Podemos pensar de dos maneras. Una es la manera general de hacerlo desde dentro, asumiendo todo lo de afuera como nos lo dicta el interior subjetivo. Otra es la manera de hacerlo desde afuera, es decir, pensar como si no existiera la separación entre el yo y el mundo, y nuestro pensamiento fuera un objeto cualquiera del universo, como una piedra o una estrella.
¿Qué es extraño para una piedra o
para una estrella? Apelando un poco a la imaginación podemos decir que nada es extraño para ellas, que todo es materia corriente. Les sería extraño si
pensaran, como para nosotros, quienes pensamos con un yo y una subjetividad, con
razonamientos e intuiciones. Con razonamiento e intuiciones lo de afuera nos
parece ajeno o extraño hasta que logramos conocerlo bien.
Que lo ajeno, extraño y desconocido sea
sólo para nosotros y para nadie más, algo no siempre en la consideración de
todos, puede sugerirnos algo nuevo, algo que ven otros ojos, no los nuestros.
Algo quizá no visto por nadie, nunca pensado, jamás interpretado ni
conceptualizado. Al no tener en cuenta este detalle podemos cometer graves
errores, como, por ejemplo, considerar extraña una cultura al descubrirla, como
ocurrió con los colonizadores europeos que se encontraron con culturas de
ultramar. También ellos eran extraños.
Quisiéramos ver el mundo como lo vería
un ser no humano cualquiera si tuviera ojos, si pensara, si se valiera de la
razón y de los sentimientos; una piedra o una estrella. Porque no hay nada
extraño en el universo sino para nosotros y, posiblemente, somos nosotros lo único
extraño que hay. Incluso entre las cosas del mundo que habitamos hay cosas
notablemente extrañas. Hoy es extraña la mecanización de la vida, la
automatización o tecnificación de la vida pública y privada.
Nos hemos beneficiado enormemente
con la tecnología y, a la vez, nos hemos metido en un lío. Pues hay un abismo muy
grande entre tecnificar la vida y dar vida a la técnica. Son dos tipos diferentes
de relaciones entre dos cosas que en ambos casos son las mismas. Una relación
es posible y benéfica; la otra, naturalmente imposible y a la fuerza convertida
en posible. Se crea la relación más extraña que la de las culturas entre sí: la
relación entre una cultura todopoderosa y un poder mayúsculo carente de cultura
como la conocemos. Es un drama, y se trata del drama actual, el que empieza a
vivir la humanidad en nuestro tiempo y con los enormes avances tecnológicos y
artificialmente inteligentes.
2
Para entender
cabalmente este drama es necesario pensar el mundo artificial de nuestro tiempo
desde fuera de la interioridad subjetiva, su cultura tecnológica, su poder de
extenderse a casi todas las personas del planeta. Para quien puede hacerlo, la
tecnología avanzada se ve como cualquier otra cosa. Si de ella se desprende una
cultura, se ve como cualquier cultura, ni extraña ni familiar, como la de una
piedra o una estrella si la tuvieran. En su faz no se observa ninguna particularidad
diferente; sólo la mole o masa que ocasionan las percepciones, la red de
relaciones invisible que la deja ver como un todo, como algo que existe y nada
más.
Esa cultura que encontramos en el exterior
no es ni ajena ni propia, ni extraña ni familiar. Es una cosa más, como las entidades
lejanas del universo, estrellas y galaxias. Si la observamos con ojos externos,
acostumbrados a ver lo lejano y profundo, como verían los astros del cielo si
tuvieran ojos, la cultura tecnológica aparece en su realidad radical, en su
naturaleza verdadera como un alimento adulterado, como una creación insípida, sin
sabor alguno, como un problema más para los humanos. Descubrimos la diferencia
entre la tecnología en sí y la cultura que quiere desprenderse de ella, y que
necesita intérpretes, pues no hay cultura sin cultivadores.
