PRÓLOGO
Fundándome en un
argumento que enseguida aparecerá con claridad en este texto, vengo a sostener
que el pensamiento y el conocimiento tienen su fuente principal de inspiración
en la experiencia de vida. Esto es, que se inspiran en el acervo de los
principales actos de la historia personal más que en lo que nos enseñan
nuestros padres, la escuela, la educación formal, etcétera.
Aún más, que lo que nos enseñan y
aprendemos en el correr de la vida pasa por cada mente de modo distinto, se
asimila de modo distinto y es aplicado según se atenga a las características de
cada persona, es decir, como una experiencia más. Por esta razón resulta
difícil hablar del sujeto humano como se habla en el plano de la abstracción
teórica, de acuerdo con la racionalidad pura desligada de lo que se ha vivido y
de lo que se vive, de lo que generalmente resultan descripciones o
definiciones.
Prefiero hablar de este asunto desde
un punto de vista testimonial y según sugiere y dicta la experiencia. Por
supuesto, es un punto de vista subjetivo; pero lo subjetivo es precisamente lo
que cualquier teoría del sujeto debe atender, rescatar, estudiar, aunque no
haya otra forma de hacerlo sino mediante la deseñada introspección, aunque
siempre apoyada y respaldada en los dictámenes de la ciencia más rigurosa.
Buena parte de lo vivido se conserva
gracias a la memoria de largo plazo, pero lo vivido también deja una huella
importantísima que trasciende la memoria. Esta huella no es más que
transformación de la energía de vida en energía inteligente. Las fuerzas
humanas que intervienen en la vida de toda persona no se despliegan sólo para
convertirse en recuerdos. Se despliegan también para transformarse en
pensamiento, inclinaciones, afecciones y conocimiento. Esto es, en persona consciente,
con todas sus atribuciones racionales, intuitivas, éticas, etcétera.
Se diría que lo que resulta de la
vida, más que lo que con toda convicción llamamos "pasado", es puro
conocimiento. Al punto que solemos hablar de esto como "experiencia",
lo que nos habilita en ciertos contextos a calificar a alguien como "persona
experiente". El mérito de esta condición de experiencia no está en el pasado,
como un recuerdo, sino en el presente y como una capacidad, como un atributo en
potencia de la persona.
El modo de conocer que nos sugiere
este punto de vista es puramente testimonial. Es prueba eficiente de que ha
vivido y de que vive, lo que mejor sería decir que es prueba de que es, sin
verbos en pasado. Porque su saber fundado en la experiencia que lo distingue
como persona con habilidades, con talento, en fin, con especial inteligencia para
realizar eficazmente alguna función o una tarea, no ha nacido por otra razón
que no sea porque no ha vivido en vano, sólo para construir su pasado, que en
realidad no sabemos qué es.
El núcleo de mi punto de vista
consiste en considerar que el sujeto humano es una unidad dinámica de saber y
ser, de conocimiento y existencia. Que su naturaleza no es anterior al
desarrollo de su proceso de vida, sino que, por el contrario, surge y adquiere
sus características a partir de ese proceso, de forma paralela y simultánea a
la vicisitud, a la necesidad de desarrollarse y hacerse con los medios con los
cuales le sea permitido subsistir, un principio básico, fundante del individuo
y de las agrupaciones de individuos.
Con ello no pretendo ofrecer la
respuesta definitiva a la pregunta por lo humano, clausurarla con una teoría
definitiva. Todo lo contrario, sólo deseo abrirla una vez más, presentarla bajo
otras perspectivas teóricas. Aun, está en mi intención mostrar que existe la
posibilidad de concebir una teoría no puramente fundada en términos biológicos
o antropológicos, no sólo psicológicos o sociológicos, sino en un cuadro que se
corresponda con una ontología del sujeto.
1. PANORAMA GENERAL
Estamos de
acuerdo en afirmar que lo vivido es lo que corresponde al pasado histórico, Y
en que, cuando nos referimos a una persona, le atribuimos características
físicas o psicológica, habitualmente incluimos rasgos de su historia, del
pasado que en algunos aspectos pueden completar nuestra descripción o lo que
pensamos de ella.
Aquí interviene lo que conocemos de
la historia de la persona, no lo que desconocemos. Si le preguntáramos a ella
misma sobre su pasado, ella recordaría sólo algunos hechos, imágenes, personas
de su familia o amigos de otras épocas. Nos hablaría de los contenidos de su
memoria. Sin embargo, no ha vivido sólo para recolectar y memorizar recuerdos.
Ha vivido porque no ha tenido otra opción ni ha pensado en otra opción que la de
la vida, porque no hay otra luego de nacer. La única es la muerte, que no es
una opción sino una condición de la vida.
Lo vivido contiene todo lo que pasa
a la memoria, por cierto. Pero también contiene lo que se ha operado en ella,
todos los procesos por los cuales el individuo se vuelve persona, progresando
desde el estado infantil, yendo hacia el desarrollado y de éste al maduro, por
lo que alcanza el más completo de que se pueda hablar. Este estado más completo
es el que los entendidos toman como modelo que les sirve para definir al sujeto
humano.
El pasado puede dividirse, pues, entre
lo que se recuerda, que es lo que ya no se vive, y lo que, a partir de algunos
actos definitivos experimentados en situaciones apremiantes, se sigue viviendo ya
en la situación de poseer nuevas potencias, desarrolladas en la misma dinámica
de los actos. En otras palabras, el pasado es en parte recuerdo y en parte capacidad
de seguir viviendo. Por lo que decir que el pasado de una persona es el tiempo que
ya ha vivido, es sólo una metáfora o, si se prefiere, una hipótesis dentro de un
cuadro de lógica de vida que cumple con el cometido de ordenar los contenidos
de la mente.
El sujeto humano no es un producto
del tiempo, la imagen que nos proporciona el proceso de nacimiento, desarrollo
y muerte. Porque son sucesivos decimos que transcurren en el tiempo, puesto que
el tiempo se conoce como una corriente que pasa, se hace con todo y se lo lleva
al pasado. A veces, que viene del pasado y nos impulsa hacia el futuro; otras,
que viene del futuro, pasa por nosotros en un presente instantáneo y se marcha
al pasado llevándose todo, humanos envejecidos o enfermos o accidentados, cosas
desgastadas, elementos que se han convertido en otra cosa y que parecen
desaparecidos o muertos. Todo es pura metáfora, útil, por cierto, pero que no
alcanza para explicar al humano con su historia, su presente y su futuro.
Es este sujeto el que produce lo que
llamamos tiempo, la imagen de que algo pasa y nos corroe y envejece o, en su
lugar, que nos hace esperar el estado en que estaremos cuando él alcance el
punto de su transcurrir que está más allá de nuestro único presente –que es lo
único que hay. El sujeto no es, pues, el producto del tiempo, sino, al revés,
el que lo crea, el que compone el fantasma que suponemos nos origina, nos
modifica, hace que evolucionemos, que habitemos un espacio que también
experimenta el tiempo, cambiando, modificándose o convirtiéndose de un aspecto
a otro.
Lo vivido, entonces, no es lo que se
ha llevado el tiempo sino lo que compone lo vivo, lo que lo ha creado, sin
importar cantidades medidas por el movimiento de los astros en el cielo. Una
permanente transformación de energía humana, en la que comparecen muchas clases
de transformaciones de energía.
Sin embargo, es en estas clases de
transformaciones en que debemos detenernos un momento. Porque se trata de un
tipo especial de transformaciones que podemos tratar mediante la filosofía o la
metafísica, pero no mediante la ciencia física. Quiero decir que esta ciencia nos
habla de la energía, de cómo se comporta en la Tierra y en el universo. Pero no
nos dice qué es, en qué consiste, pues no lo sabe e, incluso, afirma que no
interesa lo que es, porque ella no se encarga de explicar misterios sino de
descifrar hechos, procesos y componentes del universo mediante el método
cuantitativo.
