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Podría Toynbee investigar cierta clase de avatares que tal vez escondan la
clave por la que nacen y se desarrollan las sociedades primitivas y las civilizaciones.
Pues está claro que tienen que contener al menos algunos de los más importantes
motivos por los que se cumplen o no se cumplen los fenómenos de los que nos
habla, los que componen la fórmula "incitación-y-respuesta" (Tomo 1,
pág. 114*). En esta fórmula, que se parece a una ecuación, se entiende que el
dato consiste en las vicisitudes, y la incógnita en el comportamiento de los
seres humanos, las sociedades y las civilizaciones. Lo que mueve al hombre,
entiende Toynbee, es el choque con el orden de dificultades que tiene que
superar para consolidar su vida.
Se produce una ruptura
biográfica, un antes y un después que marcan la introducción del individuo en
el mundo de lo humano, el abandono del ser original todavía no preparado para
establecerse y acomodarse en el entorno que toca, con mucha frecuencia adverso.
Pero no hay estudio de esta historia y hay sólo estudio de la historia general Así,
pues, el paso individual de un estadio al otro, el definitivo desarrollo de las
habilidades humanas no se explica por el despliegue de condiciones superiores latentes
desde el nacimiento ni por influjo de factores externos como los que ofrecen a
los animales la inmediata adaptación al medio. Tampoco lo explica la activación
espontánea y el posterior funcionamiento de un cerebro que tarda en
desarrollarse.
Existen testimonios
visibles de ciertas transformaciones en términos de habilidades y saberes que
se reconocen cuando se enfrentan dificultades, se superan obstáculos y se
resuelven problemas. La consolidación de la inteligencia es el principal
testimonio de este proceso que conduce al conocimiento a través de intensas y
en general complicadas peripecias. Y que sin esta construcción vicisitudinaria no
hay evolución, asimilación ni adaptación al medio, sin lucha contra la
adversidad. Toynbee se ocupa de demostrar que hay respuestas, y que ellas devienen
desde el interior, no desde el exterior. Que es el individuo el que las da y
que no se originan en ninguna otra fuente de soluciones y propuestas, pues no
corren por cuenta de la sociedad, que al fin de cuentas es sólo un concepto,
sino por cuenta de los individuos que la componen.
La relación entre la
sociedad y el individuo es "una de las cuestiones esenciales de la
sociología", afirma Toynbee (T. 1, 313). Describe las dos maneras
tradicionales de explicarla: "Una es que el individuo constituye una
realidad capaz de existir y de ser captada por sí misma, y que una sociedad no
es sino un agregado de individuos separados. La otra es que la realidad es la
sociedad; que una sociedad es un todo perfecto e inteligible, mientras que el
individuo es simplemente una parte que no puede existir o concebirse existiendo
en ninguna otra calidad o posición. Encontramos que ninguna de estas opiniones
resiste a un examen." (T. 1, 314)
El hombre nunca ha vivido
separado y, agrega, "la vida social es una condición que supone la
evolución del sub-hombre al hombre y sin la cual no es concebible que esta
evolución hubiera tomado forma". Pero, entonces, "¿El ser humano
individual, lejos de poseer una independencia ciclópea, no es más que una
célula del cuerpo social, o en una visión más amplia, una célula en el cuerpo
más vasto de ʽun solo gran individuoʼ que está constituido por ʽel mundo
orgánico en su totalidadʼ?" (Ib., 315) Estas formas de definir la
relación entre la sociedad y el individuo serían sólo formas psicológicas o
biológicas.
Tales definiciones le
parecen inadecuadas, por lo que propone otra que, de todas maneras, no resuelve
la contaminación psicológica y biológica. Una sociedad humana es "un
sistema de relaciones entre seres humanos que no son sólo individuos, sino
también animales sociales en el sentido de que no podrían existir en absoluto
sin tener estar relaciones unos con otros. Una sociedad, podemos decir, es un
producto de las relaciones entre individuos, y estas relaciones suyas surgen de
la coincidencia de sus campos individuales en un terreno común, y este terreno
común es lo que llamamos una sociedad." (Ib., 317)
La sociedad, dice, inspirándose en Henri Bergson, es un "campo de acción", pero "la fuente de toda acción son los individuos que la componen". Por lo que, evidentemente, Toynbee se refiere a la convivencia, como llamamos corrientemente al campo de acción de los animales humanos; un campo que no es el estricto campo de la psicología ni el de la biología y que apenas es el de la sociología –de una psicología social o de una biología o economía humana. Si hablamos de convivencia allí donde la sociología habla de sociedad, superamos la abstracción del concepto "sociedad", y también superamos el concepto "individuo" con referencia a lo concreto y separado.
