domingo, 3 de marzo de 2019

THOMAS CARLYLE Y LA CRÍTICA DE LA APARIENCIA



Hoy es difícil adherir a los principios fundamentales del idealismo, en cualquiera de sus variedades en la historia del pensamiento. Y aún más difícil si se acompaña de otras cualidades reñidas con el sentir actual más extendido, espiritualmente incrédulo, estereotipado e irreverente. El aficionado a lo práctico, material y utilitario puede privarse de la belleza propia de algunas concepciones idealistas, quedar al margen del vigor y el optimismo que transmiten, e ignorar algunas proposiciones que vuelven a cobrar vigencia y hasta admiten el rigor antiespeculativo de la ciencia fáctica, aunque parezca paradójico.
          


Resulta lamentable privarse de esa faceta, que ocupa buena parte de la historia del pensamiento, al quedar marginadas muchas expresiones estupendas, imágenes armoniosas que iluminan concepciones y teorías. Es posible admirarlas, aunque no se suscriban, como labor honesta y producto superior de la inteligencia. Por otra parte, suelen presentarse en moldes literarios brillantes aplicados con felicidad a argumentos y animados con vehemencia por sentimientos entrañables y convicciones intuitivas. ¿Acaso lo bello no integra el complejo de la verdad? Con frecuencia se relaciona lo verdadero, lo bello y lo bueno, haciendo que cobre la figura de una totalidad satisfactoria y sintética lo lógico, lo ético y lo estético. Si sólo falta uno el sistema renguea, la persuasión se vuelve difícil y el encanto se esfuma. Como la obra de arte renueva el aire del espíritu, la obra de pensamiento renueva el que respira la mente común, con lo que logra generar novedades y producir descubrimientos.

IDEALISMOS

¿Quién hoy no admira a Platón, el primero y más exigente de los idealistas? Sin embargo, es difícil admitir que percibamos sólo la sombra de las cosas y no su cuerpo, cuya esencia el filósofo griego encontraba sólo en las ideas. Esto es refinado y profundo, pero a la vez sencillo puesto que se refiere a la cualidad primera de toda cosa, algo que resulta bello por donde se lo mire. En gran parte, esta belleza se desprende de la sencillez de la teoría, porque despeja de las cosas sus complejas facetas y múltiples reflejos y colores. Quizá es por esto que aún se admire a Platón, no sólo por la proverbial capacidad para razonar y extraer conclusiones inesperadas y luminosas, aunque parezca rendir mejores créditos el materialismo de las circunstancias. Algunos pensadores, en una época todavía impactada por la Ilustración, defendieron la idea como fundamento de todas las cosas sólo por desafiar el imperio de la realidad cruda e impositiva, la fuerza incoercible de la vanidad y el mal, los defectos congénitos de la condición humana, en primer lugar, la ociosidad y la aversión al trabajo propias del espíritu inconstante e inconsecuente. A propósito, hemos enumerado algunos de los ítems del ideario de Thomas Carlyle (1795-1881), inscripto en una filosofía capaz de contrarrestar los materialismos y realismos excesivos antiguos y modernos. Éstos responden más a las suspicacias del bolsillo que a las del conocimiento, una de las causas por las que proliferan idealismos y espiritualismos vulgares, desviaciones supersticiosas de toda índole, como las que son objeto de sagaz crítica por parte de Carlyle.
¿En qué consiste su idealismo? Según José Ferrater Mora (Diccionario), consiste en la reacción y el combate inteligente y directo ante “las orientaciones materialistas y naturalistas y, sobre todo, el utilitarismo”. Ese combate es su principal objetivo, y puede preguntarse qué haría aquel que deseara liberarse del fervor por los bienes terrenos, del celo inconsciente que produce el estatus social y el afán desmedido por prestaciones y privilegios reservados a unos pocos. Pues, hay una respuesta y consiste en la contrapartida: los bienes espirituales. En Carlyle no significan indiferencia ante la pobreza ni ante la realidad obrera o las desgracias de su tiempo. Sin embargo, no suscribe ninguna teoría política novedosa ni adhiere a la corriente humanizadora de la economía, para entonces en boga, como la que encontró Marx en La filosofía de la miseria de Proudhon, que calificó de falsa en su Miseria de la filosofía.

EL IDEALISMO DE CARLYLE

No es prédica religiosa ni autoayuda inspirada en la Biblia, desdén por el goce corporal ni estoicismo o escepticismo de los que se hallan en todas las épocas. Hay mucha religión en Carlyle, pero no desprecio de las dádivas que puede ofrecer la vida sensible. La fe se acompaña de la razón y su austera moral se inscribe en el puritanismo moderado de la época y el lugar, que predica el trabajo como el mayor de los valores humanos. Dedica un acendrado elogio a este punto y se refiere con insistencia a su importancia en la consagración de la personalidad y la gestión vital del ser humano. Hace su apología con la célebre sentencia “trabajar es orar”[1]. El procedimiento consiste en aconsejar el camino señalado por las grandes consignas del idealismo si se anhela la felicidad que puede encontrarse en la vida.
La principal consigna en este sentido, símbolo de su concepción filosófica, es la siguiente: “Todas las cosas visibles son emblemas. Nada de lo que ves existe por su propia voluntad, de manera que en rigor no existe realmente, pues la materia no tiene realidad sino para representar y dar cuerpo a una idea.” Contribuye con una nota de neoplatonismo cuando agrega que la existencia terrenal del hombre, no más que un emblema, es en definitiva “un vestido que se hace visible a su Yo divino”, “semejante a una chispita de luz que desprendiéndose del cielo viene a caer en la tierra”. Carlyle, pues, no escapa a la cosmovisión de su tiempo y a una religiosidad que impregna completamente su ontología, con lo que paga un fuerte tributo a la vieja tradición cristiana en tanto ve al hombre como reflejo de altos poderes sobrenaturales, y al universo como “el pensamiento de Dios hecho forma”[2].
Una nota emanatista, digna de Plotino, influye en Carlyle a través de los filósofos y poetas románticos alemanes como Fichte, Schelling, Goethe y Schiller (conocía bien su lengua). Rinde pleitesía a un ser eterno, sólo inteligible, del cual deriva todo lo sensible. Pero, si desatendemos esta nota por un momento veremos surgir una notable perspectiva: la crítica de la apariencia. No sería exageración afirmar que esta crítica sobresale por sobre todas las otras y resulta lo más admirable en la obra del filósofo y consagra su vigencia, aunque hay otras muy significativas de carácter ético. La realidad no responde a lo que percibimos por los sentidos corporales, pues “toda apariencia es como una vestimenta para la idea divina del universo, para aquello que mora en el fondo de esa apariencia”. Pero Carlyle no se limita a la “idea divina del universo” y va una y otra vez a la idea humana con el fin de encontrar en ella la verdad oculta por los sentidos. No le inquieta sólo el fundamento celestial sino, y quizá con mayor fuerza, el fundamento filosófico.
La idea es imprescindible a la acción, a los actos y a sus resultados concretos: “No se hizo un ladrillo sin que antes un hombre pensase en hacerlo”. La realidad es la idea; lo que corrientemente tomamos como realidad no es más que un emblema, un signo, una señal de que hay otra cosa que está por encima, o por debajo, de todas las otras y que constituye lo real, en el sentido de lo verdadero o de la verdad. Esta palabra debe ser tomada en lo que se refiere a lo que existe sin lugar a ninguna incertidumbre. La crítica de la apariencia, o de la realidad sensible, aproxima a Carlyle a la crítica kantiana, que no se ocupa del objeto sino de la forma en que se lo discute. Por momentos es un crítico social interesado en la verdad que importa al hombre individual en su vida práctica.