Nos dice cuánto, cómo, dónde, cuáles
son los modos de transformación, y no nos dice qué, qué son esos modos, esas
transformaciones, esa energía. Afirmó Pierre Duhem que una teoría física no es
una explicación, no nos die qué es algo.
Según Duhem, no es tarea de la
teoría física ofrecer explicaciones de los fenómenos analizados o exponer sus
causas, ya que esto último es el propósito de la metafísica […] Duhem había distinguido
entre física y metafísica de la siguiente manera: si la teoría física se ocupa
de la descripción de las leyes experimentales, la tarea de la metafísica
consiste en mostrar la razón de esas leyes. Por consiguiente, ambas persiguen
un propósito distinto y de igual modo consideran diferentes aspectos de las
mismas cosas materiales. (Cortese, en Hernández Márquez, 48)
Aquí considero tres categorías
básicas no enteramente físicas ni enteramente metafísicas, no concretas del
todo ni abstractas del todo: sujeto, vivencia y tiempo.
Un sujeto inaprensible, que
se autoconstruye y que nunca es completo del todo, mediado por vivencias que no
se repiten, las que especialmente enriquecen su inteligencia, aunque colmado de
situaciones repetidas que también influyen en formación y que corrientemente
ubicamos en el pasado.
Un sujeto no espaciotemporal, como
el que se corresponde a la apariencia, sino ontológico, esencial, sin ubicación
espaciotemporal, pero real, tan o más real que muchas de sus figuraciones mnemotécnicas.
Que se origina y desarrolla sólo en la vivencia, lo única circunstancia
o vez por lo que se registra lo inmediato de la inteligencia. Es decir, en lo que
resulta del encuentro del sujeto con las vicisitudes del entorno
espaciotemporal, compuesto sustancialmente de acción subjetiva y efectos íntimos
y únicos que imprime el sistema nervioso central como función operativa y no
como registro o memoria. En un tiempo que carece de lo que sólo podría
comprobarse como sustancia, onda o partícula, estado, deformación de algún
estado de la energía, etcétera.
Considero un estado del existir en
el mundo que contiene consciencia, más que una partícula viviente del mundo o
universo que llamamos individuo. Podemos considerarlo algo más que un ser,
fundamento de todo aquello de lo que se puede hablar. Por tanto, lo intuyo más
como una realidad que se confirma por el lenguaje y no por la percepción, que se
produce en la expresión y no en lo que suponemos inexpresión del universo.
También considero la energía de la
que vengo hablando. Si decimos que existe transformación de la energía, y que
este fenómeno explica cualquier configuración que pueda percibirse en el mundo
conocido, desconocemos la clase de transformación de que hablamos. Atribuimos
misterio a la naturaleza de la energía. Por tanto, y es un asunto de lo más
importante, este misterio viene a formar parte de lo trascendente, de lo que
está más allá de la comprensión por parte de la conciencia humana.
Veo, pues, una autocreación, más que
una creación por parte de una fuerza externa super potente y omnisapiente, que
puede ser la de Dios. Ahora bien, no discuto este supuesto, y sólo pongo sus términos
entre los paréntesis de la duda. Porque ignoro cómo podría discutirse a Dios, y
sólo puedo creer en él o no creer, estando mi limitada capacidad volcada a esta
última posibilidad, pero respetando cumplidamente la otra, como si fuera la mía.
Creo que la última transformación de
la energía tiene las todas las características de la inteligencia, de la forma
de manifestarse la inteligencia. Y que, por tanto, debe haber una última
transformación que explique nuestra condición, la condición humana, primero, y
el resto, la condición universal, la del universo entero después –o antes, no
lo sé.
Esta última transformación tiene un punto
culminante curioso: la muerte. Es lo que, aunque no sugiera secretos para
muchos y se corresponda con la condición humana, da lugar al misterio, al
desajuste entre el afán de subsistir y el envejecimiento y con un final
contrario a todo afán, a toda perspectiva, a toda esperanza. También puede
consistir en una clase de transformación ya no física sino ontológica. Pues, si
bien entendemos la vida como inseparable del espacio y el tiempo, y aceptamos comienzos
y términos en todo –porque sólo suponemos que ellos, el espacio y el tiempo, no
los tienen–, en cambio, fuera de ellos, en el dominio único de la vida
haciéndose a sí misma, no tiene por qué haberlos.
Pienso que la muerte puede ser un
final o sólo un principio; no hay por qué rechazar esta posibilidad. Justifico el
supuesto de quienes creen en el otro mundo, doy la derecha a Dante Aligieri, a
la fe religiosa, a la esperanza de un más allá venturoso en el cual sólo existirían
almas o inteligencias incorpóreas y angélicas –todo lo que contiene una gran
belleza estética e incluso moral.
Me explico a mí mismo esa creencia
que considero, aunque no comparto. Comparto la sospecha de que no termina todo
en lo que abarca nuestro conocimiento, y que la humanidad todavía tiene mucho por
conocer. Mejor sería que dejara de hacer la guerra y se pusiera a pensar en
serio, aunque sé que hay quien lo hace.
Supongo que existe una energía
testimonial, un poder por el cual es posible comprender si nos asiste la
vivencia. Que nuestro poder de comprensión no se gobierna sólo por el intelecto
puro sino por toda la inteligencia sometida a los avatares de la más cruda
realidad, principalmente la que nos acecha como problema.
El sujeto humano, en conclusión, se
origina en el vivir, al revés de lo que el sentido común invita a pensar, quiero
decir, que corre por cuenta del sujeto el desarrollo de la vida humana en su
cabalidad. Me parece que el sujeto origina la vida, que en su origen él no es
vida sino sólo naturaleza, conato de sujeto, naturaleza virgen aún sin
características humanas. Que bebé es en su esencia pimpollo, como el de una rosa
que todavía no es flor.
En el origen existe una forma de la
energía que produce o que termina su transformación en lo humano, aunque,
repito, no sabemos cómo termina en esto pues desconocemos qué es la energía. El
hombre inventó la palabra tónica "qué", pero sin saber que sólo puede
servir para aludir a un misterio, sólo a lo que es imposible de aprehender.
II. FORMACIÓN DEL SUJETO
La experiencia
consolida la dinámica de la conciencia, el orden en que funciona y la capacidad
de descubrir y hacer preguntas. Entre las preguntas hay una principal: por
qué la existencia, la propia y la de todo lo demás. El sujeto consciente no
sólo quiere poder describirla, medirla, compararla, sino que también quiere conocer
su íntima naturaleza. Quiere saber qué es y, de paso, saber qué es él, no sólo
quién es.
La conciencia humana sólo ha llegado
hasta ahora a ensayar una sola respuesta: existimos sólo para subsistir.
La subsistencia aparece como la única razón, aunque precaria, como si dijéramos
de tránsito. Una razón provisoria que espera ampliarse y fundamentarse en algo
comprensible, que responda la pregunta a cabalidad.
En tanto consolidación de la
conciencia, el trabajo de las vivencias creativas y constitutivas forman la
inteligencia y el orden de la conciencia. Este orden es funcional, no lógico,
fenomenológico, no matemático. De modo que no es un orden en el tiempo, el que
no juega ningún papel en el orden de la conciencia ni en la consolidación de la
inteligencia. Es un orden que genera series no temporales de facultades cognoscitivas
y funcionales. Pero series no lineales, como en general son las series extendidas
en el tiempo cronológico. Series a-lineales o no-lineales, se diría
estocásticas, aleatorias, aunque no sujetas al azar sino a las necesidades emergentes
en las circunstancia o veces en las que sea necesario responde ante una contrariedad.
El sujeto en formación no es un
resultado del tiempo; todo lo contario, determina la ilusión del tiempo, la genera
por su necesidad de inscribir toda su actividad en un cuadro de recursividad
posible. Se ve obligado a ir una y otra vez a elegir, a seleccionar la función
adecuada ante el requisito que la vida le demanda.