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Las señales que confirman la capacidad interna de superación de
dificultades, que permiten el paso del individuo de la especie a persona, de
sub-hombre a hombre según Toynbee, se encuentran en un plano en cierta medida ajeno
al de las instituciones como la familia, el grupo social, la nación, la raza,
los rasgos típicos del entorno, la herencia, la educación, etcétera. Algunas de
las más importantes señales se encuentran en las características por las cuales
Toynbee describe las sociedades primitivas, las sociedades desarrolladas y las
civilizaciones. En el cuadro de estas señales se destacan la economía y la
cultura, y algunos de los factores desencadenantes más importantes, como las
migraciones con sus consecuentes adaptaciones al medio que no se exoneran de nuevos
sacrificios y guerras horrendas.
Intervienen tres niveles
de estratificación social: las minorías dominantes y lo que Toynbee conviene en
llamar proletariados, que pueden ser internos o externos. Entendemos que se
trata de categorías fundamentales y genéricas, que se aplican en todas las
civilizaciones, antiguas y modernas. Se describe así lo que a grandes rasgos se
cumple en tanto ciclos históricos que cursan estadios de prosperidad,
estancamiento o decadencia de las civilizaciones.
El cuadro a veces coincide
y a veces difiere respecto a otras interpretaciones de filósofos-historiadores
como Oswald Spengler, George D. H. Cole, Vere Gordon Childe, Ernst Cassirer o Karl
Jaspers. Y en lo que a religiones se refiere, de eximios investigadores como
James G. Frazer o Mircea Eliade. Cole decía, según Toynbee, que "Por
analogía con las ciencias físicas han tratado de analizar y explicar la
sociedad como un mecanismo; por analogía con la biología han insistido
en considerarla como un organismo; por analogía con la ciencia mental o
la filosofía han persistido en tratarla como una persona, y a veces por
una analogía religiosa han llegado casi a confundirla con un Dios." (T. 1,
316)
¿Qué posibilidades habría
de encontrar en estas consideraciones inspiración para romper las barreras y
aplicarlas en cuanto a los procesos de formación y superación de problemas en
el círculo más estrecho de los individuos? ¿Cómo se podría franquear la frontera
que separa los mundos de la sociedad y del individuo? El estudio en profundidad
de los desafíos experimentados por las diferentes y más importantes civilizaciones
históricas, estudiadas al detalle por Toynbee, especialmente la superación de
dificultades que en alguna medida parecen reiterarse o asemejarse aun cuando se
trate de épocas separadas por siglos o milenios, y por diferentes geografías,
quizá haría posible encontrar criterios para deducir las mismas o parecidas
características en el nivel de las biografías o historias personales.
Pues hay
"incitación-y-respuesta" también en los ciclos de vida de los
individuos, y quizá son estos fenómenos los que se infiltran en los otros: los
individuales los que determinan los sociales. El esquema histórico de Toynbee
ofrece una clave para comprender la dinámica de las culturas en el tiempo, por
encima de la dinámica de las economías, aunque sin descuidar la que desde el
siglo XIX se considera determinante por encima de todas las otras, sociales,
institucionales, educativas, etcétera. Pero es preciso entrar en el ámbito del
sujeto, desplazarse dentro de una realidad sin la cual no existiría sociedad ni
historia universal. La fórmula desafío-respuesta no sólo se aplica a lo
histórico general, sino también a lo histórico individual y a lo histórico
convivencial, que es lo histórico existencial por excelencia.
Si Toynbee establece una
gran estructura comparativa, una lógica de los ciclos históricos culturales, es
necesario, a su vez, recrear y dejar oír la voz hasta ahora historiográficamente
callada del sujeto. Si se trata de un testimonio para los historiadores, quizá
imperceptible, para las personas es del todo operante y el que puede influir
sobre el grupo. Porque, si bien el grupo es el que en la realidad invisible influye
sobre el individuo, es el individuo el que visible y oíblemente determina el
sentir y las conductas del grupo. La sociedad no habla, habla el sujeto humano.
Hay una corriente original individuo-sociedad, y su contrapartida: el producto
arraigado desde unos pocos o desde un solo individuo, adaptado por el grupo
–generalmente por imitación u ósmosis–, que luego vuelve a caer sobre el
individuo, reestructurado como esquema o idea o creencia o credo religioso.