LA REALIDAD VERDADERA

El ser humano es frágil y su fuerza instintiva insuficiente para enfrentar lo que le espera en la vida. Necesita prepararse con ahínco y librar una lucha sin cuartel durante toda su existencia, pero es víctima de tendencias que lo anquilosan en la ociosidad y lo enajenan en la maldad. En general, no es consciente del camino que debe transitar y, así como los emblemas de la apariencia le engañan en el conocimiento que cree adquirir, también le engañan las luces de la vida en sociedad y las propias de su yo interior. Todo es apariencia. Este inconveniente, cuya solución depende de sí mismo, y no de Dios[3], lo convierte en psicólogo más que en predicador, en filósofo más que en teólogo.
Una primera evidencia cruza el arco completo de su reflexión: estamos hechos de la misma materia de que está hecho el universo y, como correlato, el pensamiento y la acción de los individuos humanos provienen de los demás humanos. Asoma aquí lo moderno en Carlyle, en medio de su vocación religiosa, pero sin adherirse del todo a la tendencia secularizadora iniciada en el Renacimiento. Desaprueba algunas aristas de la Ilustración, a la par de las quejas de Montesquieu al respecto, desconfía de la democracia, sin llegar a la intransigencia pro monárquica de Louis de Bonald, estimando la poesía y la literatura por sobre la razón abstracta, en un estilo semejante al de Gianbattista Vico[4]; y no aprueba el fervor mecanicista de la Revolución Industrial. Para no confundir estos rasgos con los de otros idealismos, conviene desvincularlo del individualismo al pie de la letra, reivindicado por la Ilustración en lo que atañe a los derechos del ciudadano, pues no niega la influencia de la estructura social y del statu quo sobre las partes, aproximándose así a lo que en el siglo XX se consolidará como personalismo, sobre todo en Francia (Mounier, Maritain y otros). También es ajeno al inmanentismo moderno, ya que, si bien insiste en el poder de la conciencia, su credo admite la participación de lo que está más allá de ella, lo trascendente. Su pensamiento, pues, cabe dentro del marco de una crítica de la razón que constituye incluso hoy la cara perdurable del idealismo. Es la obra de una vida sacrificada, combinación de experiencia concreta y reflexión auténtica forjada a sangre y fuego debido a las pesadas condicionantes de su origen humilde[5].
Una segunda convicción de Carlyle se encuentra en la idea de tiempo. A su intuición respecto al parentesco entre el cosmos y la naturaleza humana se agrega una especial interpretación de este concepto. No le convence como categoría inherente al hombre (Kant), pero tampoco la noción física que se desprende de la ciencia (Newton). Sugiere cierto relativismo al sostener que el mundo es “un mundo del tiempo”, de lo que se desprende que hay un tiempo que es mundo, vale decir, una dimensión no sólo habitada sino también modelada por el hombre, y espacial como se piensa hoy y después de Einstein. Resulta verdaderamente notable su predilección por el concepto de cambio frente al de flujo: lo que se percibe no es el paso del tiempo, de alguna cosa que de todas maneras no se ve ni se oye ni se puede tocar; lo que se percibe es el cambio: “Verdaderamente, no existe en este mundo cosa muerta; lo que llamamos ‘muerto’ no ha hecho más que cambiar de estado”.
La misma vida es un desprendimiento del tiempo, con lo que Carlyle dibuja una teoría novedosa en la que este debatido concepto es tratado a la manera del siglo XX. Invoca la percepción del observador haciéndola responsable del fenómeno, pues para la naturaleza no hay pasados, presentes o futuros: “La vida es tejida en el maravilloso telar del tiempo y está formada, por así decirlo, por una cadena de luces, interrumpida en ocasiones por la oscuridad misteriosa de la noche, de modo que solamente aquel que la ha creado la puede comprender.” Tras el tiempo está escondido el saber humano, que no es cosa del pasado ni de nada que se haya ido a otra dimensión. La conciencia individual debe advertirlo; es un todo que está aquí y ahora: “Porque, quiero insistir en ello, todo lo pasado implica la posesión de lo presente; lo pasado siempre tuvo algo de verdadero, y constituye un dominio precioso. En época y lugar distintos siempre fue [hubo] alguna fase de nuestra común naturaleza humana que, desarrollándose, se ha manifestado a sí misma. Lo verdadero actual es la suma de todas ellas; ninguna constituye por sí sola lo que fue desenvolviéndose de la humana naturaleza y manifestándose hasta estos momentos. Y deben conocerse todas para no interpretarlas mal.” El hombre es “hijo del tiempo.”
“Ese grande arcano que llamamos tiempo es cosa ilimitada, silenciosa, infatigable. El tiempo corre rodando, lanzándose rápido, callado como las mareas de los océanos, que avanzan abarcándolo todo y sobre las cuales nosotros y el universo entero flotamos como exhalaciones, como apariciones fugaces dotadas de un breve instante de vida.” Esta imagen se alterna con la más famosa del río: “Lo que una vez ha sucedido, existe, confundiéndose ya con el universo infinito, sin dejar de ser activo eternamente, pues actúa ya en todo tiempo, de manera franca o encubierta, para el bien o para el mal. Así la vida del hombre, de todo hombre, puede ser comparada con el curso de un torrente, en que los prístinos hilos de agua que le dan origen son para todos perfectamente visibles, pero no así la última parte del curso, donde el torrente se hunde por fin en la llanura, pues entonces su curso solamente será visible para el omnisciente.”
La imagen aparece en Mauricio Merleau-Ponty un siglo después, aunque sin seres omniscientes: “El tiempo supone una visión, un punto de vista […] No es, pues, una corriente, no es una sustancia que fluye. Si esta metáfora pudo conservarse desde Heráclito hasta nuestros días es porque, en la corriente, ubicamos subrepticiamente un testigo de su curso […] Si el observador, situado en una barca, sigue el hilo del agua, bien puede decirse que desciende con el curso del agua hacia su futuro, pero el futuro son los paisajes nuevos que le esperan en el estuario, y el curso del tiempo no es ya la corriente misma: es el desenvolvimiento de los paisajes para el observador en movimiento. El tiempo no es, luego, un proceso real, una sucesión efectiva que no me limitaría a registrar. Nace de mi relación con las cosas. En las mismas cosas, el futuro y el pasado están en una especie de preexistencia y de supervivencia eternas; el agua que pasará mañana es en estos momentos en sus fuentes, el agua que acaba de pasar está ahora un poco más abajo, en el valle. Lo que es pasado o futuro para mí es presente para el mundo.”[6] No hay cosas que fluyan sino sólo cambios, y se trata del río de Heráclito tanto como del ahora de Parménides, en el que está todo lo que es y lo que se supone que ya no es. La fórmula de este relativismo sería: nada pasa y se va, sólo cambia y se queda. Merleau-Ponty subraya es en está para denunciar la presencia del pasado.