La recursividad permite que el
sujeto obtenga recursos que contiene la misma secuencia de experiencias –o
vivencias– relativas a un problema, sin necesidad de buscar soluciones en
campos ajenos a la serie funcional de experiencias en la que se encuentra ante
una situación dada.
Los lógicos y matemáticos llaman
"definición recursiva" o "función recursiva" a este trámite
(Kneale, 678). Por su parte, en tanto John Dewey investiga "el continuo
del juicio", afirma:
Hume, que llevó a cabo la atomización
extrema de las experiencias, se vio obligado, por tal razón, si quería
conservar, por lo menos, una apariencia de objetos duraderos, a introducir un
principio compensador, el hábito. Sin este lazo de unión, ni la memoria ni la
expectación (y no digamos nada de la inferencia y del razonamiento) podrían
existir. Cada ʽimpresiónʼ nueva constituía un mundo aislado, aparte, sin
cualidad identificable. Consideraba al hábito como un ʽlazo misteriosoʼ, pero
del que tenía necesidad para explicar hasta la mera ilusión de objetos estables
y de un yo que persistía a través de la sucesión de las experiencias. El
desarrollo del conocimiento biológico ha eliminado el carácter misterioso de
ese vínculo. Alguna clase de conexión secuencial parece ser una cualidad tan
inherente a la experiencia como las ondas distintas de la misma que se juntan
entre sí. Las condiciones culturales tienden a multiplicar los lazos y a
introducir nuevos modos de enlazar experiencias." (Dewey, XIII, 272)
Los filósofos que han insistido en
la importancia de la experiencia se han visto inclinados a encontrar
"misterio" en la asociación de experiencias relativas a un asunto,
problema o hecho común y corriente dado, al cual se enfrenta el sujeto. No es
sino la naturaleza particular del problema dado (Dewey llama "género"
a esta clase de asunto, y enseguida veremos que también se le ha llamado
"clase").
Por la recursividad las experiencias
se asocian, las ya vividas con las que se viven en un momento dado. Al someterse a una
situación conflictiva, especialmente cuando es compleja o extrema, estas
experiencias impresionan el sistema nervioso como estampaciones que entran a formar
parte de las facultades y habilidades del individuo. Hay en esto una serialidad
que se conserva en forma unificada siempre que las impresiones respondan a un
tipo de transformación semejante.
Los filósofos de la ciencia más
rigurosos, incluidos los que niegan el valor de la inducción en el campo de la
investigación científica, admiten la intervención de un factor intuitivo en la
generación de ideas, con lo que el misterio de algún modo permanece. Se
advierte que
"no existe, en absoluto, un
método lógico de tener nuevas ideas, ni una reconstrucción lógica de este
proceso […] todo descubrimiento contiene ʽun elemento irracionalʼ o ʽuna
intuición creadorʼa en el sentido de Bergson. Einstein habla de un modo
parecido de la ʽbúsqueda de aquellas leyes sumamente universales… a partir de
las cuales puede obtenerse una imagen del mundo por pura deducción"
(Popper, 31).
Las series
nacen de las relaciones semejantes que se origina entre las vivencias y
registra el cerebro, algo que se conoce desde hace mucho tiempo:
El cerebro contrae hábitos parecidos, y
éstos son la causa física y ocasional de la memoria. Pero el cerebro es el
órgano primordial, es un centro común donde todos se reúnen, y de donde todo
parece emanar. Juzgando al cerebro según los otros sentidos, tendremos derecho
a deducir que todas las costumbres del cuerpo llegan hasta él, y, por tanto,
que las fibras que lo forman, adecuadas por su flexibilidad para toda clase de
movimientos, adquieren, como los dedos, la costumbre de obedecer a diferentes
series de movimientos determinados. (Condillac, IX, 87)
Se
refiere, seguramente, a las correspondencias que se establecen entre las
transformaciones que facultan la inteligencia como efecto de la actividad del
sujeto en el entorno. Nacen a partir de los problemas y como resultado de
aplicar la "clase" de solución ya adquirida en la experiencia de vida.
Si el misterio se esconde tras este fenómeno, es decir, el de la acción ante la
adversidad convertida en saber, en habilidad práctica, en enseñanza moral,
etcétera, entonces existe la posibilidad de remitir esta clase de abstracción a
las clases lógicas que reúnen elementos u objetos ideales.
Pensemos, por ejemplo, en una enfermedad:
una enfermedad puede entenderse como la clase de todos los segmentos temporales
de sus víctimas afectados de un modo determinado. Los mismo puede decirse de la
ira y de otros estados […] todos los objetos abstractos cuya admisión en el
universo de discurso es útil parecen adecuadamente explicables a base de un
universo que no contenga más que objetos físicos y todas las clases de los
objetos de ese universo… (Quine, 275)
Hay relaciones más que asociación de
objetos físicos con objetos abstractos; quiero decir, hechos concretos que se
transforman en objetos ideales que sólo podemos indagar en calidad de objetos
ideales, en saber, en habilidades, etcétera. Estas relaciones derivan
directamente de los usos del lenguaje, y no tienen ninguna otra naturaleza. La
investigación no encuentra más que palabras con las cuales denominamos las percepciones,
la información, la mente o el cerebro, las ideas, las transformaciones y muchas
más. Es decir, objetos ideales que funcionan como objetos físicos; relaciones
que aluden a uniones como los eslabones de una cadena.
Hay, pues, una clase de objeto abstracto
que funciona como un objeto físico, o que creemos que funciona como un objeto
físico. Creencia que nos embarga porque no disponemos de otra manera de
concebir una serie si no es como series de cosas concretas, como los eslabones
de una cadena o como los letreros que en las rutas contienen indicaciones para
los automovilistas.
La mente funciona a base de establecer
asociaciones de objetos físicos con objetos abstractos; no tiene otra forma de asimilar
los fenómenos psíquicos. La vida mental es semejante a la vida corpórea: en
ella todo es cuerpo transfigurado en incorporeidad. Es lo que se puede decir de
las series de vivencias especiales, únicas y aleatorias, que se transforman en
facultades de la inteligencia, es decir, que experimentan la metamorfosis del acto
que se convierte en saber.
Debe tenerse en cuenta que esta
transformación de la energía vital no tiene lugar como necesidad ecológica. No
se ve que fuera necesaria la intervención del hombre en el sistema en el cual
tiene que vivir. No es imprescindible, como son los animales y los vegetales y,
en la realidad observable, el hombre coloniza el entorno, modifica el
medio en que se ve obligado a actuar, transformando su configuración original. En
forma desigual a los demás vivientes del sistema, el hombre no colabora en
mantenerlo sino en circunstancias muy especiales. En general, interviene para desfigurarlo
y hasta para eliminarlo para crear un sistema artificial o cultural.
Esta es una propiedad que se puede
considerar ética, y también política. El sujeto impone sus reglas, asume lo que
del medio le beneficia o conviene y desdeña lo que sólo sirve a los demás seres
con quienes convive. El hombre comparece en el mundo, da pruebas de él como
testigo, lo explica y divide en lo que considera conveniente e inconveniente
para su vida, pero no construye el mundo que encuentra, sino que construye otro.
Así, pues, no se da una inteligencia
que ordena sino una clase de órdenes inteligentes. Esto quiere decir que el
fenómeno de la aparición del ser humano en el planeta, de su adaptación y del
desarrollo para adaptarse a las condiciones de vida y conseguir la
subsistencia, no corre por cuenta del sujeto, de sus instintos ni de sus capacidades
adquiridas. Corre por cuenta de una inteligencia cuya naturaleza no ha
seleccionado él. No es el dueño de la clase de naturaleza de que está
constituido, lo que ha aparejado las religiones. Esta forma de la existencia
corresponde a una clase funcional y no ecológica. No cumple la función animal,
aunque en puridad sea un animal, puesto que no es esencial en el ecosistema.
Más bien es un elemento ajeno al
dominio que viene a modificar, no a contribuir en su mantenimiento. Incluso, eventualmente
viene a destruirlo, a general poblaciones, a ocupar lugares con ciudades que terminan
cubriendo su superficie original, contaminando la tierra, el aire y el mar.