No existen concesiones entre las
grandes masas del universo y las pequeñas; todo se resuelve en fenómenos que no
son ni grandes ni chicos, ni simples ni complejos, insignificantes o
importantes: todo es igual, porque no hay comparaciones ni proporciones ni
mediciones. El universo no hace cálculos y sólo hace lo que hace un universo,
no el hombre. Las grandes leyes pertenecen a la inteligencia humana, y no sabemos
que la energía del universo haga leyes para luego cumplirlas. Si hablamos de
ley es porque hablamos de una necesidad lógica; pero el universo no funciona en
base a ninguna lógica humana sino en base a su propia naturaleza. Si tiene una
lógica, nos es completamente extraña.
Si pudiéramos apreciar el universo
desde el exterior de nuestra subjetividad encontraríamos un mundo sin causas ni
consecuencias, sin siquiera transformaciones, sin razones ni proporciones, sin
fórmulas ni ecuaciones. Conoceríamos el universo tal cual es, espléndido,
infinito y eterno, como es todo lo que no es pensado por los humanos. Como son
las cosas y no como suponemos que son. Comprobaríamos que lo extraño es lo que
pensamos, no lo que es. Que el universo desconoce lo que pensamos, o que, si lo
conociera, le resultaría totalmente ajeno e incomprensible.
Nosotros somos lo complejo en la
relación entre lo que queremos conocer y lo que podemos conocer. Sabemos muy
bien que todo lo desconocido es simple, en el fondo sencillo, explicable
fácilmente. Lo sabemos después de haber logrado explicar muchas cosas que
parecían complejas –porque lo desconocido es lo más complejo–, valiéndonos
paradojalmente de procedimientos del todo complejos. Luego de desentrañado un
secreto, un hecho extraño o una cosa misteriosa, descubrimos que la cuestión es
sencilla: la redondez del planeta, la erupción de los volcanes, la circulación
de la sangre, el efecto Doppler, lo que sea.
Afuera todo es igual porque no hay
ojo que distinga diferencias. El fenómeno humano es uno más entre todos los
fenómenos del universo. No hay distinciones como las que hacemos nosotros respondiendo
a los requerimientos del pensamiento y aplicando el conocimiento y los
instrumentos creados por nosotros mismos, que comprenden las teorías y la tecnología
y que se define como cultura.
Cuando nos valemos de la técnica
sofisticada, como la actual, una técnica que se eleva al máximo nivel posible
de la inteligencia, se desprende una cultura muy potente, como se desprende de
la inteligencia natural cuando prevalece. Hay también una cultura económica, industrial,
comercial, financiera, porque hay técnicas industriales y comerciales y
financieras. Y hay culturas ingenieriles, arquitectónicas, artísticas, literarias,
científicas, filosóficas, del esparcimiento, de los deportes, etcétera.
Pero afuera no hay divisiones ni
clasificaciones, no sabemos que las haya; son de adentro, nuestras, nos
pertenecen como nos pertenece el cuerpo. El universo no tiene adentro ni
afuera, y en él se desempeña la energía como quiera que sea; nosotros decimos
cómo se manifiesta y desempeña, cómo se transforma, cómo se relaciona con
nosotros. Ella no se relaciona con nosotros: es, está, funciona en nosotros,
existe sin adentro ni afuera ni relaciones.
Tardamos mucho en descubrir la
rueda, pero todo es rueda en el universo, en él todas las cosas giran. Tardamos
en encender el fuego, pero todo es fuego intenso en el universo. Tardamos en establecer
las comunicaciones en la Tierra, pero todo está en plena comunicación en el
universo. Fuimos desarrollando la técnica y valiéndonos de ella para facilitar la
vida, pero en el universo todo es técnica, todo responde al empleo magistral de
los elementos que existen. El universo es la máxima tecnología.