LA OBLIGACIÓN DE SER VALIENTE
    
“Existe un deber sempiterno, constante, así en nuestros tiempos como en los pasados, como en todas las épocas: el deber ser valientes […] El primer deber del hombre es y debe ser siempre el de dominar, el de subyugar el temor. Presa de los lazos del temor no podremos jamás obrar libremente ni de modo alguno. Bajo el influjo del miedo, las acciones todas del hombre lo son del esclavo, no verdaderas sino aparentes”. Concibe el desempeño del hombre bajo la sola tutela de la autonomía individual, y espera de ella todo lo que se necesita para resolver los problemas y encontrar el camino correcto. No hay lugar a expectativas respecto al prójimo ni a los gobernantes, a quienes no dirige reclamo alguno. El hombre de Carlyle es un ser solitario, autosuficiente y poderoso, y se dice que influyó fuertemente en Nietzsche y en Unamuno[7]. Basta un solo aforismo para comprobarlo: “¿Qué es el hombre fuerte? Es el hombre dotado de cualidades de método, de conciencia y de valor, que son la base de la sabiduría; es el ojo que ve y es el brazo que actúa.”
            Este elogio del valor no se refiere, como sería de esperar, al arrojo del guerrero o del aventurero sino, en un sentido menos extremo, al valor que corresponde a cualquier individuo en la vida corriente: “El hombre valeroso que lucha como un bravo obtiene siempre, aunque sólo sea de tarde en tarde, algún pequeño triunfo, y ya es bastante para alentarle a proseguir.” No valora la intrepidez ante la muerte sino algo que tiene que ver con su opuesto: “El valor que apreciamos y que para todos deseamos no es el valor de morir dignamente, sino el valor de vivir virilmente.”
Junto a la apoteosis del valor, sin embargo, Carlyle recomienda la humildad y rinde culto a dos tipos de virtud para él decisivas en una vida encauzada en el sentido de la felicidad: la obediencia y la admiración. En cuanto a la primera, cuya defensa Carlyle ejerció dentro del marco firmemente puritano al que adhería casi inconscientemente, parece necesario advertir la intención de hacer jugar el par de opuestos obediencia-deber. No se puede volcar el peso de esta convicción, sin más, en el cuenco del calvinismo a la sazón en boga, aunque Carlyle lo haya aceptado, el espíritu religioso que en el siglo XVI hubo de llevar a muchos ingleses a rebelarse contra el anglicanismo reinante y reivindicar la humildad y la obediencia primitivas: “Obedecer es el deber nuestro, es nuestro destino, y aquel que no quiere someterse a la obediencia será necesariamente despedazado. No será nunca demasiado pronto para imprimir en nuestra mente, de la manera más profunda, la máxima de que nuestra voluntad en este mundo, enfrentada al deber, no cuenta absolutamente para nada, y esto en la mayoría de los casos.”
Carlyle desprecia el pesimismo: “Es el corazón el que ve, antes que los ojos puedan ver; sepámoslo; y sepamos además que solamente el bien es inmortal y siempre victorioso, y que la confianza es cosa firme y cierta en esta mansión de la esperanza.” El optimismo y la fe en la justicia son sellados por muchos aforismos, por ejemplo: “nada de lo que es injusto puede en este mundo durar”, o “la injusticia es el peor mal de todos, y algunos dicen que es el único mal”. Porque “¿Qué es la injusticia? Es un nuevo nombre del desorden, de la falta de verdad, de la irrealidad”. Se oye una nota moral que parece vibrar en armonía con otra epistemológica, como en casi todos los argumentos del filósofo, consagrando un intento de integración del saber. Ante el pesimismo opone la admiración: “Siente el hombre la más viva de sus alegrías en la admiración, apenas se le ofrece motivo para ella. Nada lo levanta tan por encima de las mezquindades de su vida cotidiana como admirar, sea lo que sea o a quienquiera que sea.” A la humildad y la obediencia agrega la paciencia y la perseverancia: “Trata de reconocer el valor de la paciencia, la perseverancia, la obediencia pronta, la humildad en reconocer los propios errores, con la resolución de mejorar: sólo harás tuyas estas virtudes luchando con las fuerzas de la realidad.” Obsérvese aquí también el sutil lazo entre espíritu y materia.
Dios, la omnipotencia divina y la remisión al origen superior de todo lo que existe están presentes a lo largo y ancho del discurso, pero no en el estilo en que podría hacerlo un escritor ortodoxo que se abandonara al proselitismo generando una conversión disimulada o falsa. Carlyle es más fino e interpone siempre la voluntad del hombre, como podría hacerlo un filósofo agnóstico. Entre teólogos, esta particularidad excepcional, que humaniza el culto y reconcilia a creyentes y no creyentes, puede encontrarse, por ejemplo, en el teólogo uruguayo Juan Luis Segundo. El principal objetivo es advertir sobre las trampas no sólo de la fe adventicia o copiada sino de la acción de los mismos hombres, de la sociedad y de los gobernantes. “Se puede afirmar que el hecho de que los charlatanes logren el predominio indica ya que el corazón del mundo está falseado. El impostor es falsedad; pero su víctima tampoco es la sinceridad: la primera y la mayor de sus víctimas es él mismo, en realidad la más falsa de todas.” “Jamás la impostura ni el charlatanismo dieron vida a nada, sino que llevaron gérmenes de muerte a todo.”
Es incorrecto identificar al barrer todo idealismo con lo ingenuo o con la fe divorciada de la razón (fideísmo, salvación sólo por la fe), convirtiéndolo en una construcción abstracta, como suele hacerlo el materialismo vulgar, un acérrimo antropomorfismo o la ceguera, causante de fanatismos y debates inútiles. Aunque, sin duda, existen idealismos infértiles y aun nefastos, algunos como el de Carlyle tiene los pies puestos en la tierra y no se enfrenta al materialismo con vehemencia sino, más bien, al utilitarismo: “La utilidad benthamista es la virtud por la regla de tres, por la partida de ganancias y pérdidas, reduciendo la creación divina a una inanimada máquina de vapor, o bien el alma infinita y celestial del hombre a una balanza que de igual modo sirve para pesar el heno y los cardos, como inclina el fiel al depositar en ella la carga de dolores y placeres.” El hombre se define por algo más que la utilidad: “el hombre de verdadero talento, según yo opino y sostengo, es al mismo tiempo el hombre de corazón noble: el hombre justo, humano, valiente, en fin.” No hay desprecio por la realidad terrestre y social sino, todo lo contrario, denuncia de sus facetas corrompidas por la acción de los charlatanes e hipócritas.