No es el hombre quien está detrás de
esta contradicción de facto, sino su naturaleza, es decir, la clase del
elemento que interviene en el mundo y que se llama hombre, de la cual no es
responsable. Es un elemento de la clase, pero no pertenece a ella, con lo que
resulta una paradoja parecida a las de la lógica de Bertrand Ruseel. Es un
producto de la inteligencia del universo, no el que la produce, en lo que se encierra
otro enigma. La propiedad de modificar el mundo es suya, aunque sólo pueda hacerlo
en una pequeña medida. Todos los demás seres no parecen modificarlo; mientras algunos
permanecen iguales a sí mismos durante milenios, otros evolucionan y llegan a
ser de una manera muy diferente a la original; también hubo los que desaparecieron
para siempre de la faz de la tierra, repentina o paulatinamente.
III. EL SUJETO QUE HABLA Y EL SILENCIO
Lo vivo y lo
vivido no pueden expresarse en conjunto. Se corresponden con vivencias
separadas y diferentes, esto es, veces constitutivas innumerables e inclasificables
que se integran a las capacidades del sujeto. Es la génesis del conocimiento
común y corriente que se expresa mediante el lenguaje también común y corriente.
Si bien el sujeto puede narrar lo
que ha vivido basándose en la memoria, en cambio no tiene acceso a esa otra
historia de la que se ha alimentado, enriquecido y transformado. Lo vivo está
en dinámica conexión con esta otra historia, historia creativa de lo vivido. Es
una historia que no tiene mucho que ver con el pasado, es decir, con hechos
considerados inexistentes y que se remiten a una dimensión sólo fantástica. No
hay un sujeto en el pasado y otro en el presente.
Este sujeto posee el don de la
narrativa, mediante el cual cumple con la función testimonial, su función
preferida como todo indica, y que se encausa por la ciencia, el arte, la filosofía,
las exploraciones, la investigación, el descubrimiento. Esto queda registrado
en su narrativa y el registro consiste en la Apariencia, debida a los sentidos,
revelada hasta cierto punto por el poder de los argumentos y de la experimentación.
Para los sentidos no puede faltar el
antes y el después, puesto que funcionan en base al combustible del tiempo. Los
sentidos son lineales, dimensionales y cronológicos, por lo que generan inevitablemente
la idea de tiempo. Esta particularidad entra en contradicción con la
conciencia, que trabaja fuera de esas dimensiones y apela al acervo intemporal
y no espacial de la experiencia. También se genera el conflicto entre lo
inespacial e intemporal consciente y su forma de expresión, el lenguaje. Porque
el lenguaje también es espaciotemporal. Necesita el discurso, el orden lineal,
el desarrollo, la narrativa, los ritmos y tiempos.
Es del todo esperable, pues, que, a
raíz de estas dos contradicciones, los sentidos en conflicto con la conciencia
y la conciencia en conflicto con el lenguaje, queden por el camino contenidos que
no han encontrado correspondencia en sus formas de exteriorización. Se diría,
apelando a la otra acepción del mismo término, contenidos, atascados, atorados
en la órbita menos densa de la conciencia.
Se presenta así el sujeto del silencio, de un
silencio que no se puede evitar y tras el cual se esconde la clausura de la
narrativa. Un sujeto que habla, pero que no sólo se expide por lo que habla:
también por lo que calla. Porque lo que calla forma parte de su pensamiento
tanto como lo que dice. Sólo que no ha logrado formalizarse en expresión. Esto
es lo que explica el valor incalculable del arte, del lenguaje sugestivo, de la
gestualidad, del significado de ciertos actos, etcétera.
El hombre es el animal que se expide
en profundidad por lo que calla. No sabe que sabe algunas cosas importantes; no
tiene plena consciencia de ellas, aunque en su discurso se filtren retazos de
lo que calla. A veces advierte la necesidad de "traducir" su
silencio, de desarticularlo como inexpresión para articularlo otra vez en tanto
discurso, lenguaje y habla. Lo retenido, lo inexpresado, oculto tras el velo
del conocimiento, quizá está escrito en un lenguaje desconocido, interior,
soterrado y oscuro, que es preciso descifrar. Precisamente, una de las misiones
de la filosofía es esa, intentar que se exprese con claridad, que se entienda
como se entiende el lenguaje corriente. Pero sus significados son bien
distintos a los de uso; sus referentes inubicables, insondables.
Aunque no pueda expresar, el sujeto
del silencio puede mostrar. Puede, por ejemplo, remitirse a formas que
se corresponden con los contenidos ocultos. No puede sacar a la luz esos
contenidos, pero puede mostrar ciertas variables o moldes vacíos que
representen cualesquiera contenidos en sus interrelaciones, en su linealidad,
en su discurso no vidente ni oyente. Esta posibilidad corre por cuenta de la
matemática.
Todo lo que se puede pensar es
inabarcable, insospechado, prácticamente infinito. Pero se puede investigar el
orden de las relaciones posibles entre todo lo pensable, de todas las
combinaciones de ideas imaginables. Aunque no se sepa de qué se habla, es
posible establecer cierto orden en el pensamiento tomando la cáscara de las
ideas, es decir, su cantidad, la particularidad que permite asociarlas entre sí.
Se obtiene de esta manera un cuerpo de recursos matemáticos con los cuales se puede
deducir de las que se conocen las que no se conocen.
También es posible prescindir de la
cantidad, que es propio de la matemática, y apelar a los valores de verdad que
puedan caracterizar a las formas vacías. Es propiedad de la lógica establecer
esas formas vacías sólo por cómo transfieren unas a las otras un valor de verdad
o de falsedad. De todos modos, y aunque hablan en un lenguaje universal, la
matemática y la lógica no colman el afán de expresar todos los contenidos de la
mente, inenarrables, difícilmente concatenables, aunque surja por ahí, como un
chispazo entre las llamas del fuego o un relámpago tras las nubes del cielo, una
palabra clave de la cual pueda derivarse una nueva proposición.
No se prestan a comprender los
fenómenos en la escala dramática de la vida de las personas:
A la vida sólo se la puede
comprender con la emoción, y no con el intelecto. Debemos primero adentrarnos
en la experiencia, sufrir su tragedia, su dolor sin disfraces ni cortapisas,
sin tratar de emborracharnos con distracciones. La esperanza debe dialogar con
el absurdo, reconocer y padecer sus desvíos y fracasos. Y no sólo computarlos,
como se reduce a hacerlo un pensamiento descarnado del tipo del que hoy tiende
a prevalecer entre nosotros, a base de relevamientos, estadísticas y división
en sectores de la sociedad. En esa pendiente, el intelectual termina, como en
algún momento le pasó a Camus, odiando la vida; y así fue que dijo la máxima
blasfemia "Odio a un mundo que provoca tanta desesperación entre los
hombres". (Lockhart, en Real de Azúa, T. II, 550)
No abarcan los problemas básicos de la vida,
no nos indican cómo enfrentar la adversidad, aunque mucho ayuden a resolver los
problemas del cálculo: la construcción de un puente, la trayectoria de una nave
en viaje a la Luna. Pero ¿cómo lograr que el sujeto del silencio llegue a
conocer lo que conoce, pero no sabe que conoce? Que no sabe que conoce porque
no puede expresarlo y apenas puede intuirlo, sospechar algo, "olfatear"
sin poder "tocar" lo que quizá anda por ahí y puede ser una
revelación, una aclaración, una idea que furtivamente contiene la semilla de la
novedad y del descubrimiento.
Entre el sujeto del habla y el del
silencio se levanta una barrera infranqueable. Una barrera que se interpone
entre los seres humanos en la vida de todos los días, en lo práctico, en la
convivencia, en el trato, aun entre personas que se conocen, amigos o parientes
o amantes. Lo que no saben es aquello que está por definirse y que todavía se suspende
en una experiencia de vida, como la hoja de un árbol que el viento hace bailar
en la rama. No es exactamente lo que no recuerda, puesto que lo que no recuerda
forma parte de lo que en un momento dado fue forma consciente. En cambio, es lo
que madura en potencia en el dominio de la inteligencia, lo que se ha adquirido
y aun madura.
Los seres vivos se expresan todos de
alguna manera. En algunos se vuelve necesario descubrir cómo se expresan, de
tan próximo al silencio o a la incomprensión para el sentido común que resulta su
forma de manifestarse. Cuando se trata del silencio, la barrera sólo puede ser
levantada por medio de un gran esfuerzo –este sí, intelectual. El intelecto va
en ayuda de la experiencia; pero, como es obvio, el intelecto va en ayuda de la
experiencia bajo la impronta de su propia historia, que responde a las puestas
en práctica innumerables y a su manera, de acuerdo con las experiencias
anteriores.
A veces, lo que no se sabe y esconde
en los márgenes inalcanzables de la conciencia, reside allí porque no ha
ocurrido la situación capaz de atraerla e incitarla a ocupar el centro de
atención. Esa situación es la situación constitutiva de la inteligencia. Obviamente,
el sujeto no se desarrolla sentado en una silla, sino, patentemente, en la inevitable
tarea de satisfacer los requisitos que demanda su subsistencia. Debe resolver cómo
dar cada paso que da, aunque en lo más sencillo apenas lo advierta. Es un
manojo de soluciones de todo tipo y tamaño. Y su vida una red de problemas de
todo tipo y tamaño.
IV. LA DIMENSIÓN CULTURAL
Vive el sujeto en
un mar cultural. No vive sus experiencias en soledad sino en convivencia. La
convivencia es la dinámica y la realidad activa de la sociedad. Mientras que la
convivencia es real y dinámica, la sociedad es irreal, sólo un concepto. Todo
ello no disipa para nada la condición individual del sujeto. Él compone y
ejecuta la convivencia, puesto que no existe una sociedad que se componga a sí
misma ni que se ejecute sola. Esta fue una idea peregrina de ciertos sociólogos
en épocas pasadas.
Hay, efectivamente, un tejido de
experiencias personales, actos, recuerdos, saberes, trabajo, comunicación,
tejido que llamamos cultura. Pero no es sólo lo que se ha conservado a través
de la historia, como efecto de la devoción, el hábito, el apego a la tradición.
La cultura es también, y fundamentalmente el numerador, no el denominador común
de todas las historias; no la reducción sino la expansión, la diseminación
plural y torrencial de cada una de las configuraciones individuales, unas con
mucha y otras con poca fuerza.
Se ha creído que resulta de lo que
se conserva, del caudal de intelección, sensibilidad, inquietudes, afanes y
esperanzas que se trasmiten de generación en generación. Y, por supuesto, la
cultura se compone, como un gran abanico de movimientos y direcciones, de todo
lo que late en la convivencia, de todo lo que se expresa y de lo que no se
expresa, pero de alguna manera se envuelve y enrolla en remolino en la
actividad del conjunto de las personas.
Pero no se caracteriza por lo que es
común a todas ellas, como se ha creído, sino por todo, aunque no sea común. En
la cultura figura incluso lo que sólo puede aparecer en un grupo, en una
minoría de personas, hasta en unos pocos, incluso en uno solo. No hay rasgo
individual que no se implante en la cultura, y no es raro que pensemos en la
cultura egipcia sólo pensando en Tutankamón; en rasgos contemporáneos de la
cultura uruguaya, pensando en un solo futbolista.
La sobriedad de un individuo puede
deducirse de la sobriedad del pueblo al que pertenece, tanto como la del pueblo
a partir de la de un solo individuo. Se da la misma tensión entre la historia
personal, de los pequeños hechos, y la tradición, que incluye la historia
colectiva, es decir, la de los grandes hechos. Y los pequeños hechos pueden
adquirir la misma fuerza que los grandes; todo depende de cuáles fueren esos
hechos.
Es la tensión lo que proporciona tónica
a la cultura, no sólo los hechos. Las tendencias de las mayorías resultan de
esa tensión: de lo que ha ocurrido a las personas, de lo que se les ha
presentado en la vida, de lo que han elegido y les han impuesto. Las conductas
de la mayoría de una colectividad, de un pueblo, de una nación, son las que caracterizan
el mapa de la convivencia, no el mapa de la geografía política y económica.
La sociedad no se reúne en asamblea
para decidir cómo comportarse, qué preferir, cómo organizarse para vivir,
etcétera. Lo hacen las personas, pero tampoco para decidir cómo organizarse
para vivir como sociedad; lo hacen para decidir cómo vivir como personas.
Existen rasgos característicos de la
convivencia que resultan de sus cualidades y no de sus cantidades, los que no
registran las estadísticas debido a que son insensibles a la información cualitativa.
Estos rasgos se originan en el choque entre la expresión masiva, esto es, el
denominador común en tiempo y espacio de la actividad global de las personas, y
los contenidos aislados y ocultos de la actividad personal. Estos contenidos no
se manifiestan como los masivos, sino encubiertos por la laboriosidad de todos
los días bajo todas las formas de vida, en los actos y circunstancias habituales
en que se desarrolla la vida.
La masa es un exponente muy notorio en la
convivencia, pero no el más importante. No determina las cualidades que la definen
como cultura sino la tensión que ejerce la persona desde su forma de ser, desde
su idiosincrasia o índole histórico-psicológica, desde su personalidad forjada
en la vida de acción. La masa responde al impulso aleatorio, al movimiento que apela
a lo más fácil, a lo que encuentra a la mano. Su fuerza no responde a lo vivido
sino a lo vivo, a la vitalidad desconectada de una historia que en verdad no posee.
La masa no crea nada y sólo se mueve,
levanta y arrastra. El sentir y el saber personal son creados por la necesidad
imperiosa de convertir en fácil lo difícil, a favor lo desfavorable. Ahora
bien, la tensión que define la cultura es más débil que la fuerza imperiosa de
la masa, que es más bien tribal, ritualista, arrebatada y seducida por la unión
que hace la fuerza, generalmente la fuerza bruta.
Esa tensión comprende el alma de la
cultura, su ánima o ánimo supremo que surge de lo invisible, de lo
imperceptible y oculto del sujeto. Es preciso advertir que en la persona hay un
sujeto invariable, histórico, inalienable. Si la persona cede al influjo de la
masa, el sujeto permanece inmune, a salvo, aunque rezagado, atropellado por la
marcha de lo que es más grande y pesado. Este es el secreto de la verdadera
educación, que apuesta por la recuperación del sujeto y que la masa no
puede eliminar del todo –como Joaquín Torres García apostó por la
"recuperación del objeto" en el arte (Torres García, ver referencias).
Es un error, pues, apostar por un
modelo de persona común y corriente, máscara de un sujeto que vigila a la
persona desde lo profundo. Pues no basta con considerar a cualquier efecto que
existe alguien históricamente irreal deducido de los hechos automáticos de la
convivencia. Pues no existe un lazo visible que una la experiencia personal y
la memoria social.
Así surge la confusión entre pensar que se
"es" y "recordar que se es", entre saber y memoria. En la
realidad profunda no pensamos con los elementos a la mano de que disponemos en
un momento dado, sino que pensamos con todo lo que somos, lo que de nosotros
está a la mano y lo que de nosotros está en la historia. Por eso sostengo que
no hay pasado; que el saber humano, el existir bajo plena conciencia, es un
saber y un existir sin tiempo, ajeno a la fantasía de lo que está aquí y de lo
que ya pasó.
De la idea de facticidad
experimentalmente histórica, la de una realidad humana concreta, generada en
los hechos, es decir, de la idea de un ser humano completo, sin división en
partes, solemos pasar a la idea de una facticidad furtiva, artificial, asumida
pero no integrada; es decir, a una evidente irrealidad.
Lo que no se sabe, aunque de todos
modos anida en la profundidad histórica, en la historicidad creadora, es lo que
ocultan las técnicas de medición cuantitativa y temporal, distributiva y
espacial. El vacío resultante se llena con la imagen de un sujeto diseñado en
el laboratorio.
V. HISTORIA DE LA HISTORICIDAD
El sujeto en
tanto integración de su circunstancia de vida y de su historia personal es el "alma"
de la historia colectiva. No llego a comprender que se hable de un alma
colectiva, de una dimensión espiritual del grupo. Evidentemente, es una
fantasía o una superstición.
No hay por qué negar el espíritu, por
lo que es razonable suponer que el grupo se exprese en función del espíritu,
algo más que hechos y actos, que cálculos y mediciones. Pero ese espíritu anida
en las personas, y las personas en el sujeto. La colectividad tiene historia
espaciotemporal, y la persona también; pero el sujeto tiene historia intemporal
e inespacial.
La trama de la actividad social siente la
interposición de las vivencias multitudinarias de la actividad personal. Se siente
única y se resiente ante la multiplicidad; es muchedumbre y concurrencia, pero
también singularidad y soledad, unión y dispersión. Se sacude toda
subjetividad, pero no puede evitar la invasión imperceptible de la otra trama
compuesta por vivencias personales.
El doble juego de inmunidad y desprotección,
de anonimidad y notoriedad, determina su final e inevitable debilitamiento, su
precariedad y fugacidad, la fatal temporalidad de que está compuesta. Los
hechos, las causas y consecuencias, la cronología y la linealidad de los
acontecimientos se reducen a narración, a una síntesis que la historiografía formaliza
recogiendo aquí y allá causas y consecuencias, motivaciones, situaciones
desencadenantes, anterioridades y posterioridades de todas las categorías
espaciotemporales. Con lo que surge la imagen de una persona, de un pequeño
grupo de amigos, de una sociedad, es decir, el resultado de unas pocas
vivencias compartidas o concentradas en un sujeto genérico.
La realidad social, pues, no surge del
conjunto de las lecturas de mediciones que pueden hacerse a gran escala. Son
más fidedignos los relevamientos que hace un entrevistador, micrófono en mano,
a unos pocos asistentes ocasionales de cualquiera lugar y momento. El
informativo de la tarde resulta así un instrumento más seguro para conocer la
realidad social que todas las tecnologías métricas de la sociología y de las incursiones
estadísticas (que también consultan a un mínimo de testigos considerado
"muestra" suficiente).
Porque la realidad social es la
trama de las realidades personales que no se puede medir, una trama infinitesimal.
Esto contrasta con el hecho por el cual la vicisitud colectiva, la realidad
vivida y experimentada, sufrida o gozada en forma conjunta, resulta la que valida
la historiografía para realizar su tarea narrativa. Resultaría, pues, ser la
esencia de la historia o, al menos, la sustancia de que está hecha. Sin
embargo, la esencia y la sustancia de la historia no están a la vista, no fueron
registradas por los historiadores, aunque algunos muy sensibles han pellizcado
lo oculto de los hechos, de las ideas y los sentimientos, con lo que han logrado
descubrir la trama subyacente, develándola y explicándola.
Al revés de lo que usualmente se
cree, lo efímero no es lo individual y personal, sino lo social y colectivo. No
hay vivencia realmente experimentada como creación que se disuelve o desaparece
por arte de magia en el conjunto del ser personal profundo o sujeto histórico. Lo
que permanece es el sujeto, el ser individual en su esencia, no la sociedad porque
no tiene esencia, porque carece de vivencia y sólo es convivencia.
La sociedad no posee más ser ni más
inteligencia que la de los individuos que la componen. Carece de conciencia,
por lo que los actos de la masa, lo más cercano a lo que entendemos como
sociedad, como ser sin huesos ni espíritu, responden a la espontaneidad y a los
impulsos que apelan a lo que está a la mano, a lo que se ha puesto allí para
ser usado y funciona como prestación o servicio.
La conciencia puede proyectarse hasta
el límite de su campo estricto de intelección. Incluso puede imaginar lo que
está más allá de ese campo. Pero no puede constituir otro campo por la sola
reunión con los campos de otras conciencias. No es un ente independiente del
sujeto ni una facultad omnímoda y omnisciente, sino fragmentaria y en gran
parte incompetente.
Si sigue el movimiento de los
procesos conscientes de los individuos, no quiere decir que con ello pueda
crear una conciencia aparte, libre de actuar, y que se concreta como
funcionamiento de la colectividad, como conciencia única y de todos. Esto lo
pueden imaginar algunos psicólogos y sociólogos, pero es ontológicamente imposible.
Se puede hablar de una misma energía que nos compete a todos, a los individuos
y a las colectividades de individuos. Pero la forma en que se manifiesta la
energía de la conciencia no es la misma que la que se manifiesta en los actos
físicos de los grupos de personas.
Mientras las experiencias personales
determinan las conciencias, las experiencias colectivas comprueban en los
hechos sus encuentros y desencuentros. Las experiencias colectivas no son sino la
extensión masiva de las experiencias personales, la dispersión desorganizada de
las direcciones seleccionadas por las conciencias.
Por lo que la teoría que se precie
de rendir cuentas de este fenómeno debe obligarse a recurrir a lo histórico. A
una historicidad no espaciotemporal, es decir, a una historicidad diferente a la
que se dice que obra sobre el hombre por acumulación de experiencias, en tanto historicismo,
y por convertir lo histórico en naturaleza humana. Me refiero a una
historicidad que obra por reducción, por sustracción y no por adición de
acontecimientos, por una obra selectiva que genera las capacidades y la inteligencia
de manera única. Hablo de una historicidad experiencial y no temporal;
testimonial y no intelectual
Por prevalecer lo creativo y no lo reiterativo
y acumulado, por reinar lo selecto y no el montón, es por lo que se alcanza el
estado de ser humano vivo, de ser presente y compareciente; es por lo que se
logra la existencia y la subsistencia. Pues sólo la historicidad del sujeto conforma
la mente humana, y la mente humana la que gobierna las ideas y los actos; y en
esto no hay más remedio que distinguir entre la historicidad del cuerpo y la
historicidad de la conciencia, aunque sepamos que no hay dos entidades, una
corporal y otra espiritual, sino una sola.
Se puede preguntar qué es o qué
significa el sujeto en el tiempo físico, cronológico y lineal. ¿Cómo se define
el sujeto de que hablamos en tanto objeto con vida y conciencia? ¿Resulta una
"cosa" más en el universo, una de sus tantas manifestaciones, una
relación como las que encontramos en abundancia explorando el mundo conocido?
Se puede contestar, al menos, que es
el testigo, puesto que la combinación de existencia y conciencia lo consagran
como espectador activo del mundo en que se desempeña. Es observador y
compareciente: es estudio del hecho de la existencia de todo y es el hecho
mismo que estudia; el sujeto y el objeto.
Es una manifestación más del
universo, pero más que un hecho, quiero decir que es una obra. Es la obra
de sí mismo, ya lo dije, pero eso apenas lo distingue de una hormiga, de una
abeja o de una estrella. Su obra apenas se diferencia del nido de un hornero. Sólo
la clase a que pertenece la obra lo hace diferente, y es la clase de
obra de la conciencia. Pero ¿qué es la conciencia, y cuál es su obra?
Se ha dicho que la conciencia consiste
en la "ontogénesis del yo", y que su formación coincide en su base con
la maduración de las funciones nerviosas, especialmente en la organización del
lenguaje y de la inteligencia sensomotriz (Ey, 256). Que el desarrollo, la
constitución y la historia de la persona son una misma cosa:
Si la embriología no es la
historia del organismo, es precisamente porque el organismo adulto no comienza
más que después de la metamorfosis del feto en recién nacido, ya que el
desarrollo del embrión es sustituido por el organismo adulto. Pero no
ocurre lo propio con el organismo psíquico: no sucede, por medio de su
historia, a su primer desarrollo. Este se enrolla y se desarrolla como la
historia que contiene. (Ey, 257)
El yo se construye, en
conclusión, de una manera muy diferente a como se construye el organismo
biológico.