Existe un fenómeno
deducido intelectualmente que consiste en la voz de las colectividades, en el
actuar de las sociedades; y existe el testimonio de los individuos, la voz anónima
que, sin embargo, en algunos casos trasciende su particularidad y alcanza la
voluntad general. Esta es nada más que una evidencia, el solo supuesto que
surge de una razonabilidad limitada y subjetiva, sin posibilidades de alcanzar
la garantía de las demostraciones empíricas. Porque no se puede demostrar una dinámica
que nace en cada persona y que por arte de prestidigitación se transforma en ideas y en actos de un grupo y eventualmente de la
colectividad entera y aun de una nación.
La historia deja de ser un
proceso "externo", según esta inducción probable, un hipostasiar lo
general en lo particular, para deducirse como proceso interno, punto de partida
del acontecimiento de plena notoriedad. La experiencia vivida en la órbita
particular que se procesa en la vivencia, vida vivida íntimamente y en exclusivo
contacto con el entorno personal, pasa a determinar la experiencia general y también
la convivencia. Se daría, pues, la posibilidad de que la serie o sucesión de
estadios de culturas y civilizaciones se explique por la obra de unos impulsos
particulares generados en un minúsculo grupo de individuos o aun en uno solo. Posibilidad
que se destacaría por el solo carácter testimonial y no por la inducción sugerida
o demostrada a partir de monumentos, documentos, declaraciones, fósiles,
etcétera.
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El carácter testimonial resulta de la inducción de experiencias
determinantes y de su conversión en saber e inteligencia personal. El factor
desencadenante del carácter civilizatorio obraría como efecto de lo que Toynbee
llama "vicisitudes" (T. 1, 379), de las que resultan incitaciones y resultados
de variedad de formas: Imitación y Respuesta, Retiro y Retorno, Paternidad y
Filiación, es decir, lo que Toynbee resume en el Yin o Yang de la tradición sínica
(T. 1, 375). Con lo que se refiere a las sociedades que superan las crisis que
conducen a decadencias con superación de dificultades.
"Una sociedad,
podemos decir, es un producto de las relaciones entre individuos, y estas
relaciones suyas surgen de la coincidencia de sus campos individuales en un
terreno común, y este terreno común es lo que llamamos sociedad. Si se acepta
esta definición, surge de ella un corolario tan importante como evidente. La
sociedad es un ʽcampo de acciónʼ, pero la fuente de toda acción son los
individuos que la componen. Esta verdad ha sido expresada de modo convincente
por Bergson: [Toynbee cita a Bergson en Las dos fuentes de la moral y de la
Religión]. Estos individuos que ponen en movimiento el proceso de
crecimiento en las sociedades a que ʽpertenecenʼ son más que meros hombres.
Pueden hacer lo que a los hombres les parecen milagros porque ellos mismos son
superhumanos en un sentido literal y no meramente metafórico." (T. 1, 317)
Agrega Toynbee:
"El nuevo carácter
específico de estas raras y sobrehumanas almas que rompen el círculo vicioso de
la vida social humana primitiva y reanudan la obra de la creación pude
describirse como personalidad. Por el desarrollo interior de la individualidad
los seres humanos individuales son capaces de realizar aquellos actos creadores
que, en el campo exterior de la acción, producen los crecimientos de las
sociedades humanas." (Ib., 318)
Induce a pensar que el
problema del bajo fondo de la historia, las motivaciones, las ideas primitivas
promueven los actos, las intencionalidades, radica en los individuos y no en
las configuraciones de una estructura social que carece de ideas, motivaciones
e intenciones y que sólo cuenta con actos. Para Toynbee se trata del factor
espiritual: "Aunque los mapas económico y político han sido ahora
occidentalizados, el mapa cultural sigue siendo sustancialmente lo que era
antes de que nuestra Sociedad Occidental comenzara su carrera de conquista
económica y política. En el plano cultural, para aquellos que tienen ojos para
ver, son aún claros los lineamientos de las cuatro civilizaciones vivas
no-occidentales. Pero muchos no tienen ojos para ello; y de su visión sirve de
ejemplo el uso de la palaba inglesa ʽnativosʼ y de sus equivalentes en otras
lenguas occidentales."
"Cuando nosotros los
occidentales llamamos ʽnativosʼ a las personas abstraemos implícitamente de
nuestra percepción de ellas el color natural. La vemos como animales salvajes
que infestaran el país en el que nos ha tocado encontrarlas, como parte de la
flora y la fauna local y como hombres de iguales pasiones que nosotros mismos.
En tanto que los pensamos como ʽnativosʼ, podemos exterminarlos, o lo que es
más probable hoy, domesticarlos, y creer honestamente (quizá sin equivocarnos
por entero) que estamos mejorando la raza, pero no comenzamos a comprenderlos."