TESIS SOBRE LA HISTORIA

Carlyle remite el origen y desarrollo de la historia humana a la gestión de lo que llama “grandes hombres” o “héroes”. Nada de causas biológicas (“Poca importancia doy al progreso de las especies”), de factores sociales (cree más en el individuo que en la sociedad y sus manifestaciones masivas), económicos o ideológicos; quienes han producido, gestionado y desarrollado la aventura humana han sido unos pocos, a quienes Carlyle dedica intensa y extensa reflexión en describir y explicar. La tesis número uno es la siguiente: “A mi modo de ver, la historia universal, lo realizado por el hombre aquí abajo, es, en el fondo, la historia de los grandes hombres que entre nosotros laboraron. Modelaron la vida general grandes capitanes, ejemplos vivos y creadores en vasto sentido de cuanto la masa humana procuró alcanzar o llevar a cabo; todo lo que vemos cumplido y atrae nuestra atención es el resultado material y externo, la realización práctica, la forma corpórea, el pensamiento materializado de los grandes hombres que vivieron. Su historia, para decirlo claro, es el alma de la historia del mundo entero.”
            Enmarca esta tesis en el cuadro de su concepción del “héroe”, la encarnación del factótum de la historia, gran asunto desplegado en la pintura mural de los grandes hombres. Pero es de rigor establecer algunas precisiones al respecto, porque para Carlyle el héroe tiene rasgos exclusivos. Si bien gravita en estos rasgos todo el peso de la tradición clásica, con la noción de héroe homérico en el sentido de las hazañas, y shakespeariano en el sentido de las pasiones, sin embargo, media entre ellos una nota mental que podría provenir de su gran admiración por Dante: “Héroe es aquel que vive dentro de la esfera íntima de las cosas, en lo verdadero, en lo divino, en lo eterno, en lo invisible para los más pero cuya existencia es perenne”; ahora bien, el héroe tiene que descifrar este misterio y hacerlo público, pero, ¿cómo lo hace? Afirma que “lo hace público por obra o de la palabra, o como mejor juzgue declararse al mundo”. El mito puede brindar la ilustración perfecta, por ejemplo, Odín: “un gran maestro, un capitán de cuerpo entero”, así como muchos de los personajes de la literatura. Es un ejemplo de héroe el escritor, el sabio, aquel que “viene adornado de aquellas ingenuas cualidades que constituyen el más precioso don de la misma naturaleza: la sinceridad, el espíritu de realidad y la buena fe…”; sostiene que ellos han forjado la historia. Nada de lamarckismo ni de teorías de la evolución, nada del empirismo cultivado por sus paisanos escoceses Ferguson o Hume, nada de darwinismo social, aristotelismo o nominalismo; nada de materialismo mecanicista, de Gassendi o de Feuerbach. Y, si llegó hasta él, no figura en el marco teórico el materialismo dialéctico. Carlyle es una isla que vive en otra isla.     
            Sabe adornar el carisma, pese a la reciedumbre atribuida al héroe: “Lejos de nosotros pretender que una seriedad exagerada sea condición esencial de la grandeza, que todo hombre deba siempre guardar un aire severo, sin permitirse nunca la menor alegría.” Le asigna “la facultad de amar y de admirar”, asunto muy importante para quien gusta humanizar todo lo que en el mundo encuentra de frío y frívolo, o corrompido por la tendencia que suele llamar mefistofélica. Pero no hay paz para el héroe y le espera, como contrapartida de su humanidad acendrada, “una marcha fatigosa, una batalla con príncipes y potentados”. Su, vida no es “una danza alegre” ni “un paseo placentero a través de un aromático bosque”. A los atributos del héroe convencional agrega “la agudeza del intelecto”, y véase si con esto Carlyle no introduce algunos de los rasgos del culto romántico al genio, el héroe de Goethe y Schiller, sobre el cual Harold Bloom señaló una diferencia esencial: El talento no debe ser original, el genio, debe serlo.”[8]
            “Cuando leemos bien a un poeta, somos todos poetas. La imaginación caldeada por influjo de la lectura del Infierno, en la Divina Comedia, ¿no tiene una facultad parecida a la del Dante, exceptuando la intensidad?” A través de su incursión por el “otro mundo más sublime y misterioso […] Dante aparecía con la rigurosa certidumbre de una demostración científica […] rompió al fin su corazón el helado cerco que lo oprimía y se desbordó en un torrente de voces y cantos místicos”. La “condición primordial” que tenía que resolver, el “espíritu de todo heroísmo: penetrar a través de las cosas, hasta la esencia de las cosas mismas”. El héroe debe dejar de lado “el uso, la costumbre, la tradición, la fórmula”, asuntos muy respetables, pero, “¿hemos de considerar buenas o no estas cosas?” Porque si no se corresponden con ni reflejan “algo con que deben corresponderse” y “no cumplen esta condición”, entonces, “por muy respetables que tales cosas sean, resultarán a la postre, y sin término medio, idolatrías, trozos de madera pintados con pretensión de figurar dioses, escándalo y abominación de toda alma recta y devota de verdad.”




REFERENCIAS:

[1] Thomas Carlyle, Apuntes sobre la vida heroica, Biblok Book Esport, s.l., Ingenios, España, 2017, edición de Pedro Gómez Carrizo, traducción de Eusebio Heras; todas las transcripciones pertenecen a este libro. Debe señalarse que es una antología con algunas erratas comprometedoras. Otra edición en español: Sobre los héroes: el culto al héroe y lo heroico en la historia, España, Athenaica Ediciones Universitarias, 2017, traducción de Pedro Umbert.
[2] El poeta y filósofo uruguayo Emilio Oribe se mira en el mismo espejo: “Que una sola Idea resplandezca en mí, y os devolveré el universo que habéis construido en mí, oh sentidos engañosos, ¡máscaras adorables!”; Poco importa ser hombre; lo que vale es ser una idea encarnada”, en La Dinámica del Verbo, Montevideo, Impresora Uruguaya, 1953, p. 134.
[3] Carlyle responsabiliza al hombre toda vez que, como cultor de la fe, habría podido remitir su suerte a los secretos de la providencia. Incluso, prefiere fijarse en los problemas que le presenta su entorno (como podría hacerlo un filósofo, por ejemplo, José Ortega y Gasset): “es el hombre el artífice de su propia felicidad. Esta verdad tiene, sin embargo, un segundo aspecto, y es que las circunstancias que rodean al hombre están formadas por los elementos en que éste vive y actúa, de modo que a su vez son las circunstancias que rodean al hombre las que le prestan su apariencia y le modifican en cada una de sus manifestaciones prácticas. Así puede decirse también, en otro sentido, aunque tan cierto como lo primero, que las circunstancias hacen al hombre”, ib., p. 141.
[4] Cf., Tzvetan Todorov, El espíritu de la ilustración, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2017, pp. 27 y ss., y p. 80.
[5] Vivió su infancia y primera juventud en la pobreza, en el pequeño pueblo de Ecclefechan, en el condado de Dumfries, Escocia, y nunca llegó a gozar de la holgura económica que merecía por sus esfuerzos. Eso no le impidió estudiar toda su vida, concurrir a la universidad y llegar a ser nombrado rector honoris causa de la Universidad de Edimburgo. Fue reconocido en Europa principalmente por su novela, Sartor Resartus, publicada por entregas entre 1833 y 1834, título aproximado: El sastre remendado, en la que se burla del idealismo en boga y denuesta al utilitarismo. Su copiosa obra incluye la Historia de la revolución francesa, de 1837 y una autobiografía, Recuerdos, publicada el año de su muerte.
[6] Mauricio Merleau-Ponty, Fenomenología de la percepción¸ Barcelona, Península, 1975, p. 419.
[7] Carlos Clavería, Unamuno y Carlyle, http:/www.cervantesvirtual.com/descargaPdf/unamuno-y-carlyle.
[8] Harold Bloom, Ensayistas y profetas, Madrid, Páginas de espuma, 2010.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

JOSÉ PEDRO VARELA Y EL TORMENTO DE TÁNTALO



Que la falta de educación es la principal causa de los males sociales es una verdad reconocida por todos, e incluso es un cliché que no reconoce autoría filosófica, ideológica o política. Entre los uruguayos, fue José Pedro Varela (1845-1879) el primero en enfatizar la necesidad de resolver este problema, pero lo hizo después de realizar un pormenorizado estudio de la situación del país en relación a Europa y Estados Unidos, lugares donde había confirmado la influencia benéfica y directa de la educación en la vida de las personas y en el destino de las naciones. Varela descubre el porqué de las crisis, un punto que explicaría los saltos de la abundancia a la escasez, de la felicidad a la angustia, los que parecen ciclos de eternos retornos que abruman especialmente a los más desvalidos, la dramática alternancia del equilibrio y el desquicio, la abrumadora iteración de revoluciones y golpes de Estado, el fasto y la desolación. Y el gigantesco peso que el país no puede quitarse de encima, el ineluctable y terrible efecto de la inacción o el volver siempre al mismo estado de inercia después de cada sacudimiento de los problemas, se complementa con la pantalla que impide ver un resquicio con la imagen capaz de mostrar un camino claro y prometedor en alguna de las actividades ideacionales y prácticas.


LA MÁS DAÑINA DE LAS DESPROPORCIONES

Varela parece descubrir una constante en la historia nacional que, a la sazón, contaba con apenas medio siglo de existencia soberana. Los males que describe en el famoso “Del estado actual y sus causas”[1] se concentran en las tres crisis, económica, política y financiera, con el propósito promovido sin reservas ni miramientos de subrayar la falla fundamental en la que radica el más básico de los problemas nacionales: la “desproporción entre las aspiraciones y los medios”. Decimos que parece descubrir una constante, pues, quizá en este punto radique la irisación de un error, el ensanchamiento de una fisura en el espíritu nacional, que se mantiene incluso hoy, y que no cede en su persistencia como peligro flagrante de derrumbe general. Varela se refiere a la discordancia entre lo que obligadamente nos arrogamos como nivel de vida y la real posibilidad de que pueda corresponderse con lo que hemos hecho para alcanzarlo.
            Es un asunto digno de destacar, sobre el cual los uruguayos suelen hablar poco, mediana o completamente complacidos con la marcha de sus esfuerzos y afanes y con la imagen de un destino que cada uno tiene para sí sin que se deje ver el punto donde puedan confluir para que las fuerzas se apliquen en un único sentido. Si los ejemplos externos sirven para comparar lo interno, no siempre se toman en sus aspectos recónditos e invisibles. Varela los invoca así: “En contacto diario con los grandes centros de población europeos y norteamericanos hemos querido ser como ellos, y hemos copiado sus consumos excesivos, sus placeres opulentos, su lujo fastuoso, sin copiar a la vez los hábitos de trabajo, la industria, la capacidad productora que los hace posibles sin que sean causa de ruina […] Nuestros gustos, nuestros placeres y nuestros gastos, no están, pues, en relación ni con nuestro trabajo, ni con nuestra producción. Aquéllos han ido desarrollándose rápidamente a medida que se presentaba más vívido ante nuestros ojos el brillante cuadro que, aparentemente al menos, ofrece el lujo de las sociedades europeas; ésta, la producción, ha caminado a paso lento, ya que le falta la gran fuerza motriz: la inteligencia cultivada.”[2]
            El factor que más tarde hizo de Uruguay uno de los países de avanzada de América del Sur, sobre todo por el impulso dado por este hombre a la educación, es invocado así: “los hábitos de trabajo, ¿han seguido entre nosotros, sobre todo en el elemento nacional, una progresión correlativa? Muy lejos de eso. Lo que se ha desarrollado en proporción, no son los hábitos de trabajo, no es esa paciente perseverancia que acumula el ahorro, para formar el capital, la fortuna; son las aspiraciones ilegítimas que anhelan conquistar el primer puesto sin esfuerzo, el deseo enfermo que quiere elevarse de un salto hasta la cima”. Y, sin bien no considera la especulación como digna de total censura, observa que “lo es, sí, el exceso de especulación que en los últimos años se ha hecho sentir entre nosotros, creando a la propiedad, a los títulos, y aun a todos los valores en general, un valor ficticio que servía de base para más de una fortuna levantada como la de la lechera de la fábula, y que han concurrido eficazmente en sus resultados a la reagravación de la crisis económica.”[3]
Pero no es el mejor ejemplo de exceso; hay otro más evidente: “el que se presenta con mayor claridad y habla con más energía a todo espíritu despreocupado, se encuentra en la fiebre de asaltar los puestos públicos y de vivir a costa del Estado, que se ha apoderado de nuestro pueblo […] No hay por qué sincerar a los gobiernos que tienen también su no pequeña parte de culpa en el advenimiento de ese estado de cosas; pero necesario es reconocer que, si en los últimos años se ha hecho de modo que una gran parte de nuestra población viva y viva bien sin trabajar, es algo por la corrupción de los gobiernos, pero mucho porque hay en la masa de la población nacional una aspiración ilegítima de satisfacer las necesidades reales y las ficticias sin producir nada para conseguirlo.”[4] Y Varela anota, para comprobar su aserto, que se cuadruplica el gasto en catorce años, mientras sólo se duplica la población (hoy día aumenta el gasto y la población ni siquiera aumenta). No reproduciremos aquí el fenómeno de los aumentos de sueldos de los jerarcas públicos y la burocracia, ¡a fines del siglo XIX! Hay, sí, fenómenos cíclicos, pero no sobrenaturales ni debidos a leyes inflexibles de la historia, sino determinados claramente por la voluntad humana en estado de rarefacción.

LA FALTA DE UNA IDEA

La situación en que Varela encuentra a la República no puede compararse con la actual, después de un siglo y medio. De todos modos, y aunque no se trate de la reiteración de los mismos hechos, aparece el diagrama de una misma matriz, estructura o ecosistema sociocultural, dependiente de la falla mencionada, del desequilibrio entre los afanes y la efectividad real, entre la forma de vida y su correspondencia con las posibilidades auténticas, es decir, “la desproporción entre las aspiraciones y los medios”, como escribe Varela. La primera observación es más que trasplantable al resto de las épocas nacionales, especialmente a la actual. Puede deberse a que “muy a menudo refiere las afirmaciones de los más audaces o de los más ignorantes son las que nos sirven de base. Y si en ese desconocimiento de lo que más nos interesa saber tienen mucha culpa los Poderes públicos, mucha tienen también los habitantes todos del país que han seguido el pernicioso ejemplo, sin hacer esfuerzos para remediar el mal.”[5]
            La observación de Varela es crucial, y pone en boca de Herbert Spencer[6] las palabras que vienen a confirmarla y aun a profundizarla: “Todo proyecto es una idea: todo proyecto más o menos nuevo implica una idea más o menos original: todo proyecto puesto en ejecución implica una idea bastante justa para ser puesta en ejecución: y todo proyecto que tiene éxito implica una idea bastante justa y bastante completa para que los resultados se encuentren de acuerdo con ella.”[7] Esto es lo que encuentra: improvisación, falta de estudios relacionados con la necesidades, aunque consistiesen en estudiar los descubrimientos de las naciones desarrolladas, los que resultarán imprescindibles a cualquier efecto. Yendo aun más allá en su denuncia, transcribe otra expresión de Spencer:
             “Así como el invento del movimiento continuo cree poder, con una ingeniosa disposición de las piezas, hacer dar a su máquina más fuerza de la que ha recibido, el inventor político se imagina ordinariamente que una máquina administrativa bien montada y hábilmente manejada marchará sin gastarse. Cree obtener de un pueblo estúpido los efectos de la inteligencia, y de ciudadanos inferiores una calidad de conducta superior.” Agrega el reformador uruguayo (o, más que reformador, creador de la escuela uruguaya, como ha dicho Jesualdo[8]): “está presentado con claridad el sueño que persiguen las Repúblicas sudamericanas desde la época de la independencia. Quieren transformar sus condiciones sin transformarlas, o lo que es lo mismo, pretenden cambiar el estado actual de la sociedad cambiando los gobiernos, que son efecto de ese estado, en vez de transformar las condiciones de la sociedad para que cambien como consecuencia los gobiernos. Por eso su trabajo es el de Penélope, con la agravación de que para realizarlo tienen que derramar a torrentes la sangre de sus propios hijos.”[9]
            Así, pues, hay dos grandes conclusiones en la reflexión de José Pedro Varela: que existe una letal falta de correspondencia entre la ambición de vida y las condiciones necesarias para poner las posibilidades a su misma altura, y que no se cuenta con una idea o proyecto que respalde la acción. Hay una tercera, y la de mayor calado por su trascendencia, y por haber sido descuidada en todas las épocas: la de que es inútil seguir esperando soluciones mágicas, como por ejemplo las que generalmente se esperan con los cambios de gobierno, y que depende enteramente de cada persona y del caudal que cada una de ellas pueda reunir para por sí misma hacer conciencia de la realidad y de lo que se debe hacer. Para Varela la única solución creíble es la educación, empezando por la Escuela, y se abocará por entero a llevar a la práctica su plan. Guste o no, pudo consagrarlo bajo la dictadura de Latorre y gracias a la feliz mediación de José María Montero[10], con lo que se promulga la Ley de Educación Común apenas dos años antes de su temprana muerte.
            Pero, ¿cuál es la idea que busca Varela, en definitiva, y dónde debe cultivarse para que se pueda restablecer el equilibrio entre la realidad y la ilusión, la acción y el beneplácito, el goce obtenido en préstamo y alcanzado en forma genuina? La idea, proyecto y acción, al mismo tiempo, es una sola: producir inteligencia. “Lo que se ve del trabajo, en sus formas elementales al menos, es material, por eso se olvida muy a menudo que el gran productor es la inteligencia, y que no es posible desarrollar de una manera notable la fuerza productora de un pueblo cualquiera, sin desarrollar su inteligencia por la educación, dándole a la vez los medios de gobernarse a sí mismo, gobernando las pasiones.”[11] Varela se dirige, ya desde entonces, a quien crea que se puede demorar a los jóvenes con asuntos superficiales, aunque los atraigan, con el entretenimiento infértil o con habilidades aptas para el empleo rápido.

LA EDUCACIÓN PRODUCE INTELIGENCIA

La mitología griega refiere que Tántalo, rey de Lidia e hijo de Zeus, robó néctar y ambrosía de la mesa de los dioses, por lo que fue precipitado a un inframundo destinado al castigo de los malvados. Allí fue condenado a sufrir un terrible tormento: sumergido en el agua hasta la barba, no podía alcanzar los manjares que se ofrecían a su alrededor, pues al intentarlo se desvanecían, y su sed no podía colmarse pues el agua se secaba. Esta imagen invoca Varela al referirse a las tentaciones en que se puede caer por efecto del deslumbramiento y la ignorancia.
Cree que “presentar ante la vista asombrada de un pueblo ignorante el espectáculo de otra sociedad rica por su trabajo e industria, sin robustecer a la vez su inteligencia para que pueda seguir procederes semejantes, laboriosos e industriales, es no civilizarlo, sino tantalizarlo”[12], es decir, provocarle deseos irrealizables. Las crisis políticas, por ejemplo, se producen debido al estado de general ignorancia de la población y el desacuerdo que se impone respecto a las instituciones políticas que deben regirla. Esto es inevitable, y se suma el hecho de que las instituciones democráticas requieren cada vez más inteligencia para ser conducidas con acierto, tanto como una máquina requiere cada vez más conocimientos por parte de quien la opera. Si la forma de gobierno es la democrático-republicana, entonces, demanda un grado de ilustración cada vez más perfeccionado.
            Por esta razón cree que “todo pueblo ignorante está sujeto a ser mal gobernado”[13]. Se podría pensar que un cambio de gobierno o el personal en el gobierno podrían transformar “las condiciones esenciales de la vida de un pueblo”. “No es eso, sin embargo, lo que natural y lógicamente puede deducirse de las leyes que presiden el desenvolvimiento de las sociedades, ni lo que con vívidos caracteres presenta la historia de todos los países. Las transformaciones sociales son lentas y se producen regularmente, a despecho de las mutaciones transitorias de los gobiernos, mientras continúan obrando las causas generadoras que las producen: en tanto que dejan de producirse cuando esas causas desaparecen, sin que los cambios de gobierno influyan más que de una manera secundaria, sea en el sentido del bien o del mal. Y la razón de esto es bien sencilla: los gobiernos no son causa del estado social, sino efecto de ese mismo estado”[14]
El factor principal, pues, reside en otra parte de la que generalmente se cree, si se toma ese factor en su casuística profunda y si no se exonera al político, cuya responsabilidad es mayor ante el deber de obrar sobre las causas antes que nadie. Prevenir la producción de inteligencia es el único camino, y se logra a través de la educación. Si fueran los gobiernos la causa de las desgracias, pregunta Varela, “¿cómo se explica que diez y seis millones de hombres, que se dividen en catorce repúblicas y ocupan toda la extensión de la América del Sur, no hayan conseguido hasta ahora, en sesenta años de vida independiente, instalar un solo gobierno bueno, que sea viable a pesar de sus cambios constantes, de sus agitaciones, de sus luchas, de su anarquía? […] ¿no debiéramos reconocer que la desaparición de los malos gobiernos es imposible, mientras no desaparezcan los pueblos ignorantes, atrasados y pobres, que los hacen posibles, que los levantan, los sostienen y los explican?” “Es en la sociedad misma, en su constitución, en sus hábitos, en su educación y en sus costumbres donde deben buscarse las causas permanentes y eficientes de la felicidad o la desgracia de los pueblos.”[15] Por lo que, allí se encontrará la inteligencia buscada, que debe despertarse a través de la educación. Es el único factor que influye sobre el destino del pueblo si se desea que sea el mejor.
La inteligencia no puede hacer nada si no se ha desarrollado; y esta insuficiencia se refleja sobre todo en la situación política en crisis. Varela la remite a dos causas fundamentales: “Ignorancia en los elementos de campaña y en las capas inferiores de la sociedad, e ilustración insuficiente y extraviada en las clases educadas.”[16] En cuanto a la situación financiera, Varela, adelantándose a todos en materia de denuncia de acomodos, prebendas y abusos de todo tipo en la cosa pública, enumera las causas de lo que delicadamente es llamado “crisis” pero que, en realidad, es el resultado de “satisfacer pretensiones exageradas y de alimentar parásitos”[17]. Se trata de lo que actualmente suele entenderse como “mala gestión” o “administración irresponsable”, que se vale de los dineros públicos para satisfacer intereses que nada tienen que ver con el interés general y que sólo responde a la demagogia más evidente. Sin embargo, se trata de una crisis que no puede achacarse a la ignorancia del pueblo.

CAUSAS CIVILIZADAMENTE DISIMULADAS

Varela consigna igual importancia como causa de las crisis, y otorga el mismo valor negativo en su consolidación, a la ignorancia de las clases populares como al extravío de las clases ilustradas, centradas éstas principalmente en la esfera universitaria. Situar las causas de la pobreza en la escasez de inteligencia es una novedad incluso para nuestros días, desde que, en general, tales causas se remiten al bajo índice de natalidad, la escasez de empleo, los salarios bajos, la inequidad en la distribución de la riqueza, etcétera, aunque sin duda son también causas decisivas. Hoy nadie habla de un posible extravío de las clases ilustradas, como habló Varela, lo que equivaldría a un verdadero suicidio intelectual para quien lo hiciera.
            No hay duda de que estaba decidido a desenmascarar el antiguo sistema del disimulo, por llamarlo así, que caracteriza no sólo a los uruguayos sino a la mayoría de las colectividades latinoamericanas a través de la historia. Las crisis, sean de la índole que sean, constituyen coyunturas casi permanentes que reúnen condiciones inmejorables para sustituir causas inconfesables por vagos y oscuros motivos que pretendidamente las desencadenan. La misma palabra crisis encierra un significado ambiguo, mitad con el sentido de conflicto o mal trance y mitad con el sentido de cambio o transformación, por lo que puede prestarse tanto para denominar lo malo como lo bueno. Las clases cultas están en el centro de la atención de Varela en su propósito de dilucidación de las crisis de su tiempo.
            “Si recorremos las páginas de nuestra corta historia ‒escribe‒, y recordamos lo que personalmente hemos podido observar, veremos que es el espíritu de la Universidad el que, desde nuestra emancipación, ha llevado la voz y tenido la dirección, aparente al menos, en la prensa, en las asambleas, en los consejos de gobierno, en todas partes. Los pomposos programas revolucionarios de los caudillos, los decretos firmados por esos mismos caudillos, las leyes puestas en vigencia por dictaduras militares más o menos disfrazadas, toda la decoración civilizada con que se cubren entre nosotros aún los actos oficiales que menos civilización revelan, han sido y son aún obra de los que recibieron su espíritu y su ilustración en las bancas universitarias […] las clases ilustradas de la sociedad […] son las que hablan, las que formulan las leyes, las que cubren de dorados la realidad, las que ocupan la administración de justicia. Pero son las influencias de campaña las que gobiernan. ¿Cómo podría explicarse este fenómeno si no fuera porque el espíritu universitario encuentra aceptable ese orden de cosas, en el que reservándose grandes privilegios y proporcionándose triunfos de amor propio, que conceptúa grandes victorias deja entregado el resto de la sociedad al gobierno arbitrario de influencias retrógradas?”[18]
            Este argumento dirigido al mayor centro de cultura del país se cuenta entre los primeros atisbos de crítica de peso a la gestión de la Universidad. Hoy se podrían transcribir las palabras de Varela sin practicar ningún cambio significativo: “La Universidad, con sus privilegios, es la única institución de cultura superior que hemos tenido, y tenemos; no hay por qué sorprenderse, pues, de que las ideas dominantes en ella se hayan esparcido en la sociedad entera, y de que sean necesarios grandes esfuerzos para demostrar su falsedad.”[19]
Es frecuente la referencia a la obra de Varela en lo que se refiere a su aspecto principal, la planificación teórica y la organización administrativa de la Escuela Primaria. Suele señalarse de esta obra el gran influjo como herramienta para combatir el analfabetismo, la ignorancia y la pobreza, todo lo que sin duda representa el mayor impulso a favor de las clases más desfavorecidas de la sociedad. Pero Varela fue también un severísimo crítico de las clases privilegiadas, y no dudó en denunciar a caudillos y doctores en lo que les atribuía como faceta negativa para la paz, la concordia y el buen gobierno del país: “Los caudillos, entregando a los hombres inteligentes e ilustrados la redacción de los documentos públicos, la mentira de las palabras oficiales, la falsedad de las doctrinas que jamás ponen en práctica; los hombres inteligentes e ilustrados, auxiliándose con su esfuerzo, y entregándoles el dominio de la realidad”[20]. Así criticaba la mala gestión de unos y otros.
            Su enorme capacidad intelectual y gran afición al trabajo contribuyó a que se formara autodidácticamente, evadiéndose “de los condicionamientos de una Universidad que según él generaba en sus egresados una mentalidad ‘más vana que sabia y más divagadora que fecunda’ (caracterización de 1874), y que producía un pernicioso acostumbramiento del espíritu ‘a sofismar, en vez de razonar, creando a la vez una presunción tanto más exagerada cuando que se cree poseedora de la suprema sabiduría’ (caracterización de 1876)”[21]. Es verdad que la Universidad, hasta 1876, contó sólo con la carrera de Derecho, y esa limitación “forzosamente tuvo que haber producido una suerte de estrechez intelectual capaz de inficionar el periodismo, la producción literaria, el ensayo, la teorización política, la visión de los problemas sociales y hasta la filosofía nacionales”[22]. Debe tenerse en cuenta que, si bien Varela pertenecía a una familia antiguamente acomodada, y estuvo trabado en parentesco político con figuras notables (tenía entre sus ancestros a Dámaso A. Larrañaga y a Bernardo P. Berro, como suegro a E. Acevedo Maturana y era cuñado de Alfredo Vásquez Acevedo), su condición económica era pobre, como él mismo lo reconoció.
            Sin dejar de confiar en la inteligencia humana y sin apartarse nunca de un claro optimismo respecto a la cultura y la educación, Varela desafió la ignorancia y superó la simplificación civilización-barbarie de Sarmiento, remitiendo el problema a la la “ignorancia de las masas y los caudillos y a la soberbia de quienes habían realizado la carrera profesional de Derecho”[23]. Parece retomar la precisión hecha por Bernardo P. Berro unas décadas antes: “Una lucha se ve, es verdad, que influye en los progresos de la civilización; pero no es la de ella con la barbarie, sino la del saber con la ignorancia y la preocupación. Esta lucha es inseparable de la existencia de las sociedades humanas; porque siempre ha de haber preocupados e ignorantes en abundancia aun en las naciones que más lleguen a civilizarse, y por bien organizadas que estén, aquéllos han de lograr alguna influencia y han de oponerse muchas veces a los que más saben.”[24] Si el hombre descubre que no está en el centro del universo, que desciende del mono y que buena parte de su inteligencia vive en la sombra del inconsciente, parece descubrir también que la humanidad no es todo lo milagrosa que parecía en la pintura que venían trazando las grandes apologías diferenciadores y comparaciones con el resto de las especies características de la Ilustración.
Varela se cuenta entre quienes asumen el desafío de poner esta triste realidad en claro y de mostrar el camino más apto para lograr la felicidad de todos, contribuyendo con esto en el gran desarrollo del pensamiento antropológico que se inicia en su época y que desembocará en diversas tendencias y filosofías en el siglo XX. En el Uruguay retomarán esta tradición, en épocas reincidentes, hombres como Roberto Fabregat Cúneo, Emilio Oribe, Carlos Quijano. Washington Lockhart, Roberto Ares Pons, Carlos Maggi, Gustavo Beyhaut, Ángel Rama, Alberto Methol Ferré, Luis Pedro Bonavita, Roque Faraone y otros.  
Observación, análisis y crítica parecen surgir espontáneamente del quehacer de Varela, y esta actitud de sensibilidad y reflexión se cuenta como uno de los fenómenos que introducen el pensamiento uruguayo en la nueva era intelectual, la cual explosionará con Vaz Ferreira y Rodó. Evoluciona de acuerdo a dos etapas que, según Arturo Ardao, representan en su maduración filosófica el mismo proceso que experimenta el país en la segunda mitad del siglo XIX. La inicial proviene de Francia, trasmitida en la región por Francisco Bilbao, inspirada en Michelet, Quinet y Renan y centrada en el racionalismo y el rechazo del catolicismo eclesiástico. Otra, representa la transición hacia una más fuerte influencia anglosajona, que en nuestro país se impuso a través del positivismo y el evolucionismo de Herbert Spencer y Charles Darwin, que le impacta hacia el final de su vida[25]. En buena parte explica su firme actitud como crítico de la sociedad o, de acuerdo a lo que sostiene Carlos M. Rama, “como primer sociólogo uruguayo”[26]. Las nuevas corrientes filosóficas impulsan el remozamiento y la consolidación de las modernas ciencias sociales.
            Setiembre de 2018.




REFERENCIAS:

[1] José Pedro Varela, De nuestro estado actual y sus causas, Primera Parte de La legislación escolar, Montevideo, Arca, 1969, precedido de “Actualidad del pensamiento de Varela”, por Manuel A. Claps.
[2] J.P.V., De nuestro…, obra citada, pp. 57-58.
[3] J.P.V., De nuestro…, obra citada, pp. 59-60.
[4] J.P.V., De nuestro…, obra citada, p. 60,
[5] J.P.V., De nuestro…, obra citada, pp. 32-33.
[6] La filosofía de Herbert Spencer y el positivismo tuvieron en el país un influjo muy importante, junto a las ideas de Ch. Darwin sobre la evolución de las especies. José Pedro Varela se encuentra entre sus introductores principales y quizá el primero.
[7] J.P.V., De nuestro…, obra citada, p. 38.
[8] Jesualdo, Formación del pensamiento racionalista de José Pedro Varela, Montevideo, FHyC, Publicaciones del Departamento de Literatura Iberoamericana, Universidad de la República, 1958, p. 5.
[9] J.P.V., De nuestro…, obra citada, p. 53.
[10] Alberto Zum Felde, Proceso histórico del Uruguay, Montevideo, Arca, 1967, p. 252.
[11] J.P.V., De nuestro…, obra citada, p. 66.
[12] J.P.V., De nuestro…, ogra citada, en la misma página.
[13] J.P.V., De nuestro…, obra citada, p. 98.
[14] J.P.V., De nuestro…, obra citada, pp. 19-20.
[15] J.P.V., De nuestro…, obra citada, pp. 23-24.
[16] J.P.V., De nuestro…, obra citada, p. 131.
[17] J.P.V., De nuestro…, obra citada, p. 132.
[18] J.P.V., De nuestro…, obra citada, pp. 103-104.
[19] J.P.V., De nuestro…, obra citada, p. 105.
[20] Palabras de Varela en el ágape político “El banquete de la juventud”, citado por Carlos M. Rama, José Pedro Varela Sociólogo, Montevideo, Editorial Medina, 1957, p. 24.
[21] Agapo Luis Palomeque, “La Obra Educadora de José Pedro Varela”, Sección XI de la Historia de la Educación Uruguaya, Montevideo, Ediciones de la Plaza, 2001, Tomo 2, p. 376.
[22] Agapo Luis Palomeque, “La Obra Educadora…”, obra citada, p. 377.
[23] Agapo Luis Palomeque, “La Obra Educadora…”, obra citada, p. 398; la observación es de Vázquez Romero.
[24] Bernardo P. Berro, “Civilización y barbarie”, en El Uruguay y sus problemas en el siglo XIX (antología), Buenos Aires, CEAL, Capítulo Oriental, selección de Carlos Real de Azúa, p. 22.
[25] Arturo Ardao, Racionalismo y liberalismo en el Uruguay, Montevideo, Universidad de la República, 1962, p. 225.
[26] Carlos M. Rama, José Pedro Varela Sociólogo, obra citada, p. 5.

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