Lo que se ha visto en la política uruguaya, y en la de muchos países del mundo en las últimas décadas, es el gobierno de una minoría; y parece que no hay otra forma posible. Esta minoría responde siempre a una mezcla de descendientes de la nobleza, de los patriciados, de la burguesía, de los allegados de las grandes empresas, industrias y servicios, inmigrantes acaudalados, cierta meritocracia y gente de pueblo con vínculos en las políticas partidarias. Su historia se alinea ideológicamente de acuerdo con dos bandos y según resulte de las corrientes en auge del momento. Y también para cumplir con un requisito fundamental de las democracias: el juego de opuestos.
Por este juego se
encausan en Uruguay las rivalidades que se originan en las luchas por la
independencia y en la formación de los partidos políticos tradicionales. Partidos
que se forman por las rivalidades más que por la ideología o las concepciones filosóficas.
Toman ideas y simpatizan con ellas según convenga en la oportunidad, quedándose
algunas para caracterizar al bando y fluctuando otras con el fin de negar al
adversario o de afirmar al jefe o al caudillo.
Constituida
por representantes de sectores o estratos sociales diversos, esta minoría
organizada en partidos, fundados a partir de divergencias históricas (actitudes,
conductas, rencillas, celos, etcétera) y no doctrinarias, enfrenta la presión
de la ideología socializante que, aunque en términos democráticos y bajo el
título de "izquierda", se establece como tercera fuerza política y termina
por reconfigurar el juego de opuestos, obligando a los partidos tradicionales a
aunarse para funcionar como "derecha".
Sin
definiciones terminantes, el juego de opuestos divide al electorado en dos
grandes proyectos: uno que prefiere mirar hacia el pueblo, improductivo y
consumidor, aunque sin descuidar la producción, y otro que prefiere mirar hacia
las esferas de la producción y las empresas, aunque sin descuidar al pueblo.
Sin embargo, la historia poco a poco demuestra que, llegadas al gobierno por
elecciones democráticas, cualquiera de estas facciones se desempeña de la misma
manera, como sólo es de esperar en una coyuntura regional e internacional que
no deja lugar para muchas opciones.
En
lo teórico, de todas maneras, cada una mantiene su tonalidad
político-ideológica en tanto izquierda o derecha. Sea criticando al
liberalismo, al cual se culpa de todos los males económicos, sea criticando al
socialismo, al cual se culpa de carecer de un plan económico productivo propio.
Se da, pues, una expectativa respecto al liberalismo democrático y al
capitalismo, que es el régimen que rige a la mayoría de los países de Occidente
hasta ahora. Y se da la promesa del estatismo y de una política del reparto de
las riquezas por parte de la izquierda.
Se vive en medio de una gran confusión; se da por sentado que habría una clase de economía diferente a la actual, más justa, social y ecuménica. Una economía diferente, productora y también reguladora de los desequilibrios característicos del capitalismo. Con esto se ignora que la economía ancestral es una sola, la que nace en el trabajo de la tierra para producir alimento y en el trabajo y el ingenio humano para producir tecnología. La realidad básica de la supervivencia humana no tiene otros fundamentos que no fueran esos.
"Frente
a esta economía productora aparece una nueva especie de economía conquistadora,
que hace uso de la primera como de un objeto, alimentándose de ella,
reduciéndola a tributo o robándola. La política y el tráfico son, en los
principios, inseparables por completo; ambos se conducen en modos dominadores,
personales, guerreros, con un hambre de poder y de botín que supone una manera
totalmente distinta de ver el mundo –no desde un rincón, sino desde la altura–,
como se revela claramente en la elección del león, el oso, el buitre, el
halcón, como animales heráldicos. La guerra primordial es siempre rapiña, el
comercio primordial va siempre unido a saqueo y piratería." (Spengler, T. II, 580)
Se
debate, se lucha y se consume la vida en un juego inútil en el fondo; sólo es
preciso reestructurar la economía, cualquiera sea la que rija en el momento.
Porque no se logrará nada con aplicar ideologías desde que sólo hay una sola economía
posible: la de la tierra y el trabajo, la del ingenio y la tecnología. Sin tierra,
sin trabajo y sin ingenio, la humanidad perecería. Ahora bien, si esos tres
elementos se pervierten, entonces se comprueba que el mal no radica en la economía
productora sino en la economía conquistadora.
El
juego de opuestos en Uruguay –y en la región– no ha servido más que para
generar nuevas divisiones, pequeños partidos, algunos revolucionarios, otros
extravagantes, divisiones fundadas por lo general en sentimientos y no en
convicciones o programas convincentes. El objetivo es solo conquistar el poder
(el gran y único lema de los partidos en las elecciones nacionales), que en
Uruguay significa tomar las riendas que gobiernan la gran fuente de riqueza del
país que es el Estado. También significa la posibilidad de orientar los
beneficios hacia un lado u otro, que no es más que una pequeña manifestación de
la economía conquistadora.