La tecnología que creamos los humanos,
igualmente, consiste en el empleo magistral de todos los elementos de que
disponemos y podemos relacionar. Mientras relacionamos sólo algunos de ellos, con
la rueda, el arado, la pala, los animales, el telégrafo, la máquina a vapor, la
electricidad, no modificábamos el mundo sino la vida. Con la técnica de la inteligencia
artificial, en cambio, modificamos el mundo: ella modifica el mundo por fuera
de nosotros, no sólo modifica la vida. Consiste en transferir la inteligencia a
la máquina, es decir, en independizar la máquina respecto al ser humano, en transformarla
como una cosa más del mundo exterior, las que no se ajustan a distinciones, proporciones
ni medidas. Si de ella se desprende una cultura, como se desprende hoy, no
sabríamos decir a ciencia cierta si es una cultura extraña o familiar.
La inteligencia en la máquina no es
lo mismo que la máquina inteligente. Si verdaderamente es la inteligencia
dispuesta en la máquina, entonces no se trataría exactamente de tecnología,
sino de algo más. La máquina es un producto de la inteligencia, pero, si se
trata de inteligencia artificial, la inteligencia sería, al revés, un producto
de la máquina. Si todo se presenta como lo presentan los técnicos, esta
inteligencia se produciría a sí misma, aunque no alcanzara la dimensión de la
inteligencia natural humana.
3
Ante todo,
distingamos entre inteligencia y razón, y reservemos para la máquina esa
función de la inteligencia. Es decir, la función que llamamos razón y que en
gran parte distingue al animal humano de todos los demás animales, y que sólo
es una de las manifestaciones de la inteligencia humana. Y, luego hagamos una
segunda distinción, la que salta notoriamente cuando se compara la razón en
general y el cálculo.
La máquina es la reina del cálculo,
no exactamente de la razón –mucho menos de la inteligencia. Sus operaciones se
basan en la transmisión de señales electrónicas entre circuitos, sensores, brazos
ejecutores, pantallas, micrófonos y amplificadores los resultados numéricos que
proveen algunos algoritmos algebraicos capaces de procesar cualquier clase de datos
proveniente del exterior espaciotemporal. Por lo que la máquina adquiere un interior
diferenciado o "caja negra" que recibe información y expulsa
resultados elaborados, a la manera del humano.
Su "voluntad" es
electrónica, por lo que decimos que la cultura tecnológica es extraña al
hombre, aunque le preste enormes servicios. Con ella se ha elevado a un punto
originariamente impensable el poder y la capacidad de maniobra del cálculo, la
gran invención de todos los tiempos y que ahora alcanza su máxima expresividad.
Permite al hombre avanzar incluso en el terreno de las solas probabilidades, saltando
las barreras de lo inconmensurable, irrealizable, peligroso, imposible. El
cálculo es, como el microscopio, el telescopio, la sonda espacial, el
acelerador de partículas, el instrumento con que se maneja lo infinitesimal y
lo infinito, lo próximo y lo lejano, lo visible y lo invisible, lo palpable y
lo impalpable, lo potente y lo impotente.
La cultura de la nueva tecnología es
la cultura del cálculo, la que se origina en un mundo que resulta de calcular
nuevas posibilidades vitales, diferentes y hasta insólitas formas de vida, de
pensar y sentir. Es una cultura que nos resulta extraña, pero que es nuestra;
que no entendemos, pero que usamos con solvencia; novedosa pero enseguida familiar
y ordinaria.
Es una cultura de la que no sé decir
nada, en realidad que no sé qué es, pero que es mi cultura; que no sé
explicar, pero que explica mi existencia. Sé qué es lo que compro en el
supermercado, la leche, el pan, el alimento en general, ciertas cosas de uso
diario, lo que compone una cultura de mi vida cotidiana. Sé también lo que
obtengo mediante la educación, el saber de los profesionales o de los libros, Sé
buen parte de todo lo que forma la cultura de la que formo parte. Pero no sé
qué es la cultura de la nueva tecnología; se me escapa de las manos, aunque la
tengo en ellas ininterrumpidamente.