La construcción del yo,
considerada en la progresión de sus formas sucesivas de organización, no podría
concebirse, pues, como una serie de estados de los que cada uno se añadiría al
anterior para reemplazarlo […] El yo constituye, pues, en sus formas superiores o últimas
de su organización, sus primeros cimientos, como condiciones mismas de su
construcción propia y permanente. Y lleva en sí mismo, hasta en su sueño, las
bases prehistóricas de su ser, del mismo modo que aquello que yo debo llegar a
ser o aquello que yo he llegado a ser, permanece todavía en el fondo de mí
mismo. Dicho esto, podemos hacer el intento de seguir la construcción del
edificio personal, la tectónica de su desarrollo. (Ey, ibidem)
Es así como la clase de obra de la
conciencia humana integra la actividad efectiva de todos los tiempos del sujeto.
Es la obra que encuentra el presente en lo ya vivido y, aun, en lo que se quiere
ser (en lo que "yo debo llegar a ser"). A todas luces parece que esta
clase de obra caracteriza al humano, frente a la obra de los individuos de otras
especies. Pero sólo porque en ellos no es fácil concebir el uso del tiempo,
frente al predominio de la memoria, más bien la atención caracterizada por el
instante del peligro en acecho.
Si el tiempo vivido es siempre
tiempo vivo, y si late en este tiempo vivo el tiempo por vivir, por el querer
ser, entonces todas las recapitulaciones y reconstrucciones del conocimiento,
todas las expresiones retrospectivas de la memoria se disuelven en tanto pura
especulación, supuestos fundados en la principalidad del tiempo. Surge la
construcción del tiempo por el sujeto en lugar de la construcción del sujeto
por el tiempo.
Esta es la historicidad ontológica
del sujeto; no la historicidad temporal o física por la que el hombre es todo pasado,
desde que su presente es apenas detectable, o lo es apenas infinitesimalmente. Es
así como el historicismo tradicional no cuenta en la historia del sujeto, responda
a la filosofía que fuere, como historicismo materialista o espiritualista. En
ninguna de sus expresiones cabe al sujeto de conciencia históricamente
unificada.
El ser humano parece que vive sólo
para contar que el universo existe. Parece ser más el testimonio que la comparecencia,
porque no sabe qué pito toca en el Todo. Parece el sobreviviente que narró el
naufragio. Entre todas las manifestaciones del universo, hasta ahora es la única
conocida que puede rendir cuenta de su existencia. Vive para contar que el
universo existe, aunque sólo conozca una ínfima parte de lo que imagina como
totalidad. Y esta condición es la que induzca a pensar que ese universo es inmenso,
incluso que puede ser infinito o sin límites apreciables.
Si se puede poseer una idea acerca de
lo infinito es por la limitación humana de no encontrarle límites al universo,
aunque hay acciones consideradas infinitas a la mano del hombre en la vida
cotidiana, como las vueltas de una rueda. Que el tiempo no sea determinante del
conocimiento, además, induce a pensar en la eternidad; y de estas reflexiones
intuir un más allá humano, un más allá de la conciencia y de la imaginación, es
decir, la divinidad.
Así se forma una sospecha
fundamental, como duda o como convicción. Pero es preciso experimentarla, no
sólo tenerla por el razonamiento o el sentimiento. No se puede evitar esta
sospecha en tanto se viva en directa confrontación con la naturaleza humana y
no humana, con las condiciones que el mundo impone a la vida. Quien no sea depositario
de esta duda no ha conocido la adversidad, el misterio, la desolación, la presencia
de la nada. Ese no ha vislumbrado la posibilidad de una razón más potente que
la humana.
VI. LA DIMENSIÓN ÉTICA
La verdad resulta de
las vicisitudes del sujeto, incluidas en ellas las que componen los haberes
aprendidos, la historia de las enseñanzas recibidas, la de las profesiones, la
de los oficios, etcétera.
Todo saber garantizado, creíble, aplicado a la realidad aparente, es saber de
un sujeto, y un sujeto es una conciencia, un yo, una subjetividad. No existe una
objetividad del sujeto, la que sólo pertenece al organismo biológico.
De las vicisitudes también resultan
las distinciones entre el bien y el mal, lo bello y lo feo, incluso entre lo
completo y lo a medio hacer, lo demostrable y lo indemostrable y otros opuestos
verificables en la experiencia. De ellas no sólo se deriva el saber; también se
deriva la ética del sujeto.
Lo vivo y lo vivido componen un
único estado en los que el saber también se expresa como responsabilidad,
compromiso, respectividad moral, solidaridad, obligación, entre la variedad de
sus opuestos, que se originan al no responder ante las vicisitudes o al hacerlo
mediante recursos impostados y copiados de otros o de fuentes extrañas al
sujeto.
La necesidad y perentoriedad de las
situaciones obliga a asumir conductas que se caracterizan por el riesgo. El
riesgo es una condición ineluctable de las respuestas ante la adversidad. Casi
se podría decir que no hay conducta humana de decisión y responsabilidad que
pueda exonerarse del riesgo. En sus respectivas escalas, lo hay cuando se
emprende un viaje al espacio y lo hay cuando se da un paso camino al trabajo o
a un destino cualquiera. El riesgo extremo es el de la muerte, y está siempre
más cerca de las situaciones habituales de lo que generalmente suponemos. La
muerte es el gran límite de la responsabilidad, pero no sabemos si es el final.
Cada vivencia creadora contiene un
ingrediente de compromiso; nunca es neutra, nunca indiferente ante las
implicaciones pragmáticas de la situación. Supone una posibilidad para la
verdad y para las categorías hermanas, el bien y la belleza. Corre por cuenta
de la vivencia configurar la idea de verdad para cada individuo humano, como las
ideas de belleza y bondad.
Sería una exageración sostener que
se generan sólo como efecto de la educación recibida. Esas categorías pueden
percibirse naturalmente, aunque se prescinda de los medios para expresarlas
como pensamiento, razón o lenguaje. Forman parte de la experiencia común y
corriente, aunque carezcan de refinamiento o no alcancen el grado de conciencia
necesario para conjugar plenamente las dimensiones éticas, estéticas y
axiológicas.
Se pueden mejorar por vía externa,
pero por esa vía raramente se pueden generar sin intervención espontánea de la
experiencia personal. Es la tierra de cultivo de todos los estados psíquicos relacionados
con las sensaciones, si es que no son todos los que se relacionan con ellas,
sentimientos, emociones, valores, gustos, preferencias.
Las vivencias generalmente implican
estados superiores a los que se expresan en ellas. Se manifiestan como afanes
mayores de historicidad, memoria, fuerza psicológica y moral, compromiso. Si
son auténticas vivencias contienen implicaciones superiores: afanes, quereres, esperanzas
e ilusiones. Siempre existe la ilusión, es decir, la aspiración de lo que está
más allá de lo habido y consabido. Fuera de la vivencia hay mera repetición,
hechos y actos insustanciales, medianía, infecundidad.
Las implicaciones de la vivencia
auténtica derivan muy frecuentemente en sugerencias que alcanzan estado
colectivo y general, a veces para influir y otras veces para desecharse o
ignorarse. El estado colectivo de la vivencia no es más que un contagio de los
niveles individuales, más que una copia, aunque también puede asimilarse con
obligación o responsabilidad. La obligación y la responsabilidad no se aprenden
fácilmente, y sólo surgen como sentimientos auténticos de la experiencia propia.
Finalmente, es de anotar que existe
la posibilidad de desarrollar una ontología de la responsabilidad como
desprendimiento de la teoría del sujeto ontológico. O, con otras palabras, que es
posible fundar una filosofía de las esencias históricas con base en la historia
personal.