Esta
confusión en Uruguay empieza a consolidarse a mediados del siglo pasado y llega
hasta hoy. Inicios de una paulatina pero grave decadencia económica y política
que desemboca en la dictadura del período 1973-1985. Y que, pese al regreso de
la democracia, y aunque parece estacionarse en el período de los últimos años
del siglo XX y primeros del siguiente, no registra una recuperación importante
y estable, e incluso se deteriora en lo ideológico y en lo cultural. Un proceso
que no conduce a la reconstrucción de la democracia, como era de esperar
después de la historia padecida, sino sólo a una repetición, a una prolongación
de los estamentos anteriores a la dictadura y sin el refresco de una revisión o
de alguna innovación que pudiera actualizarla y aterrizarla en la nueva época. Es
decir, la vuelta a las sombras de la gran confusión: suponer que se puede
gobernar el mundo de dos maneras diferentes, la del capitalismo o la del
socialismo. Estas dos maneras de la política y la economía en la cruda realidad
sólo resultan espectros engendrados por el juego de rivalidades que no nace de la
economía sino del afán de poder.
Las pruebas de que se trata del afán de poder y no del afán de reformar la economía existente ya están en el panorama que ofrecen en democracia los partidos políticos. El sistema de elección y renovación de sus figuras carece de todo tecnicismo. Se rige por la amistad, el "acercamiento" o la consanguinidad, cuando no por el respaldo económico de la figura. Aunque se respetan las disposiciones constitucionales y legales, el orden de base responde a la "familia", el grupo, la clase o casta. Por lo que las manos del gobierno pasan casi invisiblemente de manos de los sectores privilegiados por su alcurnia y su poder económico a manos de los partidos; y, de estos, a sus principales representantes o sector minoritario.
***
El panorama que puede comprobarse en el Uruguay es muy parecido al que había descrito Oswald Splenger refiriéndose a Europa de la modernidad y que amplía comparando las grandes civilizaciones del pasado, en una obra confeccionada entre 1918 y 1923: La decadencia de occidente. No es raro, afirma allí, que el proceso termine depositando todo el poder en el "séquito de un solo individuo", haciendo que el partido se desdibuje y que se colmen las expectativas en las disposiciones de unas pocas personas o en una sola.
Se
enquistan las relaciones, especialmente las que derivan de la historia
compartida, a veces desde mucho tiempo atrás, lo que conduce a respaldar la
gestión de unos pocos en lugar de hacerlo respecto a diferentes corrientes de
opinión. Una de las más importantes transformaciones que se experimentan por este
enquistamiento, es la que recae en la función del diputado, figura central del
espíritu democrático, garantía geopolítica de los intereses generales. Poco a
poco se convierte en representante del partido, no de la gente; y el partido en
el séquito de un individuo.
El
Parlamento deja de funcionar como centro de los debates y como generador de las
decisiones, para convertirse en el último eslabón en la que se oficializan decisiones
asumidas en círculos privados, como si se tratara de un "lavado de
decisiones". Y no es necesario referir el efecto que todo esto produce en
los dominios de la jurisprudencia y del poder Judicial. Pero no se puede hablar
de totalitarismo ni de tiranía, porque no existe un sistema político diferente
a la democracia que pueda evitar estos procesos; porque se comprueba en la
historia de los últimos siglos que los regímenes no democráticos, como el socialista,
también terminan en los "séquitos de un individuo".
Es
el sino o destino, como gusta llamar Spengler, de toda modalidad a través de la
cual quiera gobernarse a las multitudes. Hasta ahora no existe una forma de
organización política que sea capaz de evitar esta especie de embudo económico-político,
que no es sino la expresión de una cultura descaecida y trivial. Pues, a partir
de la voluntad de las mayorías, obligadamente se drena la historia de un grupo hasta
llegar a que prepondere la voluntad de una exigua minoría. Se dan así naturalezas
humanas diversas, positivas y negativas, y se cierran todos los demás caminos
posibles. La paradoja es clara: todos no pueden gobernar, pero uno solo no
puede reunir todos los talentos, virtudes, morales, vocaciones que se necesitan
para gobernar.
La
democracia no es más que un ideal que posee un gran poder de penetración en lo
concreto de la realidad social; es preciso reconocer que no es mucho más. Su
éxito depende de la posibilidad de reconocer el valor de la tierra como la
principal fuente del sustento humano, del trabajo y del ingenio. Y esta es la
gran garantía que ofrece, la ductibilidad, la libertad, la perfeccionabilidad. Es
un ideal porque choca con la naturaleza humana, que de por sí no es
democrática. Es no más que una aproximación al ideal, y sería una gran
aproximación si el ser humano no fuera una fuerza centrípeta tan fuerte.
Entonces sería la forma de lograr la convivencia definitivamente desarrollada y
madura.
Pero
no es la guerra, como afirma Spengler, lo que encontramos en la convivencia
como elemento capaz de generar ninguna fuerza positiva, "fuerza
invencible" (T. II, cap. V, I). Salvo que con este fuerte vocablo Spengler
quiera sugerir un evolucionismo darwiniano que, por otra parte, no estaría
correctamente interpretado. Quizá quiso referirse a la lucha contra la
adversidad, característica de la especie hombre, que sí es verdaderamente
creadora. Porque a través de ella el individuo produce obras mediante las
cuales alcanza la posibilidad de la supervivencia o, si se quiere, de
existencia cabal.