No sé qué es esto que hace las cosas
por mí, que me facilita todo sin grandes esfuerzos. Que me comunica con todos y
con todo, con la que compro y vendo, me informo e informo, me entero acerca de
todos y entero a todos de mis cosas. Ignoro cómo se organizan en mi teléfono
todas las funciones, mis actividades, mis registros, mis fotos, mis
conversaciones, mis trámites, mis pagos y mis cobros, en fin, la totalidad de mis
actos, ahora virtuales, ahora abstractos, sin movimientos, ni salidas a la
calle ni caminatas ni traslados ni trato con personas. No sé cómo es posible
todo esto, pero es un hecho consumado. Esta cultura es extraña y familiar; es la
nueva cultura.
La técnica siempre ha estado acompañada de lo
extraño en las comunicaciones, la salud y la medicina, el transporte, la escritura,
la alimentación, la educación, la administración. Pero hasta ahora no había suplantado
a la cultura tradicional, no había sido tan extraña. Ahora todos podemos lo que
anteriormente no podíamos, aspirar a más, desear más, hacer más, conocer más y
todo de una manera más ágil, rápida, abarcadora. Todo se vuelve al alcance de
la mano, todo más cómodo y eficiente. Y, sin embargo, hay algo extraño en esta
técnica extraordinaria, que compite con la inteligencia natural. Algo que
convierte a todos en otros, a las personas en otras personas, que nos va
sustituyendo, ocupando el sitio vital que ocupábamos.
4
Si antes tecnificábamos la vida, ahora damos
vida a la técnica. Y esto es muy diferente. Le ponemos un límite a la vida;
llegamos a un punto en el que varía la misión que se supone tiene cada vida
personal, sustituyéndose por otra. La técnica no era, como observó Ortega y Gasset,
lo que permitía satisfacer nuestras necesidades en circunstancias determinadas,
sino lo que permitía "reformar" esas circunstancias eliminando en lo
posible de ellas o menguando el "azar y el esfuerzo que exige satisfacerlas"
(Meditación de la técnica, Madrid, 1964, Revista de Occidente, página
29). Pero ahora es lo que permite satisfacerlas patentemente. Mucho de lo que
hacemos se hace solo o con muy poca participación nuestra. Nos envuelve en su
extrañeza, en su magia y en su poder de dominar y controlar la vida.
Si bien esto no ocurre en todas las
personas, el control y el dominio de la existencia, no obstante, desde que todo
tiende a prestarse para hacer las cosas por nosotros, a suplir con sus
imposiciones nuestras elecciones y disposiciones, la tecnología cobra a pasos
agigantados la calidad de la vida, aunque no lo haga totalmente. Si lo pensamos
un momento a cabalidad, se trata de si la tomará toda o no, de si se conformará,
como hasta ahora, con asistirnos sin dominarnos, a solamente ayudarnos con su imponente
capacidad de resolución, o si, como por momentos parece, va a sustituirnos por fantasmas,
a convertirnos en otra máquina como ella.
Se trata de saber si lo extraño
sería que nos dominara completamente, o que siguiera sólo pareciéndonos
milagrosa, incomparable con ninguna otra tecnología ni a ninguna otra cultura impuesta.
Y, también, de saber (o sospechar) si, en el caso de que llegara a dominarnos
completamente, lo probable no sería que ese dominio corriera por parte de unos
pocos hombres, como corre desde un principio. Si es una cultura de liberación o
de ensimismamiento y resignación.
Lo extraño no es lo que es sino lo
que es percibido. La percepción domina a la técnica, la percepción del mundo,
de sus potencias y de sus debilidades. No hay una técnica anterior al hombre, como
si se tratara de una cosa más del universo. Es una creación humana, como las
ideas y los sentimientos. Y tampoco dura mucho la nueva técnica en poder de
unos pocos hombres si hay algunos que lo impidan, enfrenten a los dueños de la
voluntad general y la devuelvan a sus dueños. El drama consiste en que la nueva
tecnología pueda contagiarnos, nos convierta en sólo cálculo; que de la
inteligencia sólo conservemos la razón, y de la razón sólo los algoritmos.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario