fluir idealista hacia la eternidad abstracta,
y, por otro lado, la multiplicidad realista y concreta que
"pulveriza" los momentos (151-152).
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Bergson resume así su filosofía: I) Hay una realidad
externa inmediata a nuestro espíritu. II) Tal realidad es movilidad; no existen
cosas hechas sino lo que se va haciendo, ni estados que se mantienen, sino que
cambian. III) Pero el espíritu busca apoyo en estados y cosas. IV) Esa búsqueda
tiene como objetivo la utilidad práctica, pero genera tropiezos, antinomias y
contradicciones en la filosofía. V) Por lo que las diferentes doctrinas filosóficas
han fracasado. VI) El espíritu, empero, puede situarse dentro de la realidad
móvil, adoptar su dirección cambiante y aferrarla intuitivamente. VII) Esa
inversión jamás ha sido hecha metódicamente, excepto en ocasión de crearse el
análisis infinitesimal, las nociones matemáticas de límite, tendencia,
diferenciaciones e integraciones. VIII) En la intuición no hay relativismo ni
conocimiento que va de lo fijo a lo móvil, sino conocimiento que se ubica
dentro del movimiento. IX) Todo se resume en que hay más en lo móvil que en lo
inmóvil (153-157).
Sin ninguna intención de objetar
en ningún punto esta filosofía, se podría agregar un décimo punto. Este punto
vendría a consignar que ese "más" que hay en lo móvil, ese entramado
cambiante que la filosofía debe interpretar y explicar, resulta de lo que
llamaría dialéctica del recién llegado, es decir, de un careo entre la criatura
humana, que llega a un mundo para él prácticamente desconocido y quiere habitarlo
en un entorno cualquiera de ese mundo colmado de dificultades y misterios, y
una realidad que, sin embargo, esconde las fuentes mismas de las que puede
extraer recursos para superar las dificultades y revelar los misterios, y con
eso asegurar su permanencia en él hasta cierto punto final.
Con este punto diez, imaginario sólo quiero suscribir con fervor la presentación de una filosofía insuperable por su fineza y su poder de penetración en el corazón de un enigma por tanto tiempo considerado irrevelable. Se podría comparar la intuición con lo que he llamado saber vécico, el saber que tiene sus raíces en la historia personal y que absorbe mediante la experiencia a todos los demás saberes adquiridos, teóricos, prácticos, familiares, educacionales y saberes adquiridos por vía externa. Todos ellos se prueban en la experiencia, por lo que se puede decir que la experiencia los legitima y autoriza su incorporación a la inteligencia. Todos fueron aplicados en circunstancias concretas, materiales o espirituales, comprobadas como fértiles o adecuadamente conducentes.
La "Introducción a la
metafísica" sugiere que el problema del conocimiento común tiene antecedentes
prestigiosísimos. Su tema central, la intuición, es el más frecuente de los
recursos en la vida práctica y es una ayuda permanente y hasta inevitable en la
vida de teóricos y filósofos. Esa misteriosa facultad, que consiste en ahorrarnos el
dar vueltas en torno a los problemas y a ir directamente a penetrarlos, parece
que se explica sólo por metáforas, Pero aquel que se tome el trabajo de
explorarse a sí mismo, de investigar cómo ha adquirido destreza, aptitud, capacidades,
competencias, idoneidades, talento, ingenio, podrá descubrir que lo ha hecho
por la sola vía de sus propios desempeños ante situaciones reales que ha tenido
que resolver.
Intuición es un término
que en Bergson adquiere una riqueza mucho mayor a cualquiera que pueda acumular
las acepciones de los diccionarios psicológicos y científicos. El significado
de Bergson rehabilita la metafísica al demostrar que el secreto de la realidad pura
trasciende al de la realidad física y, en lo que atañe a la vida humana,
trasciende la razón. Demuestra que no es fácil resolver el problema del
conocimiento, y que para lograrlo hay que incursionar por el terreno del
espíritu. No porque le interese separarlo del cuerpo, y mucho menos jerarquizarlo
sobre lo físico, sino porque considera que son vías complementarias, los de las
ciencias y los de la nueva metafísica.
REFERENCIAS:
BERGSON, Henri (1936). El pensamiento y lo movible, Santiago de Chile, Ediciones Ercilla.
HAWKING, Stephen (1997). Historia del tiempo,
Madrid Alianza
PENROSE, Roger (1989). La nueva mente del
emperador, Barcelona, Grijalbo-Mondadori.