Es
por la fuerza de las obras que el ser humano se establece en el mundo. De lo
que se deduce que son ellas y no exactamente el individuo de por sí, ni la
convivencia en su dinámica social, lo que termina posibilitando la vida para
cada uno y para todos. Esta evidencia es la que echa por tierra todo idealismo
individualista y todo idealismo socializante. Es lo que existe en la realidad
concreta y única, pues hay una realidad primera: la que producen las obras que
nacen en la competencia con el medio y a partir del afán (no de la guerra) de superar
los antagonismos del mundo; de transformarlo en beneficio del hombre –como trabajo
y como técnica, es decir, como conocimiento.
No
se trata, pues, ni de idealismo ni de materialismo, ni de individualismo ni de
socialismo, sino de la fuerza de las obras. Las obras que produce el ingenio,
el conocimiento, los sentimientos, la moral, el valor, etcétera, son el
componente fundamental de la existencia humana, su "fuerza
invencible", no la guerra, no el individuo aislado, no la sociedad que es
impersonal, que es sólo el concepto que corresponde a la convivencia, una
realidad que carece de conciencia y no puede ejercer otra fuerza que no sea la
de su sola inercia (para gobernarla está la política, la educación, las
instituciones).
Toda
relación que se arrogue la condición de ser creadora no puede nacer de lo que
suponen como fundamento las ideologías políticas en curso hoy en día. Ni la
concentración de la voluntad general en la sola dimensión estatal, ni la
desconcentración y diseminación en dimensiones particulares. No puede jerarquizarse
ni la iniciativa privada ni la pública, como si una u otra pudiera erigirse
como fuerza verdaderamente creadora. Sin obras ninguna puede nada, y las obras
son iniciativa de algunas personas, individuos completos, terminados de hacerse
a sí mismos. Entonces sí se puede hablar del creador, de quien produce obras
para la existencia humana.
***
Según Spengler, la guerra es el factor que
caracteriza la evolución o historia de una civilización cuando se agotan sus
reservas creadoras y multiplicadoras. Pero, vemos guerras en toda la línea de
evolución histórica, al principio, en el auge y al final de cada una de esas
civilizaciones. Es evidente que no es la guerra sino la permanente y trabajosa
intermediación del hombre y el medio lo que induce esa conclusión errónea.
No
es la guerra en el sentido usual que asignamos a este terrible vocablo, quizá,
lo que se esconde en la reflexión de Spengler, o lo que habría que sustituir.
Bien se sabe que sólo es destructora y, si creadora, sólo de desgracias y
grandísimas calamidades. Y que, si por ella se acelera la velocidad de los
descubrimientos y de las innovaciones tecnológicas, por otro lado, su
desarrollo, de muerte y destrucción, atrasa considerablemente la aplicación de esos
descubrimientos e innovaciones, que pueden seguir un derrotero diferente y en
paz.
Pero
Spengler rescata algo fundamental: la historia personal (T. II, 539), la
de un tiempo que permite distinguir entre "vivir una cosa y conocer una
cosa" (T. I, 118): "entre la certeza inmediata, que proporcionan las
varias clases de intuición –iluminación, inspiración, visión artística,
experiencia de la vida [etcétera]– y los resultados de la experiencia intelectual
y de la técnica experimental" (ib.).
Ahora
bien, la sociedad, aunque se la quiera comparar con un organismo, no puede
"vivir una cosa", y menos "conocer una cosa". Si lo hace es
por intermedio de los individuos. Pero, aunque todos pueden "conocer una
cosa" de manera que, para todos, el conocimiento resulte igual o
semejante, no pueden "vivir una cosa" de la misma manera, pues
resultarían cosas diferentes. De lo que surge con clara evidencia el saber como
resultado indefectible del vivir, el saber en tanto "conocer una
cosa" en el "vivir": un proceso que sólo experimenta un
individuo y que es único. No único en el sentido extraordinario, bueno, bello,
valioso, sino en el sentido simple en cuanto uno, unitario, singular.
El
significado de este término, si se consulta el Diccionario de uso del
español de María Moliner, ya lo dice todo: "Solo. Se aplica a una cosa
o varias de las cuales o de cuya especie no hay otras" (p. 1421). La
manera única es aquella de que se puede hablar si se tata del saber o
conocimiento personal. Esta diferencia es la mayor dificultad para cualquier
investigación psicológica o sociológica. Es el rompecabezas de la psicología
por la dificultad de establecer pautas generales que no sean sólo las de un
caso particular dado. Y el de la sociología por el acecho a cada paso de las
pautas particulares en las que se puede caer invalidando toda conclusión. Sólo
una psicosociología renovada o una vecicología, si se permite el
neologismo, estaría en condiciones de auspiciar un resultado alentador.
REFERENCIA:
SPENGLER, Oswald (2025). La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la historia universal, Barcelona, Espasa.
Enero de 2026.

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