domingo, 10 de mayo de 2026

RICERCARE

 


Las preguntas más importantes, por ejemplo, de dónde venimos y adónde vamos, qué hacemos aquí y para qué, etcétera, no deberían acaparar nuestra atención. No habría que preguntar adónde vamos sino en dónde nos quedamos, y para siempre, aunque tengamos que mudarnos de planeta.

Porque la misión del hombre sobre la tierra es la de rendir cuenta del universo. Es lo único que sabemos en cuanto a los grandes interrogantes. Si lo descubre y describe la existencia toda no quedará atrapada en la noche impenetrable de lo que sólo es para sí. 

Está en este mundo para satisfacer una necesidad básica: revelar lo que existe, correr el velo que lo oculta a las miradas de quien pueda ser el testigo, el contemplador del universo. 

El hombre es su contorno, el universo el dintorno, al revés de lo que pensamos. En la realidad práctica, el universo no rodea al hombre, sino el hombre al universo. Porque es el espectador desde todos los ángulos que le permite su ciencia. Al lado del infinito del universo no es nada, pero sin él las estrellas y las galaxias sólo existirían para sí mismas, encerradas en la inmensa esfera de lo desconocido. 

Entre las grandes aspiraciones del hombre ¿se encuentra el afán de prosperar, de desarrollarse, de alcanzar una meta superior, es decir el afán de trascender?

La historia lo muestra queriendo mejorar todo lo que le ayuda a sobrevivir con felicidad: conocimiento, tecnología, sensibilidad, moral. En efecto, lo muestra queriendo superarse, ennoblecerse, lo que sólo logra por momentos para enseguida volver atrás. 

Concibe un estadio más alto que el que ocupa la civilización a la que pertenece, y que cree poder alcanzar con empeño y esfuerzo. Como si se tratara de recorrer un camino recto cuyos mojones más avanzados distingue con claridad y le mueven a esforzarse por alcanzarlos.

La historia humana se representa, justamente, mediante una línea recta cuyo puntos simbolizan las diferentes épocas. O dos semirectas que coinciden en su origen, una que apunta al pasado y otra al presente, iniciándose con la aparición de Cristo. 

Sin embargo, esta línea no muestra el verdadero movimiento que traza la humanidad en la historia. Algo muy importante queda afuera de esa gráfica de semirrectas que parecen señalar el paso del tiempo y no el del hombre. 

La representación debería mostrar el impulso milenario por adecuar la situación humana en el planeta y en el universo de la mejor manera. No el avance envuelto en el tiempo sino el que se realiza en forma independiente de ese fantasma con el que lo humano necesita mezclarse irremediablemente. 

El sueño del sujeto humano, el bienestar y la felicidad, aun el más allá, la eternidad y el infinito, no están en ningún tiempo futuro que haya que esperar. Pues no pasa el tiempo sino el hombre. 

Sólo tiene que ajustar los términos de su situación en el mundo, refinar sus correspondencias con el entorno, completar el testimonio que desde el inicio se impuso presentar ante la posteridad. Pues su evolución y su desarrollo, el movimiento que le permite trascenderse a sí mismo, traza una figura más bien curva. El de una trayectoria que se desvía cada vez más hacia un centro, no el de una recta que no se sabe a dónde conduce. Hay un centro que define su dirección, al cual dando giros se aproxima sin alcanzarlo. 

La curva no sugiere que tenga que llegar a dominar el mundo conocido, a alcanzar el máximo de bondad y sabiduría. Pues las curvas inducen a pensar en el recogimiento y no en la expansión, en la renuncia a abarcar los grandes horizontes y a ensimismarse en lo más sencillo y a la mano.

En cambio, sugiere una mayor precisión, la que proporcionan las aproximaciones al objeto que se desea conocer. Sugiere también una apropiación adecuada del lugar que ocupa, su verdadero título de propiedad. Él mismo es el escribano que con su firma autentifica los desarrollos, los dominios y los poderes del universo. Es el testigo de cargo del todo que encuentra en el banquillo de los acusados. 

El universo es como es, pero no lo sabemos. Sabemos de él por lo que dice el hombre y que cambia con facilidad. En la medida en que lo que dice se perfeccione, sea más preciso, satisfaga si curiosidad infinita, más se aproximará al centro que esconde toda la trascendencia, la fuente primigenia que quizá encierre la razón última. 

Esa razón tan trabajada ¿ya no será necesaria? ¿Nos manejaremos sólo con la pasión? No será cuando se sepa todo, cuando ya no haya misterios, pues es altamente probable que eso no sea posible. Todo induce a pensar que será cuando se alcance la fuente de la que dimane el reflejo más puro, la imagen más bella, el sentimiento más digno. Cuando el más allá nos resulte el más familiar de los lugares.



La valla cultural

RICERCARE

  Las preguntas más importantes, por ejemplo, de dónde venimos y adónde vamos, qué hacemos aquí y para qué, etcétera, no deberían acaparar n...

MÁS LEÍDO