Una ontología de la persona humana,
no una física ni una psicología no una sociología, inspirada por la dinámica fundacional
de la inteligencia. La responsabilidad y las fuentes de la ética pueden
estudiarse a partir de la experiencia personal o conciencia ontológica. El
dominio de la ética no se estudia por la acción social sino por la acción
creativa de la experiencia personal.
VII. EL SUJETO Y EL TIEMPO
Al hablar del
sujeto humano nos referimos a una realidad universal que se compone de varias
vertientes existenciales, vivas y no vivas. Quiero decir que no se trata de dos
formas radicalmente diferentes de la existencia, una histórica y otra existente
propiamente dicha. Su existencia no se divide en partes
Hablamos de un sujeto en parte
inexistente, porque, de acuerdo con la concepción tradicional, su existencia
real ya dejó de ser en este instante para ser pasado; y en parte existente,
porque sin cesar se está realizando, haciéndose y rehaciéndose sin cortes ni dilaciones
en el tiempo.
También es por partes en dos
sentidos: el de la presencia y el testimonio, y el del saber y la cultura. Esto
quiere decir que no es en parte presente y en parte pasado, sino unificación de
lo vivo, lo vivido y lo que se quiere vivir; tránsito ininterrumpido modulado
por las vivencias, esto es, por la dinámica vicisitudinaria de la experiencia.
Su historia consiste en un tejido
orgánico e inorgánico, histórico y ahistórico, terminado y sin terminar. Con lo
que quiero decir que es un conato de existencia realizada y por realizar; que
el sujeto humano es lo que concretamente es, pero también lo que es
abstractamente, por sus deseos, por su ideal de ser de una determinada manera,
porque su experiencia le dicta que hay varias maneras de ser.
Hablamos de una síntesis de experiencias
abiertas o susceptibles de seguir transformándose inacabadamente, hasta la
muerte, su última transformación. No es si no se transforma, si no recoge el
acervo que se origina en la experiencia creadora y no se aviene a ella, con sus
novedades, su contribución en habilidades, conocimiento, sensibilidad, oficio,
intuición, pericia, capacidad, competencia. Se origina así la diferencia
crucial entre el sujeto y el individuo, la persona y el ejemplar cualquiera de
la especie. La diferencia entre quien aprovecha el dechado original de la vivencia,
lo asimila y aplica, y quien lo pasa por alto, por desdén, falta de aplicación e
inconstancia, o por alguna razón que se puede deducir fácilmente.
Por lo que se vuelve difícil establecer
la hipótesis de una naturaleza humana de una calidad u otra, buena o mala, aplicada
o no a las tareas imprescindibles para la vida, con buena o malas intenciones,
solidaria o egoísta, individualista o social, etcétera. Estos supuestos se
apoyan todos en lo que informan los registros de la conducta humana, de la que
se vale la historiografía.
No hay hombre malo o bueno sino hombre que se
hace a sí mismo malo o bueno. No nace con ninguna inclinación en este sentido ni
en el sentido racional de lo verdadero o lo falso –mientras que los valores estéticos
varían según sentidos muy elásticos. Por otra parte, los sentidos
antropológicos erectus, sapiens, habilis, faber, ludens,
economicus, symbolicum, consumericus, etcétera, se refieren
todos al sujeto psicofísico y no ontológico.
El sujeto humano ha sido definido
como fenómeno abierto a la experiencia en un proceso limitado por las
condiciones de la vida y el mundo. Y esta definición depende de la suerte corrida
por la colectividad, cuyos detalles en el campo de los acontecimientos rescata
la historia escrita o hablada. Se trata de la narración de los acontecimientos,
es decir, del cuerpo de fenómenos espaciotemporales o hechos físicos
registrados por la ciencia de la memoria.
Pero la realidad concreta en cualquiera de las
épocas de la historia se compone de hechos individuales, de los que la historia
no puede encargarse por ser multitudinarios e inabarcables. Resulta así una
expresión representativa de todos los hechos, individuales y colectivos, en una
síntesis cerrada en su entorno, que el proceso de vida abre y conecta con la
realidad presente.
De modo que la historia humana se
compone de todas las realizaciones, consumaciones, conclusiones, deseos
cumplidos o incumplidos y obras, un todo que queda impreso en la memoria y permanece
en los vestigios porque se trata de un orden de cosas posibles.
Hay una historia de reacciones ante
lo adverso, de las cuales se ocupa la historiografía espaciotemporal, y otra
historia que enriquece la inteligencia inespacial e intemporal, y que no se registra
porque es imposible. Esta es la historiología del pensamiento y el espíritu.
La historia de la humanidad es un
horizonte posible, de acuerdo con la historia del sujeto, que a su vez es un
horizonte de posibilidades. La historia de la humanidad es una variedad muy
amplia de acontecimientos en serie, pero ya enterrados bajo la superficie del
tiempo. Esta descripción contrasta con la historia del sujeto, que es pura actualidad,
activación permanente de todas sus facultades e inteligencias.
Resulta, de esta manera, que involucrar
la historia del sujeto con la historia del tiempo es como implicarla con la
historia de la humanidad, lo que concluye en una hipótesis poco probable.
Porque la historia de la humanidad es la misma historia del tiempo, la sucesión
de períodos, épocas, civilizaciones, surgimiento y desaparición de culturas que
se definen según la línea cronológica que establece el antes y el después.
La historia del sujeto humano en
verdad no existe; sólo existe la historia del individuo, la de las
personas, hombre y mujeres que nacen, viven y finalmente mueren. Pero el sujeto
humano no vive en el tiempo sino en sus realizaciones, independientemente del
carácter efímero de su constitución biológica. Actúa en una sola dimensión
ontológica que abarca todas las dimensiones temporales y espaciales. No depende
del momento ni del lugar, sino de su experiencia, fueren cuales fueran los tiempos y los espacios en que se consagra.
Su historia es un ensayo, no una
narración; una proposición cuya significación encierra la posibilidad de un
destino eventualmente real. No es un cuento, el desarrollo de unos acontecimientos
que componen una determinada trama, con algunas peripecias y un desenlace. Es un
proyecto que tiene que concretarse, una hipótesis que tiene que demostrarse; un
aluvión de energía diversificada en muchos sentidos, un acontecimiento sin
término ni destino conocido.
En
puridad, el sujeto consiste en la liberación de la energía, en la libertad de
los hechos bajo la imposición de todos los riesgos, previsibles e
imprevisibles. El tanteo de todas las probabilidades, el ensayo y error del
cosmos.
VIII. CAMINO HACIA LA TRASCENDENCIA
Hay algo que
excede la experiencia, la de lo inmediato, intangible e incluso impensable. Me
refiero a lo vivo y lo vivido como intento de llegar más allá de las barreras espaciotemporales
de la vivencia. En su impulso denodado, la circunstancia en su composición con
el yo activo quiere superarse a sí misma, transponer los límites impuestos por
la espaciotemporalidad del ser viviente y de los hechos.
Las innumerables veces que la
conciencia encuentra una nueva forma de vida, un acicate para su desarrollo,
una técnica para su desempeño, sugieren la infinitud del espacio y el tiempo. Es
la dimensión incontrastable respecto a la escala humana, ubicada más allá de
toda percepción. Sólo puede configurarse mediante la imaginación, el más
poderoso instrumento creativo del hombre.
La imaginación es infinita, y provee
de lo que nunca puede disminuir ni agotarse fuera del espacio y el tiempo. Se
apoya en ella la libertad, con la que la finitud entabla una lucha imperecedera.
De la tensión entre la temporalidad finita y la imaginación infinita nace el
drama humano: el hombre muere adorando la eternidad.
Esta aspiración jamás satisfecha,
abierta a lo que está más allá de lo aprehensible, que sólo espera contemplando
un horizonte que se aleja a medida que ella se agranda y vuelve más fuerte, es el
sentimiento de religiosidad, el afán s que procura alcanzar el máximo
entendimiento. Resulta de la tensión entre la finitud humana y la infinitud
sobrehumana, una sublime contradicción que gobierna el alma del hombre.
REFERENCIAS
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