(T. 1, 69) Por ejemplo, "La cultura y la economía rurales fueron minadas
primero y arrasadas después por el efecto acumulado de un número determinado de
fuerzas hostiles: la devastación de Aníbal; la perpetua movilización de los
campesinos para el servicio militar; la revolución agraria que sustituyó el
cultivo en pequeña escala de los campesinos auto subsistentes por una
agricultura en gran escala con trabajo de esclavos, y la emigración en masa del
campo a las ciudades parasitarias." (T. 1, 384)
Las crisis no son sólo
económicas u ocasionadas por factores naturales, también o principalmente son
culturales. Pero no es necesario entrar en el infinito mundo de ejemplos de
Toynbee, ni interesan aquí, aunque se den por descontado y se haya dicho que
son puestos con algo de forzamiento en beneficio de la tesis. Interesa, sí el
concepto de avance por incitación y respuesta, por ser la clave de toda
superación humana, en el orden histórico y social y el orden histórico individual
o biográfico. El cambio a partir de la vicisitud en la teoría de Toynbee es
lineal y causal, pero también hay cambios no-lineales y consecuenciales de gran
importancia, como los cambios históricos individuales. Y el cambio que él llama
"esterealógico" sólo es posible en el individuo. Es el tipo de
"acrecentamiento de eficiencia práctica o de satisfacción estética o de
comprensión intelectual" (T. 1, 299).
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Los textos sobre la desintegración de las
grandes sociedades de la historia comienzan con una descripción que bien puede
corresponderse con la situación actual del mundo (T. 2, 17). Pero, aunque el
orden de las inferencias es desolador, el de las conclusiones es de aliento y
esperanza. El cuadro parece reproducir la realidad actual, y mueve a desaliento
y congoja, pero deja ver un ángulo de posible resolución y paz con prosperidad.
Toynbee ofrece mil
ejemplos del fenómeno "incitación-respuesta", y es difícil encontrar otros
que pudieran contrarrestarlos. Pero todo se volvería más claro si la fórmula se
aplicara en el nivel individual. Porque en este nivel se producen con
abundancia ejemplos de las dos clases y en todas las personas. Se podría
ejemplificar con una historia en particular, con la de un individuo
determinado. Pero esto no exoneraría de caer en un análisis psicológico o de
corte psicoanalítico. Lo más próximo a ese nivel, que Toynbee circunvala sin
penetrar en lo individual, es la órbita de los "proletariados",
imprescindibles para la sociedad, concepto que parece responder principalmente a
las mayorías que viven bajo el dominio de una minoría gobernante.
"La verdadera
característica del proletariado no es ni la pobreza ni la humildad de
nacimiento, sino la conciencia –y el resentimiento que le inspira esta
conciencia– de haber sido desheredado de su lugar ancestral en la
sociedad" (T. 2, 35). En la Sociedad Helénica, por ejemplo, esta
conciencia llega a reaccionar como "explosión de ferocidad que sobrepasó
en violencia a la crueldad a sangre fría de sus opresores y explotadores"
(ib., 37). Pero también se registra otro tipo de reacciones que
"encontró su más alta expresión en la religión cristiana. La respuesta
mansa, o no violenta, es una expresión tan auténtica de la voluntad de
deserción como la respuesta violenta" (ib., 38).
Distingue Toynbee entre un
proletariado interno y un proletariado externo, que no se definen según el
punto de vista habitual de estratificación social. El interno comprende a la
mayoría de los individuos de una colectividad, si se sigue la idea que el
francés Raoul Vaneigem expuso en un libro del año 2004: "el
proletariado ha perdido su nombre puesto que la mayoría de los ciudadanos
forman parte de él" (Wikipedia, ver Toynbee).
El proletariado externo,
en cambio, surge cuando "Las minorías creadoras que han conquistado una
adhesión voluntaria por el encanto que ejerce su creatividad, son sustituidas por
una minoría dominante que, careciendo de encanto, acude a la fuerza". Los
pueblos primitivos que rodean a una civilización en crecimiento, y que eran encantados
por ella, ahora son repelidos por ella. Y "estos humildes discípulos de la
civilización en crecimiento renuncian entonces a ser discípulos y se convierten
en lo que hemos llamado un proletariado externo. Aunque están en la
civilización ahora en colapso, ya no son más de ella" (ib.,
74). Se entiende que, por estar interesados en ella, conspiran y aplican la
fuerza en su contra.
Se entiende en esto que Toynbee
habla de grupos que no están necesariamente dentro de la geografía de la
civilización en cuestión, pero mantienen una relación activa con ella
(aclaración en nota al pie de D. C.
Somervell). Por lo que el proletariado externo "se recluta de entre
elementos del campo de irradiación de la sociedad en desintegración" (ib.,
96). En definitiva, la gran distinción entre minorías dominantes y proletariado
es objeto de comprobación a través de ejemplos tomados de la historia de las veinte
y pico de civilizaciones estudiadas, entre las cuales sobreviven cuatro.
El punto es que los
ejemplos no alcanzan el nivel de la historia personal que, sin embargo, es
reiteradamente señalada como factor influyente en la historia de las
civilizaciones. Sólo es posible poner casos de biografías de personajes
históricos o de ficción literaria. Al reflexionar sobre cómo las sociedades en
general reacciones antes las invasiones de orden militar o cultural,
principalmente como efecto de las migraciones, se atreve a distinguir lo que
llama "modos alternativos de conducta, sentimiento y vida" (T. 2,
107). Entre ellos "abandono y autocontrol", "deserción y
martirio", "estar a la deriva" o "sentido del pecado".
Induce a pensar que existe
un orden de dificultad en los casos en los que la demostración y la
ejemplificación no dependen de ningún elemento relacionado con la multiplicidad
y la variedad. Que sólo dependen de la veracidad del argumento, de su
credibilidad, de su solidez lógica y, consecutivamente, de los comportamientos
al hacerse corresponder con la realidad a la que se refiere. Que no es lícito
aplicar metodologías de las ciencias físicas y matemáticas a las ciencias
puramente históricas y sociales, salvo en casos de dominio exclusivo de lo
espaciotemporal.
Aunque todo depende de, o exige, un
acuerdo tácito respecto de lo que se entienda por veracidad del argumento,
credibilidad, solidez lógica. Pero se saber perfectamente qué quieren decir
esas expresiones, y que se trata de encontrar en ellas lo humanamente, razonablemente
esperable. Si se quiere, lo que para la mente humana entra en los dominios de la
experiencia posible. Se sabe que esos dominios no tienen límites exactos y que
en ellos pueden infiltrarse componentes espurios, imaginativos, productos de
las creencias y de la superstición. Es preciso, por eso, hacerse cargo de lo
que solamente es probable según una actitud de seriedad y responsabilidad.
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Toynbee recurre
a la época de los griegos homéricos, de los héroes, reyes, emperadores de
diferentes civilizaciones históricas y de personajes de la literatura más
actual. Gusta empezar por la Civilización Helénica, por ejemplo, refiriéndose a
Alcibíades en El Banquete y a Trasímaco en La República, obras de
Platón. Alcibíades, esclavo de la pasión; Trasímaco, esclavo del poder y de la
fuerza que somete (T. 2, 123). Naturalmente, no puede poner ejemplos de seres
irrelevantes que por otra parte es posible conocer en un reducido número de
casos. Para ejemplificar o demostrar la importancia social de las historias
personales habría que realizar un trabajo de Hércules. Pero, asimismo, ¿qué
brindaría al investigador ese trabajo? Algo que se podría aprovechar sólo extrayendo
de él un promedio, con lo que se estaría en el mismo orden de generalidades en que
se basan las estadísticas. Pero los valores estadísticos no sirven de nada en un
orden de cosas en que se investigan sentimientos y formas de vida.
En otros casos, Toynbee apela a las
tendencias en el arte. Por ejemplo, al demostrar cómo invade al arte de una
civilización sometida y por eso en desintegración la vulgaridad y el barbarismo
de una cultura extranjera. Esto, dice, sucedió con la Civilización Minoica al
recibir la influencia de la moda vulgar llamada "Minoico Posterior
III" (T. 2, 158). Comprobamos así que los ejemplos siguen respondiendo a
una generalidad de la cual nada sabemos, especialmente sobre la extensión
social que hubiera podido mantenerse entera, o el uso más o menos generalizado entre
artistas y arquitectos.
Se trataría de la absorción
paulatina de la cultura minoica por la micénica. La primera como cultura
pacífica y la otra como cultura guerrera. La arquitectura abierta y elegante de
Cnosos contra la arquitectura cerrada y maciza de Micenas y Tirinto. Estos ejemplos
¿interpretan el sentir del momento y del lugar, el de los habitantes de esas
ciudades antiguas, o solo muestra el sentir de los dirigentes y militares, es
decir, el de las minorías dominantes? Parecería que la historia que conocemos
es la de las minorías dominantes, aunque siempre narrada en relación con los
proletariados internos y externos y con la fuerza en muchas etapas avasallantes
de los credos religiosos y las iglesias.
En ningún caso la historia del arte
puede profundizar en los términos reales de un sentir arraigado por la historia
personal. Nada se sabe al respecto que no fuera por diarios, autobiografías,
confesiones y documentos por el estilo. Nada se conoce de esas vicisitudes que
menciona Toynbee sino en tanto vicisitudes colectivas, sociales, nacionales.
Pero intuye perfectamente el nudo gordiano que desatado aclararía el secreto de
las civilizaciones. Se lee entrelíneas que conoce perfectamente este nudo
crucial, inextricable, el orden de los dilemas, desafíos, misterios, obstáculos,
peligros que interceptan las imposiciones externas e internas, fueran de
carácter positivo para el mejoramiento de la vida social y del arte, o fueran de
carácter negativo.
Aunque se trate de la mayor obra, la
mejor en su género, la apreciación histórica no lograría escapar de la
necesidad de recurrir a proposiciones generales fundadas en criterios,
afirmaciones y especulaciones arqueológicas, en el fondo estadísticas, o a proposiciones
generales, criteriosas, razonables, aunque para algunos no lleguen nunca a
convencer de una manera definitiva. Se puede demostrar, sostiene Toynbee, que si
una civilización crece se da una tendencia hacia la diversidad, y si decrece la
tendencia se da en el sentido de la uniformidad y la unidad.
"El contraste entre la
diversidad del crecimiento y la uniformidad de la desintegración es lo que
podríamos haber esperado del examen de simples analogías, tal como la parábola
del velo de Penélope […] la obra nocturna era monótonamente uniforme, pues
cuando llegaba el momento de deshacer el tejido, el modelo era indiferente. Por
complicada que fuera la serie de movimientos realizados durante el día, la
tarea nocturna no podría ser otra que el simple movimiento de sacar las hebras."
(T. 2, 284) Ese contraste en el "alma" de las sociedades se puede
ejemplificar como contraste en el alma humana, en la del individuo, la única de
la que se puede hablar. Y es en el individuo en el que se confirma primariamente
la fórmula "iniciativa-y-respuesta", en ese "sitio" que
sólo puede remitirse al ser humano en su intimidad.
En el plano individual es de
observar el mismo juego de Yin y Yang, como Toynbee lo observa en el desarrollo
de las sociedades que han alcanzado cierto grado de civilización y empiezan a
perderlo. El ánimo, los sentimientos, las conductas, en fin, las vidas en las
que la personalidad descaece se agrupan en ciertos modelos unificados por obra
de la misma actividad pública (de los medios, la prensa, la propaganda, la
educación estereotipada, el periodismo impresionista, la mercadotecnia). Es el fenómeno
opuesto al que se produce con el crecimiento, en el que predomina la acción y
el libre juego de iniciativas por tratarse de sociedades en general menos
dominadas y controladas, en las que hay espacio para la creación y el
emprendimiento. Toynbee ilustra este hecho con el velo de Penélope, y en esta
alegoría se conoce su teoría de la repetición (T. 2, 286). Con la repetición no
siempre hay más de lo mismo, sino algo nuevo en casos en que se presenta la
creación en medio de la general monotonía y la aparente inmovilidad del alma.
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La tendencia de
Toynbee a destacar la importancia de la religión en la evolución de las
civilizaciones puede corroborarse en el hecho por el cual de veinte y pico de civilizaciones
hoy sólo sobreviven cuatro, y ¿por qué? Porque son las civilizaciones apadrinadas
por religiones propias: budismo, islam, hinduismo y cristianismo. El fenómeno
religioso es un hecho universal e individual, aunque le sean imprescindibles las
instituciones eclesiásticas. Se instituye en el espíritu humano, a diferencia
de los demás fenómenos que configuran los rasgos típicos de las civilizaciones:
economía, política, sociabilidad, cultura.
El factor que logra impulsar las
civilizaciones puede ser de diferente índole, según los diversos enfoques de la
historia. Toynbee lo encuentra en las incitaciones ante los desafíos que son
superados con éxito, Oswald Spengler en el afán por lo práctico y funcional, Karl
Jaspers en el choque con las situaciones límite, Ernst Cassirer en la fuerza de
los símbolos, George Collingwood en la resolución de situaciones problemáticas.
Aún en la implementación del trabajo como forma definitiva de subsistencia como
lo encuentra Vere Gordon Childe, en el paulatino control de la naturaleza según
James G. Frazer o, básicamente, en lo sagrado de acuerdo con Mircea Eliade.
Estos fundamentos sugeridos por los
filósofos de la historia no tienen nada que ver con la casuística de que se
vale la metodología de las ciencias fácticas. Lejos de ser causa, el factor
fundamental es la sustancia en la que, como en el agua, se disuelven y expanden
otras sustancias solubles, inestables, reactivas y adaptables. La historia no
se limita sólo a los hechos físicos, consagrados, estructurados por la circunstancia,
del todo realizados. También se compone de proto-hechos, de ideas, intenciones,
propósitos fracasados o exitosos en parte; hasta de no-hechos o vacíos de
acción imponentes que desencadenan realidades espirituales, morales y
psicológicas.
Veamos un ejemplo de Toynbee. La
occidentalización de la India por los ingleses consistió, antes que nada, en
imponer la lengua de los conquistadores (T. 3, 34). Así, muchos integrantes de
las castas altas se formaron en la cultura occidental y crearon una amplia élite
de funcionarios. Sin embargo, "el abismo cultural existente entre la
sociedad hindú y el occidente moderno, en el cual quedaba a un lado la religión",
al margen una sociedad "que había sido y continuaba siendo religiosa de
corazón" (ib., 37), produjo una "malaise"
espiritual, en un malestar o incomodidad: las pautas de occidente no compatilizaban
con las de oriente.
No en todas, pero en
algunas personas también se cumple el raid de nacimiento, desarrollo,
declinación y muerte de la espiritualidad y el intelecto –además del cuerpo–,
de manera parecida a como Toynbee entiende que cursan las civilizaciones. No se
encuentre en esto la replicación de lo filogenético en lo ontogenético, sino,
simplemente, las consecuencias de una ley de la vida que sólo se cumple a veces,
y que depende de la índole de la historia personal. La misma materia inorgánica
se forma, luego se desgasta y finalmente se convierte en otra cosa. Mientras
los seres vivos envejecen, el resto de los seres se herrumbra, seca, licúa,
evapora, solidifica o fosiliza.
También se fosilizan los
seres humanos. La vida puede permanecer como en una gota de ámbar,
conservándose sin cambios como un insecto durante miles de años. Es algo
parecido a lo que ocurre a las mentalidades cuando se acomodan en una posición para
ya no abandonarla; incluso, para considerarla un orgullo, como "principios
irrenunciables". Pues la antigüedad jerarquiza los principios, como al
vino, y es la que con frecuencia facilita la formación de dogmas.
Ocurre a las sociedades
estancadas el verse atraídas por las activas y desarrolladas. De parecida manera
se ven incautadas las personas que encuentran en otras las virtudes y privilegios
de que carecen. Pero esto no es nada frente a un problema si se quiere inverso.
Es el de aquellos que son cautivados por las vías de la comunicación, de la
propaganda comercial, ideológica o religiosa. No el de quienes sienten celos o
envidia por los que poseen más o se acoplan a las esferas del poder. No el problema
de quienes se sienten atraídos por motivaciones externas, sino el de los que se
sienten inducidos a ellas por motivaciones internas, propias, recibidas con
aquiescencia y regocijo. Este es el mayor problema hoy en día. El de ser
víctimas complacientes y cómplices.
En el nivel superior, es
el caso de algunas colectividades sufrientes que, sin respuestas concretas ante
la adversidad, como la Rusia anterior a la revolución de 1917, toman el camino
que les es sugerido desde afuera por líderes revolucionarios como Lenin (T. 3,
70 y ss.). Así, pues, la vida de una persona está llena de sugerencias venidas
desde afuera de ella, de su entorno y de su historia, de insinuaciones que
pueden decidir el destino. Atracciones decisivas que en la vida personal no se
dan, en general, en el sentido de las grandes ambiciones sino en el de las
chicas, estimuladas por la acción arrolladora de la oferta de vida tecnificada
y sin miras éticas ni axiológicas, dominada por el afán de vender lo fácil, la
comodidad, el refocilo, la ventaja, el espectáculo, el ocio.
El mundo de hoy está lleno
de estas maravillas inútiles bendecidas por la aquiescencia y el acogimiento incondicional
de las masas de consumidores y habitués impenitentes. Pero no son de
ahora y han existido desde siempre. La literatura, por ejemplo, abunda en figuras
como Rebeca Sharp en La feria de las vanidades de William Thackeray, o Eugène
de Rastignac en Papá Goriot de Honoré de Balzac, y encierra tanto el misterio
como la total transparencia el carácter de Ulrichs en El hombre sin
atributos de Robert Musil. En la tradición popular se denuncian estos males
sociales en personajes como el escudero y el fraile en El Lazarillo de
Tormes, en la vida colmada de desaciertos de Peer Gynt y en las aventuras de
Till Eulenspiegel que inspiraran la música de Edvard
Grieg y Richard Strauss respectivamente.
FIN
Toynbee quiere
demostrar que la fuerza con que se imponen unas civilizaciones a otras por vía política
y militar es correlativa a la fuerza de la cultura que radica en las grandes mayorías
(T. 3, 94). Si esta demostración es aceptada hay razones para dudar de
cualquiera de las señales actuales que parecen predecir un futuro mundial bajo
el yugo de alguna de las potencias en pugna, en guerra o en vías de estarlo. Porque
tras ese panorama desconsolador se esconde la fuerza más duradera, a la larga
más potente de las culturas. El mayor ejemplo de este supuesto, según el autor
de Estudio de la historia, se encuentra en la fuerza expansiva de la
cultura helena que abarcó a Roma y fue más allá de los límites del Imperio y
aun de los límites del tiempo (ib., 102).
"Nuestro examen de
los encuentros de sociedades contemporáneas nos ha revelado que los únicos
resultados fructíferos de tales encuentros son las obras de paz y nos ha hecho
asimismo comprender con tristeza que estos intercambios pacíficos y creadores
son en verdad raros en comparación con los conflictos negativos y desastrosos
que suelen surgir cuando dos o más culturas diferentes entran en conflicto […] El
mahayana se transmitió del mundo índico al mundo sínico sin que estas dos
sociedades entraran en guerra, y lo pacífico del intercambio que produjo este
efecto histórico podía advertirse en el tráfico de misioneros budistas, que
iban de la India a la China, y de peregrinos budistas que iban de la China a la
India por la ruta marítima que pasaba a través del estrecho de Malaca y por la
ruta terrestre que pasaba a través del a cuenca del Tarim, desde el siglo IV al
siglo VII de la era cristiana." (ib., 103)
"Si buscamos un
ejemplo de un encuentro espiritualmente fructífero entre sociedades
contemporáneas, encuentro en que no haya prueba alguna de un conflicto militar
concomitante, tendremos que remontarnos más lejos, en el pasado, que la época
de las civilizaciones de la segunda generación, es decir, a una época anterior
a aquella en que la civilización egipcíaca quedó galvanizada, en virtud del
choque de la invasión de los hicsos, en una prolongación artificial de un
término de vida ya completo." (Ib., 104, se trata del paso de los
siglos XXII al XXI hasta el paso de los siglos XVIII al XVII a. de C.)
El largo viaje de Toynbee
llega a la frontera en que se delimitan las sociedades y las civilizaciones,
esto es, la frontera de los individuos (T. 3, 193). No tiene otra opción que
apelar a las estadísticas de los seguros de vida, robos e incendios. Pues no
encuentra otra forma de investigar la historia de los individuos, personal,
vicisitudinaria como la de las civilizaciones. Llega a ello después de
establecer la diferencia entre las leyes de Dios, apuntaladas con firmeza hasta
el siglo XV, y ya cuestionadas tres siglos antes, en París, en días de Abelardo
y de su discípulo ingles Juan de Salisbury, "la pasión por la dialéctica y
el espíritu de la especulación filosófica habían comenzado a transformar la
atmósfera intelectual de la cristiandad [occidental]; y a partir de entonces,
los estudios superiores quedaron dominados por la técnica de la discusión
lógica: la quaestio y la controversia pública, que en tan gran medida
determinaron la forma de la filosofía medieval, hasta en sus más grandes
representantes." (Ib., 162)
Los métodos con los que se
estudia la naturaleza de poco sirven para estudiar el espíritu humano. Los comportamientos,
las ideas y los sentimientos de las personas sólo se conocen de una manera
grosera por vía de las estadísticas. Es una forma sólo aproximada e imprecisa de
medir, cuando y donde "medir" no es quizá lo que se necesita para llegar
a formar un concepto acerca de tendencias íntimas, afanes e ideales de unas mayorías
que sólo son supuestas, que apenas pueden imaginarse con el alcance del todo limitado
de la observación directa.
Así, pues, quedamos con la
impronta de las civilizaciones, así como con la de los impulsos, incitaciones y
respuestas que termina moviendo las ingentes masas espaciotemporales de pueblos
y naciones de todas las épocas y ciclos. Pero seguimos sin conocer el otro universo
que subyace al de las sociedades y al de las civilizaciones, el de las fuentes
que marcan el pulso de la historia.

